FROYLÁN ALFARO
Hay momentos, querido lector, en los que el dolor ajeno se nos presenta con tanta fuerza que nos resulta imposible ignorarlo, puede ser una noticia sobre un terremoto, una fotografía de guerra, una persona sin hogar bajo la lluvia. Cuando vemos eso, algo en nosotros se conmueve. Frente a esto surgen preguntas, ¿qué hacemos con ese dolor? ¿Lo sentimos de verdad o sólo lo consumimos, como quien ve una película triste y luego cambia de canal?
Vivimos rodeados de imágenes del sufrimiento. En las redes sociales, la tragedia es tan frecuente que se convierte en rutina. Basta deslizar un dedo para pasar de la foto de una fiesta a la de una guerra, del rostro sonriente de un influencer al de una víctima del hambre. Esa simultaneidad de lo banal y lo trágico tiene un efecto anestésico con el que aprendemos a mirar el dolor sin mirarlo. Susan Sontag, en su libro Ante el dolor de los demás, advertía que las imágenes de la violencia no necesariamente despiertan compasión; a veces sólo provocan cansancio, o incluso placer morboso. “Mirar el sufrimiento ajeno puede ser una forma de reafirmar nuestra propia inocencia o nuestra distancia con respecto a ese dolor.”
Pensemos, por ejemplo, en lo que sucede cuando escuchamos que hubo una tragedia en otro país. Decimos “qué terrible”, quizás compartimos la noticia, y seguimos con nuestro día. No porque seamos crueles, sino porque el mundo nos ha enseñado a reaccionar, no a reflexionar. Nos entrenaron para sentir rápido, opinar rápido y olvidar rápido. Pero el pensamiento, la verdadera filosofía, requiere detenerse.
Hannah Arendt decía que el mal no siempre proviene de una intención perversa, sino de la incapacidad de pensar. A eso lo llamó la banalidad del mal, que es la tendencia a actuar sin reflexionar, a obedecer sin cuestionar. En este sentido, nuestra indiferencia cotidiana ante el sufrimiento ajeno puede entenderse como una forma pasiva de banalidad. No somos culpables del dolor del mundo, pero sí somos responsables de cómo lo miramos, de si lo reducimos a un espectáculo.
Podemos verlo incluso en lo más común, por ejemplo, cuando pasamos junto a una persona pidiendo ayuda en la calle. A menudo desviamos la mirada, quizás por incomodidad, por miedo o por costumbre. Pero esa acción, tan simple y tan repetida, encierra una pregunta ética: ¿qué significa reconocer al otro? Emmanuel Lévinas sostenía que el rostro del otro es una exigencia silenciosa que nos obliga a responder. No es un rostro que se contempla, sino que nos mira y nos pone en cuestión. El rostro del necesitado, del enfermo, del marginado, nos hace ver que la existencia no se agota en nuestro propio bienestar.
Sin embargo, en la vida cotidiana, nos acostumbramos a pensar en términos de “mi tiempo”, “mis problemas”, “mis derechos”. La sociedad de consumo ha trasladado esa lógica al ámbito moral, pues incluso la empatía se mide en función de cuánto “me afecta”. Ayudo si me conmueve; me importa si lo entiendo; reacciono si se parece a mí. Pero la ética no se funda en la semejanza, sino en la alteridad. Amar al prójimo no significa amar a quien se parece a mí, sino precisamente a quien me resulta ajeno, incomprensible, distante.
El filósofo Zygmunt Bauman hablaba de una “modernidad líquida” donde las relaciones humanas se vuelven frágiles y desechables. Esa liquidez también afecta nuestra sensibilidad moral, nos conmueven los dolores de moda, pero olvidamos los dolores persistentes. Cambiamos de causa con la misma rapidez con que cambiamos de serie. Por eso, mirar el sufrimiento ajeno de verdad implica algo más que sentir, implica comprometerse. No necesariamente con grandes gestos, sino con una actitud que rehúsa convertir el dolor en mercancía o entretenimiento. Albert Camus decía que, en un mundo absurdo, la verdadera rebelión consiste en afirmar la vida, incluso en sus formas más frágiles.
Pero ¿por qué deberíamos hacerlo? ¿Por qué cargar con el peso del dolor de otros? Tal vez porque ahí se juega nuestra propia condición humana. Si el dolor ajeno no nos toca, si nada nos conmueve, entonces ya no somos parte de una comunidad, sino individuos aislados flotando en un mar de imágenes.
Podemos pensar, por ejemplo, en cómo cambia nuestra percepción cuando el dolor deja de ser abstracto. No es lo mismo “la pobreza” que “esa mujer que ves cada mañana vendiendo chicles en la esquina”; no es lo mismo “la guerra” que “ese niño en una fotografía con la mirada perdida”. El pensamiento filosófico comienza precisamente cuando convertimos lo general en singular, cuando dejamos de ver estadísticas y empezamos a ver rostros.
Al final, mirar el dolor de los demás no debería ser un acto de curiosidad, sino de responsabilidad. No se trata de sentir culpa, sino de comprender que toda vida humana, por lejana que parezca, nos concierne. En palabras de Lévinas, “somos rehenes del otro”, porque su vulnerabilidad nos constituye, su dolor nos recuerda lo que somos.
Quizás la filosofía, querido lector, sea en parte eso, aprender a sentir sin consumir. Ante el dolor de los demás, no basta con mirar. Hay que dejar que esa mirada nos transforme.
Bien dicen que los ojos son el reflejo del alma ….,🖤🖤🖤