FROYLÁN ALFARO
Si quisiéramos expresar el espíritu contemporáneo en pocas palabras, quizá podríamos decir que nunca habíamos estado tan cansados sin haber caminado tanto. Estamos exhaustos, pero no porque hayamos cruzado desiertos, librado grandes batallas o cosas de similar magnitud, sino porque hemos pasado el día saltando entre pantallas, pendientes de las notificaciones, respondiendo chats, actualizando nuestro perfil, es decir, persiguiendo pequeñas urgencias que se disuelven justo en el momento en que las atendemos.
Nuestros abuelos se cansaban al final del día, claro, pero su cansancio venía de un trabajo que dejaba huella en el cuerpo, de un esfuerzo que se sabía necesario. El cansancio contemporáneo, en cambio, es difuso. Uno llega a la cama con la sensación de haber estado ocupado todo el día, pero, a veces, sin poder señalar de manera clara qué se hizo, en qué se avanzó o qué realmente aprendimos. Es como el cansancio de un hámster en la rueda; mucho movimiento, pero ningún cambio.
Y como diría Nietzsche: ¡He aquí el primer síntoma! Hemos sustituido el caminar por el girar, porque caminar implica que hay una dirección, la posibilidad de llegar a algún sitio. Girar, por otro lado, implica repetición, estancamiento, el retorno de lo mismo. En este sentido, el cansancio que sentimos no es producto del camino, sino de la ausencia de camino.
El ritmo actual de vida nos ha enseñado a confundir actividad con sentido, y hemos aprendido eso bien. Estar ocupados parece el equivalente a estar vivos. Tener la agenda llena es, para algunos, señal de valor personal. Pero, el problema no es el exceso de tareas, sino la falta de dirección.
Este cansancio es nuevo en la historia. No es el cansancio del campesino ni el del obrero, ni siquiera el del estudiante que se forma para un futuro tambaleante. Es el cansancio del sujeto disperso, de alguien que vive fragmentado en decenas de pequeñas demandas que reclaman atención, energía y respuesta, pero que no convergen en un proyecto vital que sea reconocible.
Nos despertamos cansados, trabajamos cansados. Incluso el ocio nos agota porque se ha vuelto otra obligación: hay que aprovecharlo, hay que publicarlo. El descanso ya no es reparador, es sólo una actividad más, pero en otro formato. No elegimos el ritmo de nuestra vida, lo seguimos. No trazamos el camino, reaccionamos a uno ya establecido. La vida actual se parece cada vez más a una serie de notificaciones que se apagan una tras otra.
Pero no estamos agotados porque seamos débiles. Estamos cansados porque vivimos sin horizonte, lo que el filósofo argentino José Ingenieros llamaba “ideales”. Un cuerpo cansado puede dormir, pero un alma desorientada no descansa nunca.
La fatiga contemporánea no es física, es existencial. Por eso, ni el fin de semana, ni las vacaciones, ni el cambio de trabajo la curan del todo. Cambian las escenas, pero seguimos girando, sólo que en otro escenario.
Quizá por ello sea tan complicado responder a la pregunta ¿para qué hacemos lo que hacemos? ¿Qué tipo de vida estamos construyendo con esas pequeñas acciones que llenan nuestros días?
Tal vez la pregunta importante no sea ¿cómo descansar más? sino ¿Cómo volver a caminar? ¿Cómo recuperar un ritmo que no venga al compás de la urgencia ajena, sino por el sentido propio? Porque no todo cansancio es un problema. Hay cansancios que son la señal de que se ha vivido algo que valía la pena. En cambio, el cansancio que nos deja el movernos, pero sin avanzar, es el síntoma más claro de que algo se ha torcido en la manera en que estamos viviendo.