DORALI ABARCA
Nos siguen pegando abajo,
al pueblo, al cuerpo,
allí donde nace la euforia y se extingue la visión
de mirar el horizonte libre.
Nos siguen nublando.
Nos siguen borrando la memoria,
construyendo ciudades fantasma,
paisajes de ruinas donde antes
había risas, voces, mercados,
niños corriendo detrás de una pelota.
El pueblo palestino lo sabe:
el silencio es un arma de exterminio.
Los cuerpos caen uno sobre otro
como muros derrumbados,
como semillas sin tierra,
como nombres que no alcanzamos a pronunciar
antes de que los sepulte el polvo.
Las bombas no sólo caen sobre casas,
caen sobre la posibilidad de un futuro.
El gran poder se traga la vida entera:
la risa, la escuela, el pan caliente,
la dignidad de caminar sin miedo.
Ese monstruo que devora desde arriba
quiere convencernos de que nada pasa,
de que no hay sangre en las calles,
de que las lágrimas de las madres
son meros ruidos lejanos en una pantalla.
Pero si no nos politizamos,
si no tomamos posición,
si seguimos de espaldas al dolor,
nos convertimos en cómplices del genocidio.
Porque la neutralidad es la máscara más cómoda
de la barbarie.
Nos siguen pegando abajo,
nos siguen arrancando la voz,
pero aún queda un canto,
un hilo de resistencia que no muere.
Mientras haya quien nombre a los desaparecidos,
mientras haya quien alce un poema contra las armas,
mientras un cuerpo herido se levante
y mire al horizonte,
la historia no estará perdida.
El pueblo, los pueblos,
aprenden a renacer en medio de la ceniza.
Y nuestra tarea es acompañar su grito,
no callar, no rendirnos,
hacer de la palabra un arma
contra la oscuridad que pretende tragárselo todo.
Nos siguen pegando abajo.
Nos siguen.
Pero también seguimos.

Fotografía: @bordandoluchass