ENRIQUE GARRIDO
“Se dice el pecado, más no el pecador” es la frase que antecede a una historia sin nombres, escándalo sin rostro, pecadores anónimos, pues lo importante es preservar la leyenda, el mito, su valor como fábula, además, sirve al emisor para aligerar su carga.
Sin ser un cura confesor (mi pecaminosa mente nunca me dejó explorar ese camino), muchas personas sienten la confianza de revelarme aspectos de su vida, o de conocidos, oscuros, curiosos o anecdóticos. Pese a mi oficio de arrastrar la pluma, mi retribución a ustedes es nunca revelar quién me lo dijo, lo vivió, o si fue la misma persona. Podrán ser personajes, pero nunca tendrán su nombre. Lo anterior me vuelve parte de un secreto, cómplice de la clandestinidad a través de la escucha. Si mis ojos se los comerán los gusanos, me quedarán los oídos.
Entre las muchas razones por las que me cuentan sus pecados sin solicitarlo, ya sea un consejo, una opinión, la que más me llama la atención es la de compartir el peso. Así es, cuando alguien me cuenta un secreto bajo el código de no decirlo, no sólo me vuelve un cómplice, sino que comparto el peso, un Atlas de oídos grandes que carga con la roca culpa por omisión, por silencio. El no decir nada dice más de mí, pero la confianza no se rompe. Quizá debería colocarme un letrero que diga “me alquilo para cargar culpas”, aunque este no es un oficio nuevo.
“Te doy la paz y el descanso, querido hermano/a. Que tu alma descanse y no camine por la tierra. Por tu paz, yo empeño mi propia alma, y asumo sobre mí todas tus cargas, pecados y lamentos. Que el Señor te dé el descanso eterno” es, según algunas fuentes, la oración que recitaban los denominados “comepecados” (sin-eater), un personaje oscuro de los siglos XVII y XIX en Inglaterra y Escocia. Se trataba de un servicio funerario donde el oficiante, generalmente una persona marginada, indigente o mendigo de la comunidad, absorbía las culpas de un difunto al ingerir una hogaza de pan (símbolo de los pecados absorbidos), una jarra de cerveza o vino, y a veces sal o monedas, sobre el pecho del difunto lo que le permitía descansar en paz. Dicho servicio, sin embargo, tenía un precio social. Se creía que él cargaba con los pecados del difunto en su propia alma para salvarlo del purgatorio, lo que lo convertía en un paria temido y rechazado.
La figura del comepecados me es bastante entrañable, pues se trata de alguien que carga con una pesada losa nacida de culpas ajenas, pero no me identifico con ella del todo. Hoy, donde basta admirar ciertas obras, conversar con determinadas personas o trabajar en ciertos lugares para ser castigado con la dureza de la roca de fariseo, con la crudeza de la superioridad moral, me erijo como alguien que escucha. No por una paga, sino por simple acto de acompañar, no juzgar, humanizar. Incapaz de arrojar una roca, porque tampoco estoy libre de pecados, creo en el acompañamiento y la ligereza del diálogo.
Los antiguos comepecados entendieron que la culpa pesa menos cuando alguien la comparte. Por ello nunca desaparecimos, sólo cambiamos el pan y las monedas por un café y escucha en silencio, y sobre todo por la confianza de alguien que necesitaba soltar una piedra de su espalda, unas palabras de aliento, un hombro seguro, total, ya cargamos silencios ajenos, confesiones y culpas que ni siquiera son nuestras, que mejor que hacerlo con compañía.
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