ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Recibí hace unos días un correo de George Abtahi, mi viejo amigo periodista estadounidense. No me escribía desde hacía tiempo. Para ser sincero, pensé que había muerto, y que su mensaje macabramente coincidía con las fechas —es probable que, cuando lea esto, se va a reír y, después, mucho después de haberse controlado, me reprenderá, como es usual en él. George era de esas personas que parecían vivir en otro ritmo del tiempo. Hablaba siempre del otoño interminable (de las calles cubiertas de hojas y del silencio instalado cuando los vecinos se encierran en sus casos con el primer viento de septiembre), de las largas caminatas que aún hacía (entre calles de su pueblo, siguiendo una misma ruta que le hacía entrar y salir de down town) y de los tantos libros que compró y aún compraba (con el tiempo, se dio cuenta de las facilidades que daba comprar en línea). Después, dejó de escribir. Ninguna despedida, sólo el silencio digital de las direcciones que ya no responden.
Por eso, me sorprendió ver su nombre en mi bandeja de entrada. Después de tanto tiempo, después de tantos meses e historias que se iniciaron y otras terminaron. Otras, eso sí me dolió y creí que la mía con el señor Abtahi había terminado, como las tenidas con L., A., y At. Al final de cuentas, así era la vida. Pero no fue así con el señor Abtahi. Gracias a Dios.
El asunto del mensaje decía: Still I read you, Todavía te leo. No esperé. Lo abrí como quien abre una carta que quemaba por estar escrita por alguien del pasado, que hace presencia en estos meses tan complejos (y diversos). El Sr. Abtahi es toda una caja de sorpresas, aunque a la fecha lo niegue.
Contaba que había estado enfermo, que durante meses no pudo leer ni una línea. “Las palabras” —escribió— “me pesaban en la cabeza, como si se hubieran llenado de plomo.” Hasta que un día, sin entender por qué, abrió un libro cualquiera y respiró con las frases. “Las palabras son mi respirador”, añadió.
No sé si esa frase era suya o de algún escritor que amaba citar, pero me conmovió. Me quedé pensando que, a veces, la lectura no es solo una medicina: es una forma de respirar. Le respondí esa misma noche. No para hablar de mi vida, sino de mis lecturas. Porque uno, cuando ya no sabe decir quién es, todavía puede decir qué está leyendo. Además, ese silencio digital desapareció y nuestra conversación se sintió como esas pausas que se hacen cuando uno conversa con un buen amigo para ir al baño.
Le conté que había vuelto a La montaña mágica, de Thomas Mann. Que no logré terminarla, pero entendí algo: hay enfermedades que también sostienen. Hans Castorp se queda en el sanatorio más de lo que debería porque allí, entre cuerpos febriles, descubre una forma distinta de tiempo. Yo, desde mi habitación, comprendí que la salud no siempre está en sanar, sino en seguir sintiendo.
Después le hablé de El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Cada vez que vuelvo a ese libro, encuentro una herida distinta. Didion enseña a mirar el duelo sin querer borrarlo. A convivir con la sombra. A aceptar que el dolor no se supera, sólo se acomoda en otro lugar del cuerpo.
La tercera lectura fue un hallazgo: un volumen anónimo de poemas chinos traducidos hace décadas. Hablaban del sueño, de la vejez y del cuerpo que se apaga con serenidad. No comprendí todo, pero había una calma en esas líneas que me sostuvo, como si alguien me dijera desde lejos: “no temas, la herida también respira.”
Le escribí eso a George. Que sigo leyendo. Que algunos días no quiero abrir ningún libro, y sin embargo termino abriéndome yo. Que a veces me cansa la vista, pero sigo leyendo igual, como quien enciende una lámpara en medio de la niebla.
Le dije: “Quizá la lectura no cure, George. Pero acompaña el dolor, lo mantiene limpio, respirando.” Y al escribirlo, me di cuenta de algo que no había visto antes: que este tiempo, este proyecto, este vuelo que sigo levantando, no trata de llegar más lejos, sino de aprender a detenerme.
Quizá eso era lo que George quería decir con su asunto: “Todavía te leo.”
Una frase breve, suficiente.
Un recordatorio de que mientras haya palabras, hay respiración.
Y mientras respiramos, todavía vivimos.