ENRIQUE GARRIDO
Ser bello es un problema de tiempo, recursos, umbral del dolor, determinación y, obvio, unos ojos que lo admiren, porque no existe belleza sin quien la vea, como no hay ruido sin quien lo escuche. Al menos es lo que me imagino, pues nunca he considerado seriamente si cumplo con algún canon de belleza. No por falsa modestia, sino que los estándares son efímeros, cambian, y buscar perseguirlos sería frustrante. Quizá sea mejor ser feo, más tranquilidad, estabilidad, menos exigencia y nos ahorra el problema de estar al pendiente de las vanguardias, pues, como dijo Oscar Wilde, “la fealdad es superior a la belleza porque dura”, además de que es más barata y menos dolorosa.
Si es que, como decía Nietzsche, “la belleza es una promesa de felicidad (creo que primero lo dijo Stendhal)”, por buscarla podemos ser capaces de cualquier cosa. No es ningún secreto que la belleza física abre muchas puertas, o eso dicen las personas bonitas, pero el costo de adquirirla o mantenerla es muy elevado: tiempo extenso de gimnasio, tratamientos en el cuerpo, cremas, depilaciones, ropa, vamos, más allá de una genética afortunada, hace falta horas de inversión.
Eso si pensamos en los tiempos modernos. Imaginen que hubo un tiempo en que era bello tener los pies pequeños o la cabeza alargada. No se trataba de fantasías de cuentistas como los hermanos Grimm, sino de verdaderas exigencias estéticas. Por allá del siglo X, en China, una práctica común era vendar los pies a las niñas con la intención de mantenerlos pequeños el mayor tiempo posible. Estos vendajes duraban muchos años y deformaban las extremidades permanentemente, reduciendo la movilidad; no obstante, en ese entonces, la inmovilidad de una mujer era símbolo de estatus, pues no tener que trabajar era sinónimo de pertenecer a una familia adinerada. La práctica de chánzú o “pies de loto” fue prohibida definitivamente hasta 1945. Pero en otros lares no se quedan atrás, ya que en Sudamérica y Oriente medio se creían atractivas las cabezas alargadas, por ello, los padres pensaban que era buena idea prensar la cabeza de los bebés para lograr un cráneo alargado en la adultez. Como se hacía desde los primeros días de edad, no afectaba las funciones cognitivas del cerebro, más allá del trauma de tener unos padres así.
Y es que otra consecuencia de buscar la belleza puede ser la locura. Películas como La sustancia (The Substance, Coralie Fargeat, 2024) o La hermanastra fea (Den stygge stesøsteren, Emilie Blichfeldt, 2025) lo muestran en clave del body horror; sin embargo, no estaban tan alejadas de la realidad. En el antiguo Egipto y el Imperio Romano estaba de moda tener la cara pálida, así, decidieron usar polvos faciales con plomo. Para el siglo XIX no habíamos evolucionado tanto, pues algunas mujeres, y no dudo que hombres, para blanquear su rostro (bloqueando la melanina) usaban cremas de mercurio, y si además querías estar delgado, nada como combinarlo con huevos de Tenia (parásito intestinal). Ahora, cada uno conlleva sus consecuencias, pero había una que compartían: el daño neurológico irreversible.
¿Realmente valdrá la pena? Desde mi fealdad aceptada, y no sé si compartida, creo que me aterraría caer en cualquiera de estos procedimientos. Volviendo con el nada agraciado, pero buen bigotón Nietzsche, “tenemos el arte para no morir de la verdad”, así que quienes estén dispuestos a todo con tal de mantener o crear su belleza, se los agradezco, pues nos impiden caer en el abismo de la desesperanza, aunque sea superficialmente; nos permite soportar lo insoportable, tanto de la existencia, como de mirarnos al espejo.
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