Ilustración: Brenda Pérez Ibarra
Raíces de palabras al viento
Desde una mesa sin lados, ni rosa de los vientos
mis padres miran la luz violenta del televisor,
en el claroscuro semejante a una hoguera nocturna
debemos parecer a esas tribus reunidas para las leyendas.
Nuestro silencio abre laberintos, máscaras y espejos,
esta historia tras la fundación de una ciudad amurallada,
países rotos tras la guerra que luego se reconstruyen
como la palabra resurrección dicha en un domingo;
las abuelas deslizan los rosarios entre sus arrugas,
abren surcos para sembrar su sangre hasta la muerte.
Puedo sentir estas raíces rojas que ascienden
y descienden de un mar rojo latiendo a la distancia,
me heredan un aire para pedazos de mi rostro,
el que ahora soy habla con palabras viejas como un sol.
¿Qué me quedará cuando me vuelva la ausencia
y este rostro desdibuje los nombres de las calles
por las que aprendieron a caminar mis pies descalzos?
¿La sombra de los semáforos y los letreros de ALTO
Minotauromaquia
No existe el hilo negro para salir de la masacre,
no grité, ni vomité, tampoco lloré como esperaban.
Ensayé la cacería en el patio del rancho,
dos pollos, dos gatos y un cerdo fueron elegidos.
Poco a poco yo nos asesinaba:
También las reses caminaron dóciles al rastro,
cuchillas del tamaño de las peores pesadillas,
las mortajas blancas para el contraste al cercenar,
chamarras, carteras, zapatos oliendo a cuero quemado,
cuando lo arrancaron no todas estaban sedadas,
los ojos enseguida de saltar desorbitados,
los ojos de los cadáveres se adelantaron al precipicio,
los ojos siempre detrás de la violencia,
una parte menos de esta mitad bestia mitad persona.
Algo mío también murió en cada mugido.
Pequeños fantasmas
De vez en diario
nos desnucamos contra un camino
de piedras solares
algunas
pocas marinas grandes moretones
algún mismo color en
el bosque del cementerio
recogimos
todos los días que ellas han visto
había ahí una familia
llamada Pedregal
sobre la cual se han fundado iglesias
con muchas tumbas pequeñas
así que recogimos
manojos de piedras moradas
y pusimos una
sobre cada lápida
como el que tira la piedra
y esconde la mano
para negar su propia culpa.
La danza de la lluvia
I
La sequía es más lenta que la arena de los sueños,
el tiempo corre en tu péndulo sobre el que vemos luces.
Nuestras sombras debajo de otros nombres.
Y ahí, con el viento detenido,
avanzamos de un lugar a otro.
Recolectamos besos y países en la boca.
Para esto está hecha mi cintura,
tus manos con una contraseña para los gemidos
en que te digo esta noche.
Todo lo que no es visible por los besos está hecho
por tus constelaciones de venas iluminado mi boca,
lenguaje de luciérnagas muertas,
la mancha con que desdibujas la negrura en mi interior.
Cada corazón duerme en su tela echada al viento:
es como si adivináramos un oráculo antiguo
y desde sus letras iluminadas yo supiera lo que viene contigo.
Estas ganas de dormir en un lugar lejos del desierto
y amanecer con los labios blancos debajo de tu cama.
Decir adiós tan lento que no hubiera despedida
[A partir de Andrómaca a Héctor en el libro VIde la Ilíada]
Aquí no cabe una palabra llena de gracia:
El valor se desdibuja como la orfandad de algún infante,
el luto de una viuda negra deshecha por la noche.
La tierra no tiene fauces para devorarme,
los desconsolados masticamos nuestros nudos en la garganta;
he perdido hasta mi lengua madre en algún silencio
y el nombre del padre ya es ceniza de un nido en incendio.
Ahora me coloco debajo de los álamos para besar sus sombras.
Mi sangre, como el agua, siempre tiende a lo más bajo,
ahora desciende en siete causes
desde un palacio en ruinas hacia el abismo.
Esta es la masacre a los pies más ligeros que el viento:
bueyes de tornátiles patas y las cándidas ovejas,
una carnicería capaz de arrancar los ojos a los ciegos.
Ni siquiera puedo pronunciar rescate sin una flecha,
todo lo que alguna vez fue leche y miel ahora se desangra.
Tú eres mi padre, mi madre, mi hermano y mi mal,
tú mi flor de carne de cañón bajo la lluvia de verano.
Quédate conmigo para que la muerte no me espose,
aquí, en esta torre en la que un niño llora tras un rayo
y el ejército debajo de la higuera pierde hijo por cada higo:
la ciudad se cierra en sí misma para no verte alejarte.