ENRIQUE GARRIDO
Para quien no conoce el barrio, su número de borrachos en la calle determina su peligrosidad. Si no hay, ahí el predial suele ser caro, si hay uno, cuenta con alumbrado público, pero se funde seguido, y si hay varios… bueno, estás en uno real, y si sabes sus nombres, eres parte, aunque lo niegues en reuniones de categoría.
Yo crecí en un pequeño pueblo llamado Cacalomacán. Para efectos del INEGI, es una colonia de Toluca, para los lugareños, nuestro hogar. Y sí, era común encontrar, incluso saludar, a varios parroquianos de la cantina local Rayando el Sol (llamada así desde antes de Maná) que se agrupaban en la esquina de una de las avenidas principales a recuperar el ágora como espacio de aprendizaje. No es de extrañar que esta práctica sea mal vista por algunos sectores de la población debido a la criminalización que recibe por parte de ciertos discursos; no obstante, no todos ellos son violentos.
Lo que de forma coloquial se conoce como Caguama banquetera, esa tradición de departir en las calles con una cerveza y sabiduría no es un signo de descomposición social, sino una forma de comunidad desde tiempos prehispánicos. En el libro Sabores & saberes, editado por el FOEM en 2025, se cuenta la historia, proceso e importancia cultural del pulque. En el primer apartado “La intención de los Dioses”, cuya autoría es de Cristian Reynoso Rodríguez, nos habla de los orígenes míticos de esta bebida, así como las costumbres de esta sociedad.
Allí se incluye un detalle del famoso Códice Mendoza (folio 71r), donde se ve a una anciana mientras bebe pulque (octli) con otro grupo de personas y una olla de barro. Resulta que, en la sociedad mexica, la embriaguez pública era mal vista, incluso castigada, pero sólo para los jóvenes, sin embargo, en el caso de los ancianos era permitida, pues era un privilegio ganado tras una vida de servicio a la comunidad.
Cristian también cita a Fray Bartolomé de las Casas, quien en su antología Los indios de México y la Nueva España, asevera que, “a los bebedores, ya fueran hombres o mujeres, se les llevaba al mercado para raparlos como un acto de humillación; también se derribaban sus casas para dar a entender que los bebedores no eran dignos de considerarse vecinos del pueblo. En casos extremos, los borrachos podían ser apedreados o apaleados hasta provocarles la muerte”.
En ambos casos destaca que el acto en sí no era el problema, sino el exceso. La mesura como forma de confianza y libertad, la experiencia como sinónimo de sabiduría en el buen beber. Al conocer nuestros límites, podemos mantenernos en ese punto frágil donde la conversación todavía construye.
Quizá por eso incomoda tanto. No se puede controlar, no responde a la lógica del consumo ordenado. Más bien es una forma de comunidad que resiste, de saber que en lo marginal hay códigos, límites y saberes, sin romantizar el exceso ni de negar sus riesgos. Una comunidad que construye en la banqueta, en la calle, la cual, por la inseguridad, poco a poco nos la están quitando.
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