JORGE L. CASTAÑEDA
La opción de convertirse en maestro o maestra en México va más allá de lo individual hacia lo social.
Hace poco, en un diálogo en clase con una estudiante de primer semestre, escuché: “No elegí esta carrera solo porque fuera accesible o práctica. Elegí ser maestra porque crecí viendo a mi papá en el aula, y me inspiró su compromiso con sus alumnos; quiero seguir ese camino y transformar vidas como él lo hizo, como lo hizo conmigo”.
Al escucharla, inevitablemente pensé en mi propia decisión. Tampoco elegí ser maestro por falta de opciones. Mi camino estuvo marcado por la inspiración de mis maestros como el de mi propio hermano mayor; por los esfuerzos que veía en mi colonia y por la convicción (sin tener claras las palabras en aquel entonces) de que la educación es un derecho que dignifica y abre horizontes. Así como ella, descubrí que la docencia es más que una profesión: es un acto ético, político y humano que nos compromete con la vida de los otros.
Al principio, la elección parecía incierta. En un país donde la docencia es sobrevalorada, con salarios muchas veces insuficientes con cargas laborales y emocionales grandes, seguro hubiera tenido sentido elegir otro rumbo. Sin embargo, lo que me sostuvo fue la certeza de que la escuela, sobre todo en contextos rurales, puede ser la única esperanza de movilidad social, justo como lo refrendaba un querido maestro en la Normal. Esa experiencia me ha mostrado que no podemos hablar de aprendizaje si no hablamos primero de justicia social.
Por eso entiendo que ser maestro en México no significa únicamente transmitir contenidos. Es acompañar, mediar, escuchar y, muchas veces, ofrecer apoyo emocional. Requiere resiliencia para enfrentar reformas e innovaciones que muchas veces son primero impuestas y luego parcialmente reflexionadas. Aun así, nuestra tarea consiste en reinterpretarlas, darles sentido y convertir marcos legales e históricos en experiencias significativas que permitan a los jóvenes soñar con un futuro diferente.
Cuando pienso en los rostros de mis estudiantes, recuerdo a quienes encontraron en la escuela un lugar para su voz cuando tal vez no tenían nada más. Pienso en los que agradecen con palabras como: “maestro, gracias por creer en mí cuando yo ni siquiera creía en mí mismo”. Esos momentos me confirman que elegí bien y que mi vida tiene sentido en la misma dirección que mi vocación.
Esta profesión en sí misma es difícil con escenarios de injusticia social hacia los maestros y la creciente brecha educativa en nuestro país. Pero también sé que, mientras siga vivo el compromiso docente con nuestras comunidades y municipios, la escuela seguirá siendo un espacio de crecimiento y esperanza.
Hoy, a la luz de las palabras de esa estudiante, reafirmo que ser maestro en México ha sido, es y seguirá siendo un acto de fe en nuestra gente, una convicción de justicia social y un modo de construir el futuro desde el presente. ¡Hasta la próxima!

Fotografía: UNAM. Salón de clase de una primaria en Tetela, Puebla ca. 1900. (Sinafo, CONACULTA-INAH).