ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hay meses que nos nombran sin decirnos y otros en donde simplemente desaparecemos, porque el acto de nombrar es también uno de hacer presente. Al nombrar, se da existencia, en oposición al anonimar, aunque también esto podría ser un acto de rebeldía, por las implicaciones simbólicas y culturales que pudieran resultar. Sin embargo, me encuentro aquí, sentado, en esta Catedral, después de los días en los que el cielo se cayó y el centro se volvió una amplia cascada de cantera, ríos rosados que se llevaban incluso a las personas y sus vehículos, aunque, lo admito, mi principal preocupación fueron los perros y los gatos en situación de calle. Estoy sentado con junio, o unos pocos días de este mes, tras de mí y enfrente julio, como el emperador romano, abriendo para dar cabida a nuevas experiencias. Estoy sentado en el último respiro de junio, que vino con banderas, marchas, reclamos, vítores y lluvia, intensa lluvia que cubrió no solo esta ciudad (hubieron otras partes que quedaron bajo el agua). Junio vino también con palabras que a veces duelen (violencia, abuso y también carestía de medicamentos para pacientes con VIH) y a veces sanan (libertad, conmemoración, respeto, resistencia y amor, nacidas tras los disturbios de Stonewall). Junio con sus preguntas, sus cuerpos en movimiento, sus formas de decir: aquí estamos, aunque a veces no sepamos cómo. Aunque, más atrás o más adelante, depende de cómo se venga o se vaya, están los espacios en donde se socializa y se conocen otros universos. Junio vino a recordar nuestra existencia, a pesar de que estos años están marcados por los discursos y las administraciones conservadoras, desde Meloni hasta Milei.
No obstante, a pesar de que mañana se conmemora un aniversario más de Los disturbios de Stonewall, los últimos días de junio se sienten distintos. No hay ruido, solo los vehículos, el chismorreo y los pasos de los transeúntes, además de la lluvia y sus recuerdos —por ahí escucho unos ladridos y por allá unas jovencitas conversando sobre su día (¿sus noviazgos?)—; no hay sombras, como en mi cuento Caradrio o bajo las sombras de los santos (juro que no es un comercial, solo regreso los pasos o sigo los del personaje para entendernos), sino extensiones que van al pasado y al presente, aunque antes creía que iban al futuro —eso, realmente no se sabe con precisión, tal vez se tenga atisbos—; no hay turistas, como en años anteriores, no sé a qué se debe esta ausencia, a pesar de que las vacaciones están ahí y el ruido de sus pasos me resultaban, en un pasado, encantador —¡cuántas historias debían tener esos zapatos, esas ropas y esas cámaras!—, y no hay discurso, solo lecturas e intentos de unas administraciones por crear narrativas, que no siempre son exitosas —¿a quién quieren engañar si la información la tenemos al alcance de nuestra mano y a veces en los bolsillos—. Sólo el cansancio de lo que se sostuvo en alto, y en el silencio de lo que aún queda por pensar.
Antes veía la ironía en las calles de este espacio, la conjunción (y conjugación) de distintos valores, que se extendía hasta los límites de La Bufa. Antes tenía sueños que ahora son realidades y abandonos (al menos unos tomaron el lugar de otros, entonces no hay pérdidas). Antes era yo y ahora soy yo, como el narrador de Caradrio, que también estaba fascinado con esta Catedral, mirando, pensando. Construyendo.
Frente a la Catedral de Zacatecas, el tiempo se espesa hasta la asunción. He estado aquí, mirando la piedra cambiar de humor con la luz del día, mirando cómo es asumida, como María (assūmere: Maria Virgo in caelum assumpta est). Desde cierta distancia, la Catedral parece ignorar todo lo que ocurre a su alrededor. Pero si uno se queda el tiempo suficiente se da cuenta de que no ignora: observa, como vigía; abraza, como madre; guarda, como sultana de cantera, y escucha, como mujer.
En este lugar donde tantas veces se dictó cómo debía vivirse el amor, el deseo o el cuerpo, ahora pasan parejas tomadas de la mano sin esconderse. A veces se detienen frente a las puertas cerradas. No entran. No hacen falta los gestos grandes: basta una mirada, un roce de dedos, un silencio compartido. Y es entonces cuando el aire cambia. Como si algo —muy leve, muy antiguo— estuviera cediendo.
Fue también frente a esta Catedral donde entendí, casi sin querer, que tal vez me había enamorado de un amigo japonés. No se lo dije nunca. Pero de esa certeza suave nació un cuento —uno que aún guarda, entre líneas, la tarde exacta en que lo miré como si fuera la primera vez—. A veces el amor no se asume: se escribe, y con eso basta.
Una tarde, vi a dos chicos sentarse en las escalinatas, comer algo envuelto en servilletas, reírse de una foto mal tomada. Nada extraordinario. Y sin embargo, todo. Porque hubo años en que eso era impensable. Porque aún hay lugares donde eso es peligroso —te criminalizan por amar, te cuesta la vida solo por querer y amar.
Junio se va dejando huellas leves, como polvo de colores en el borde de las calles. No grita. No exige. Solo recuerda: que seguimos aquí, que el amor sigue ensayando formas, que el cuerpo sigue buscando hogar.
Cuando cae la tarde, las campanas suenan con una pausa extraña. Las palomas se agrupan en la cúpula, y yo me levanto sin apuro. No por haber entendido algo, sino por aceptar que hay cosas que se dicen mejor cuando no se explican.