ALFONSO VALENZUELA CISNEROS
En uno de los cantos iniciales de la Divina Comedia, Dante Alighieri evoca al primer círculo del infierno como el espacio en el que se encontraban los niños que murieron sin el bautismo y todos aquellos que, aunque no cometieron pecado y fueron excepcionales para la humanidad, como Sócrates, Demócrates, Euclides, Homero e incluso el propio Virgilio, guía y protector de Dante en su búsqueda por Beatriz, pero que al vivir antes del nacimiento y consagración de Jesucristo, no logaron obtener la gracia de la remisión del pecado de origen; limbo en el que si bien no sufrían tormentos, sí se resignaban a la desesperanza eterna por no conocer a Dios.
Antes de entrar en ese primer círculo, se describe un paraje que como antesala o vestíbulo del infierno, era el lugar en donde se aletargaban todas aquellas almas que vivieron sin gloria ni infamia, los ángeles que a pesar de que nunca le fueron fieles a Dios tampoco tuvieron el arrojo de revelársele, los que no tomaron partido por el bien o el mal y vivieron en el claroscuro de la indecisión, los que se describe en el Apocalipsis 3:16 cuando Jesús le habló a la Iglesia de Laodicea para reprochar su espiritualidad materialista y complaciente: “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” y que hoy se acuña como “A los tibios los vomita Dios”.
Releí la Commedia tratando de encontrar un fragmento del que ahora estoy seguro de que no formó parte de la obra y del que, supongo, es una reminiscencia del influjo de un sueño onírico que mi mente acuñó como pasaje que bien podría incluirse en la epopeya Dantesca; que quizá fue el mundo ideal platónico que me reclamaba caer en la alegoría que reproduzco; o bien, solo fue una lectura perdida de la que extravié la fuente y aún en su búsqueda incesante no encontré ningún referente.
Lo recuerdo así: un firme que se extendía más allá de la vista con un abismo blanco absoluto, en cuyo piso se asentaban aguas turbias que apenas cubrían los cuerpos de un sinfín de pusilánimes que se encontraban recostados boca abajo en un ahogamiento eterno y del que solo producían quejidos y lamentos, pero que no eran capaces de distender las vértebras cervicales para girar y levantar el cuello con el anhelo del mínimo respiro. Indecisión.
Cuando no se tiene la dignidad de aposarse en el cielo, pero tampoco la vileza que conduce al infortunio del infierno, debe repensarse si el uso de la prudencia, en el mejor de los casos, o el temor y perversidad, en el más lastimoso, debe ser la bandera que conduzca el proceder.
Los indecisos prefieren vivir en la mediocridad de espíritu, cuidando las formas por no asomarse al escrutinio público, acallando sus ideales por no incomodar a cuya estirpe pretenden y que los rechaza o, incluso, vituperando y denigrando a los que sí tuvieron el valor de levantar la voz y denunciar lo injusto.
Sin embargo, aún entre esos claroscuros, debe distinguirse la causa de la indolencia, pues los hay aquellos a los que la vida no les forzó mayor desafío y cuya conducta estuvo regida cual arcilla al molde que les impusieron sus progenitores y lo que parecía pereza, encierra más bien el temor del que jamás estuvo expuesto a la ineludible necesidad de brincar la zanja; estos, aunque tienen su lugar en el vestíbulo del infierno, su alma se encontrará incorrupta.
La otra clase, son los que su aparente indiferencia no se centra en el temor, sino en lo que persiguen como un cálculo perverso y estiman ingenuamente inteligente. Los que a pesar de ser conscientes del bien y el mal no toman partida ni se decantan, sino que su inacción se regenta en no contrariar a de quien esperan un beneficio, los que intentan agradar al que saben y se sabe despreciable por unas cuantas monedas y desean levantar cosecha de la semilla que nunca plantaron. Esos infames que por perversos no tomaron partida pero que creen que lo hacen, los que perdieron la gracia de la inteligencia y ni siquiera son aceptados en el infierno por no ofender a los verdaderamente culpables; los que tomaron la siesta perpetua y cuando intentaron despertar su alma ya se había podrido en el olvido.
Dios nos libre de ese desasosiego; que el albedrio libere al hombre de ser un infame perplejo.
Noviembre de 2025