*Esta columna está basada en hechos reales.
ENRIQUE GARRIDO
Las reuniones sociales te dejan cuestionamientos importantes, las reuniones con amigos, verdaderos dilemas de identidad. Recuerdo uno de ellos: si hicieran una película de tu vida, ¿quién te gustaría que la protagonizara? Pensé en varios nombres, hice un casting mental con presupuesto imaginario. Y hubo uno que se quedó en primer plano. Latino, de estatura modesta para los estándares de Hollywood, barba convincente y cierta intensidad contenida. Dije su nombre sin titubeos: Oscar Isaac. No sé si por haber visto por esas fechas Inside Llewyn Davis de los hermanos Coen, o por sus participaciones en Ex Machina (Alex Garland), o Sucker Punch (Zack Snyder).
La reacción fue generalizada: “¡Claro, escoges a alguien guapo!”. Esto me recordó un viejo meme que decía “’Basado en hechos reales’ significa que sucedió en la realidad, pero con gente fea”. Me quedé pensando en la frase como quien encuentra una grieta en la pared o un barro en su imperfecto rostro. ¿La verosimilitud depende de la simetría facial?
La verdad es que nunca lo pensé en términos de belleza, sino en referencias cinematográficas, en la manera en que el cine no copia el mundo, más bien lo interpreta, lo edita, lo ilumina hasta volverlo respirable. El montaje, el encuadre, la música de fondo hacen algo más que registrar, transforman. Incluso el documental más austero decide dónde cortar, qué silencio dejar. Como señalaba Alain Badiou, el montaje y encuadre atribuyen un sentido único al acontecimiento dramático, estilizando la realidad al seleccionar qué parte de ella se muestra y qué parte se omite para hacerla “interesante”.
Y es que nuestra realidad es torpe y repetitiva. Si mi vida fuera una película fiel a mi cotidianidad, tendría veinte minutos tomando café. El problema es que olvidamos que el cine estiliza la vida, que la imagen está construida, que el cine como una herramienta estética poderosa puede convertirse en un instrumento ideológico igual de potente. Además de contar historias modela percepciones.
Hay películas que, sin que lo notemos, criminalizan pueblos enteros, convierten acentos en amenaza. Otras justifican guerras con música épica y planos abiertos de banderas ondeando al atardecer. La violencia se vuelve coreografía. El bombardeo, espectáculo. Y uno sale de la sala conmovido.
El gran Serguéi Eisenstein entendió que el montaje podía producir una emoción política específica. Por su lado, Theodor Adorno sospechaba que la industria cultural no sólo entretiene, sino que enseña cómo sentir. Si el héroe siempre tiene cierta nacionalidad y el villano siempre comparte rasgos reconocibles, el mensaje termina filtrándose sin pedir permiso.
Sin embargo, sería injusto reducir el cine a propaganda. También ha sido un espacio de denuncia, de memoria y de resistencia. Películas que incomodan, no embellecen la violencia, la exhiben. Obras que nos obligan a mirar donde preferiríamos no hacerlo. El mismo lenguaje que puede justificar una invasión puede también denunciar una masacre. Ahí radica la responsabilidad de quien filma y de quien mira. El espectador ingenuo es el mejor aliado de cualquier relato simplificador.
Así que, sí, esta columna está basada en hechos reales, aunque editados, con encuadres estratégicos, silencios calculados y un ligero ajuste de luz para que la barba se vea más dramática. En la escena final, un hombre camina con un café en la mano. Sin explosiones, ni discursos heroicos, sólo alguien pensando demasiado. Puede ser Oscar Isaac o puedo ser yo. Depende del presupuesto.
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