ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Si uno mira a Okarun y a Jiji con los ojos frescos de quien todavía no desayuna prejuicios, descubre algo inquietante: ser hombre adolescente no es solo un campo minado hormonal, sino un juego de espejos donde las expectativas ajenas pesan más que el propio cuerpo. DanDaDan finge ser manga sobrenatural con monstruos babosos y abuelas karatecas, pero en realidad es una pequeña radiografía del deseo masculino en su estado más tierno, torpe y explosivo. Y sí, todo eso sin ponerse solemne ni usar palabras como “deconstrucción”. Qué alivio.
Porque Okarun, con sus ojos grandes, sus inseguridades y ese corazón que late con más fuerza que su técnica marcial, encarna la ilusión romántica de los chicos tímidos: ser vistos, ser deseables, no por músculo ni agresión, sino por lo que sienten. O lo que creen sentir. Es el adolescente que quiere volverse poderoso no para dominar el mundo, sino para tener el valor de tomarle la mano a la chica que le gusta sin morir de taquicardia.
Luego está Jiji, que entra a escena como un contraste casi cruel. Alto, atractivo, atlético, con ese aire de “sí, soy popular y no lo pedí, pero tampoco lo sufrí tanto”. Jiji es el chico que culturalmente “cumple”: cuerpo que responde, mirada confiada, un aura de “los pasillos del colegio nunca me intimidaron”. Donde Okarun lanza corazones nerviosos, Jiji puede darse el lujo de lanzar miradas. Donde Okarun tiembla, Jiji posa. Y sin embargo, ninguno sale ileso de esto.
Porque Jiji, con toda su aparente facilidad, carga un cuerpo que los demás ya decidieron por él. Él no compite por ser deseable; lo es por default, y eso también desgasta. Cuando la sociedad te asigna el rol del “que no sufre”, te quita el derecho a ser frágil, confundido o simplemente humano. Y, sorpresa, el deseo también duele cuando te tratan como símbolo en lugar de persona. Ser atractivo no es un blindaje emocional; a veces es una celda decorada.
Okarun, en cambio, mira su cuerpo y piensa: “Algún día seré suficiente”. Qué tragedia más tierna. Qué universal. En él vive el susurro de tantos varones que crecieron creyendo que para ser deseados primero había que alcanzar un checklist corporal secreto. Tener músculo, tener valentía, tener… bueno, tener algo. Lo que fuera.
Pero ahí está lo hermoso: a Okarun nadie lo elige por cumplir ese guion; lo eligen porque se emociona, porque se quiebra, porque quiere. Y eso, aunque parezca obvio, es casi revolucionario en una cultura que se pasa la vida confundiendo testosterona con destino.
Entre ambos personajes se dibuja un mapa afectivo: el cuerpo masculino como territorio vulnerable, donde uno teme no ser suficiente y el otro teme ser solo “lo suficiente”. El deseo, entonces, no es solo piel: es miedo, es memoria, es el eco de los pasillos de la escuela donde uno caminó intentando no llamar la atención y el otro intentando sostenerla.
Y sí, a veces parecería que la narrativa popular insiste en que la masculinidad debe definirse entre músculos o misterio, pero ahí están Okarun y Jiji diciéndonos que no: que hay ternura, que hay contradicción, que hay libido nerviosa y torpe, que hay miedo al rechazo disfrazado de humor, que hay deseo sincero sin colmillo depredador. Imaginen eso: hombres deseando sin devorar. Qué moderno, qué incómodo para ciertos discursos, qué refrescante para quienes alguna vez sentimos que las manos temblaban más que las ganas.
No es casualidad que ambos personajes enfrenten transformaciones físicas tan extremas. En DanDaDan, el cuerpo no es solo carne: es escenario, es canalización de hormonas, trauma, herencia espiritual y maldiciones cósmicas. Ser hombre es tener un cuerpo que a veces se quiere escapar de ti. Literalmente. Y, sin embargo, incluso entre posesión demoníaca, aliens y ancianas con mirada de halcón, lo más aterrador sigue siendo la intimidad: ¿qué hago con mis ganas?, ¿qué hago con mis miedos?, ¿qué hago cuando me gustan de verdad?
Okarun se enciende como un cable pelado; Jiji trata de no incendiar nada. Ambos fallan un poco. Y fracasar en el deseo es tal vez la única forma real de aprenderlo. No desde la destreza, sino desde la torpeza deliciosa de quien se descubre táctil y frágil por primera vez.
Quizá el secreto está en dejar de pensar la sexualidad masculina como una explosión inevitable o como un manual técnico. En DanDaDan, es más bien un lenguaje nervioso: un tartamudeo erótico que se vuelve dulce en su torpeza. Y los cuerpos, lejos de ser armadura o trofeo, son bitácoras de miedo y esperanza. Son lugares que aún están aprendiendo a querer y ser queridos.
Así que sí: entre aliens y baños escolares encantados, lo que realmente vibra en estas páginas es la idea de que el deseo masculino puede ser suave, torpe, nervioso, lleno de ganas y lleno de miedo. Puede no saber a dónde va y aun así valer la pena. Puede amar en silencio y explotar en risas incómodas. Puede temblar.
Y si un día la promesa de masculinidad dejó de caber en tu cuerpo, recuerda: hay espacio para Okarun y para Jiji dentro de ti. Para el que duda y para el que brilla. Para el que se esconde y para el que se muestra. Para el que desea y para el que teme ser deseado.
El cuerpo, al final, es un puente. Y el deseo, cuando por fin se atreve a cruzar, no ruge: tiembla.