ENRIQUE GARRIDO
¿Se puede morir de belleza?, ¿existe algo tan evocador, nostálgico, hermoso, sublime que sea capaz de excedernos?, ¿rebasarnos?, ¿afectarnos?, ¿dañarnos? En 1817, un hombre visitó la basílica de la Santa Cruz en Florencia y sufrió de mareo, palpitaciones y sudores ante la belleza de las obras de arte, se vio obligado a salir para recuperarse de este trance de formas y simetría, la invasión de colores y texturas. Henri-Marie Beyle describió su arrebato en el libro Rome, Naples et Florence. Más tarde, este autor sería conocido como Stendhal, quien además de ser un reconocido novelista con obras de largo aliento como Rojo y negro y La cartuja de Parma, sirvió para darle apellido a uno de los síndromes más fascinantes.
La psiquiatra italiana Graziella Magherini documentó más de cien casos del síndrome de Stendhal entre turistas en Florencia en 1979, y en 2018, se conoció el caso de un turista italiano en la Galería de los Uffizi cuyo corazón fue tan conmovido frente a El nacimiento de Venus de Botticelli que quiso salir de su pecho e integrarse con la diosa emergida del mar. Ante la falta de argumentos poéticos, lo doctores lo diagnosticaron como un infarto.
Quizá éste sea uno de los límites corporales del síndrome, cuyos síntomas comunes incluyen taquicardia, sudoración, mareos, ansiedad, confusión, euforia, despersonalización e incluso desmayos en casos extremos, afectando tanto el estado emocional como físico del individuo. Frente a lo que parecería una bendición, uno de los factores de riesgo es sensibilidad artística (los otros son estrés del viaje, expectativas emocionales elevadas y predisposición a cuadros de ansiedad o pánico), lo que certifica que el arte no es para cualquiera.
Ahora bien, el síndrome no debería asustar, sino su desaparición. El Science Museum Group de Reino Unido realizó un estudio en donde analizó imágenes de objetos de los últimos 200 años para identificar cambios en su color. Resulta que, en 1800, sólo el 8% de los objetos eran grises o negros, mientras que en 2020 esta cifra aumentó al 40%. Si se suma el color blanco, la diferencia es aún más radical, pasando de un 15% a un 60%.
Como en ese episodio de Las chicas superpoderosas donde un mimo le roba el color a ciudad Saltadilla y todo se deprime, de un tiempo acá ese arlequín metafórico del silencio ha ganado espacio. Incluso hoy la ropa de los niños y niñas, o los juguetes, cada vez son menos coloridos. Sumado a la homogenización del discurso, del arte, el diseño, poco a poco perdemos la posibilidad de maravillarnos frente a la diferencia, estamos a salvo del síndrome de Stendhal, pero cerca de la disolución, del perdernos en lo igual.
En un poema de 1857, Charles Baudelaire le da voz a la belleza: “Yo soy Bella, ¡oh mortales! como un sueño de piedra,/ y mi seno que a todos eternamente torturó, / ha sido creado para inspirar amor a los poetas.” La belleza como algo que nos atraviesa, nos tortura. El entorno busca apagar nuestra sensibilidad, neutralizarnos, ponernos a salvo, pero, si no hay riesgo, tampoco hay vida. Es probable que esta homogenización avance, sin embargo, también podemos revelarnos, y elegir perecer frente a un paisaje, una sonrisa, unas manos, unas palabras, una mirada. Tal vez nos dé miedo un infarto, pero si es ante la belleza, el amor y la vida, habrá valido la pena.
Contacto: quiqueescritor@gmail.com
Facebook: @ Enrique Ricardo GarridoJimenez
Instagram: kike_garrido89
X: @henrykowsky