ENRIQUE GARRIDO
Todo empezó con unos puntitos en el ambiente. Cuando comencé a ver a estos “flotantes” en espacios llenos de luz, por primera vez me aterró la oscuridad permanente. Un oftalmólogo me diagnosticó “fotosensibilidad o alergia a la luz” provocada por la contaminación. Sumada a mi aversión por los ajos, mi predilección por vestirme de colores oscuros, mi cortesía de no meterme a lugares donde no me invitan y buscar vivir en las sombras confirmé lo que ya intuía, mi vampirismo estaba avanzando.
Frente a este panorama, me surgió otro conflicto más derivado de lo social. En medio de la crisis inmobiliaria obviamente no tengo un castillo; mi piel no es blanca ni tersa, más bien tengo un duotono (algunos lo llaman “bronceado de taxista”) derivado de los cambios de temperaturas producto del calentamiento del sur global; con una inmortalidad condicionada por el transporte público, y la sensualidad de barrio, ¿cómo podría encajar un incipiente vampiro como yo en el contexto de Latinoamérica?
Entonces entendí que mi problema no era médico, sino estético y geográfico. No se trata de una pregunta nueva, pues en los 70, el gran escritor Álvaro Mutis y el cineasta Luis Buñuel tuvieron una duda similar. Los dos eran grandes entusiastas de las historias góticas como las de Edgar Allan Poe, pero Buñuel consideraba imposible trasladar el gótico a Latinoamérica por la ausencia de castillos, vampiros y climas sombríos. Por su parte, Mutis argumentó que lo gótico no dependía de escenarios europeos, sino de la presencia de la maldad y su efecto en los personajes, por ello, en 1973, publicó La mansión de Araucanía, relato que convenció a Buñuel de que sí podía existir un gótico en tierras cálidas. Así nació una apropiación latinoamericana del imaginario gótico europeo que fusiona horror, fantasía y crítica social en contextos tropicales y urbanos.
Más que reversionar a Lacrimosa en cumbia, el Gótico Tropical surgió en Colombia, como una reinterpretación del género a la realidad latinoamericana. Fue desarrollado por el Grupo de Cali, integrado por figuras como Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina, sí, los mismos que definieron la Pornomiseria, al combinar influencias de la literatura gótica con la violencia, el calor y la exuberancia del trópico colombiano y que no sólo se limita al terror, también funcionaba como crítica política y estética autóctona, explorando lo monstruoso y lo fantástico desde la cultura local.
Ospina y Mayolo nos dejaron películas como Carne de tu carne (1983), Pura sangre (1984) y Agarrando pueblo (1978) donde se mezclaban elementos de terror de serie B con la violencia y desigualdad en Colombia, incluyendo la denuncia de las relaciones coloniales y postcoloniales, además de la violencia del narcotráfico.
Más allá de darle sentido a mi vampirismo en mi contexto, es importante repensar el eurocentrismo en la cultura. Una de las grandes preguntas que he escuchado a quienes escriben o dibujan ciencia ficción en México, entre ellos Alberto Chimal o José Luis Zárate, es ¿por qué nos cuesta trabajo pensar que extraterrestres aterricen en Latinoamérica o que acá puedan coexistir vampiros sin caer en la sátira o caricatura del personaje? El gótico tropical sólo fue una de las tantas respuestas que tenemos para ofrecer al mundo de las historias.
Nuestros vampiros no duermen en criptas, sino detrás de cortinas improvisadas para que no entre el sol de las tres de la tarde, pues acá el horror también habla con acento latinoamericano, tiene calor, debe la renta y anda entre las sombras que la mancha de asfalto le permite. Los monstruos también existimos de este lado, sólo necesitamos adaptarnos al trópico.
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