ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
El Lazarillo no necesita alas para volar. Su vuelo es rasante, hecho de engaños, mañas y oportunismo, pero no por eso menos admirable. Cada amo, cada calle, cada mendrugo es una prueba de equilibrio que pone a prueba su ingenio. Usted, lector, quizá recuerde alguna situación donde tuvo que improvisar para no caer en ridículo o en desgracia; sí, eso mismo que hace que la vida diaria sea también un vuelo.
Imagínese al Lazarillo guiando al ciego, calculando cada paso con precisión y un poco de descaro, consciente de que un movimiento en falso podría costarle un ojo o, al menos, la paciencia del maestro. Observe cómo evalúa cada situación con rapidez: un plato de sopa, un gesto del amo, un momento de descuido. Todo se convierte en lección, en estrategia, en oportunidad de reírse del destino antes de que el destino lo haga tropezar. ¿No le resulta familiar ese balance entre riesgo y astucia? Como cuando Ícaro chamuscado debe medir cada pluma antes de venderla, o cuando Simplicius intenta sobrevivir entre soldados y barro.
Pero la astucia del Lazarillo no se limita a evitar golpes. También se manifiesta en la observación constante, en la lectura del mundo a través de sus detalles más pequeños. Cada gesto, cada palabra, cada respiro de los que lo rodean es una lección. Usted, lector, puede verlo como un juego: ¿quién engaña a quién en este tablero de la vida? A veces parece que el mundo conspira contra él, y otras veces que él conspira contra el mundo. La diversión está en la oscilación, en la tensión entre amenaza y ventaja, entre caída y vuelo.
Lo fascinante del Lazarillo es que su caída es constante y su vuelo persistente. Nunca llega a alturas heroicas, nunca toca el sol, pero siempre logra mantenerse en movimiento. Esa es su forma de libertad: moverse, adaptarse, observar y, a veces, burlarse. Y aquí es donde usted, lector, se vuelve cómplice. Cada sonrisa que le provoca el Lazarillo es una invitación a reconocer nuestra propia picardía, nuestra habilidad para seguir adelante aunque las reglas del mundo nos sean adversas.
Además, hay algo en la forma en que el Lazarillo observa a sus “amos” que lo acerca a Oskar Matzerath. Ambos desarrollan estrategias para resistir lo inevitable: Oskar golpea el tambor, hace ruido, reclama espacio y atención; Lazarillo roba, engaña, miente con elegancia. Ambos nos recuerdan que el ingenio puede ser un instrumento de vuelo, aunque sea raso y disonante. Y aquí, lector, puede usted reflexionar: ¿cuántas veces hemos tenido que improvisar, disimular o “tocar nuestro tambor” para no hundirnos?
En el contraste con Ícaro, la diferencia no es la caída sino la perspectiva. Ícaro aprendió a levantarse de un tropiezo extraordinario; el Lazarillo convierte cada tropiezo cotidiano en lección, en vuelo posible. Entre ambos, se traza un mapa de supervivencia que nos recuerda que el vuelo no siempre se mide en altura. A veces, el verdadero vuelo es persistir, reinventarse y mantener el humor incluso cuando todo conspira para que nos rindamos.