FROYLÁN ALFARO
A primera vista el título de esta columna suena absurdo, pues basta con acercarse a un mercado o a un acuario para comprobar lo contrario. Ahí están los salmones, los tiburones, los atunes. ¿Cómo podría alguien negar algo tan evidente?
Sin embargo, algunos filósofos de la biología sostienen exactamente eso. Pero, no significa que crean que los animales que nadan en el océano sean una ilusión, sino que más bien sospechan que “pez” no es una categoría válida, pues agrupa de forma poco rigurosa organismos muy distintos. Al respecto, el filósofo Henry Taylor propone una forma interesante para entenderlo y parte de la idea de que hacer clasificaciones depende de nuestros intereses.
Para clarificar la afirmación anterior, imaginemos que en una escuela hay dos personas organizando a los niños: un fotógrafo y un cocinero. El fotógrafo quiere tomar una foto de grupo, así que los acomoda por altura, los bajitos adelante y los más altos atrás. El cocinero, por otro lado, necesita preparar la comida del día, por lo que los agrupa de otra manera: vegetarianos, niños con alergias, etc. Es decir, ambos están clasificando a las mismas personas, pero los grupos que forman no coinciden. Así, podríamos tener a un par de infantes que pertenezcan a distinta categoría en la clasificación del fotógrafo (uno alto, el otro bajito), y que pertenezcan a la misma categoría en la clasificación del cocinero (ambos vegetarianos). ¿Cuál clasificación es la correcta? No podríamos privilegiar a ninguna, y en ello no hay contradicción, pues cada clasificación responde a una finalidad distinta, a un interés específico.
Algo parecido, siguiendo a Taylor, ocurre en la biología. Los científicos clasifican a los organismos para responder preguntas distintas: ¿cómo evolucionaron? ¿Cómo se reproducen? ¿Qué nichos ecológicos ocupan? Y cuando cambian las preguntas también cambian las clasificaciones. Desde esta perspectiva, una categoría es legítima si cumple dos condiciones: sirve para el propósito que la motivó y no existe otra clasificación mejor para ese mismo propósito.
El problema con los peces surge cuando aplicamos estos dos criterios. Taylor muestra que la biología moderna no reconoce a los peces como una categoría científica válida. Es decir, los biólogos intentan clasificar a los organismos según su historia evolutiva. Los grupos que consideran legítimos incluyen un ancestro común y todos sus descendientes. A estos grupos se les llama clados y “pez” no cumple con esta condición, ya que los animales que llamamos peces comparten un ancestro que también es el antepasado de los anfibios, los reptiles, las aves y los mamíferos. En otras palabras, si quisiéramos ser estrictos con la evolución y con la categoría “pez” tendríamos que aceptar, incluso, que nosotros somos peces.
Como esa clasificación resulta absurda para la clasificación biológica, los científicos prefieren abandonar la categoría de “pez”. Pero, no dicen que las ballenas no sean peces, sino simplemente que “pez” no es una categoría útil. Aquí podríamos decir que no hay problema, que “pez” puede no ser útil a la ciencia, pero sigue funcionando en el lenguaje cotidiano, digo, todos, incluyéndome, creemos saber lo que es un pez. Además, durante siglos muchas personas consideraron que las ballenas eran peces. Incluso los naturalistas del siglo XVIII las clasificaban así, su idea fue desechada a favor de los clados de los que hablamos antes. Pero eso no es lo mismo que afirmar que las ballenas no son peces. ¿Por qué? porque al afirmar eso muchas personas creen que la biología moderna demostró que las ballenas no son peces, es decir, que no pertenecen a esa categoría. Sin embargo, si la ciencia ni siquiera reconoce la categoría “pez”, entonces no pudo ni puede demostrar que las ballenas están fuera de ese grupo. Por lo que esa afirmación del lenguaje cotidiano intenta alinearse con una supuesta verdad científica, que en realidad, no existe. Y, por ello, la clasificación popular tampoco cumple el primer criterio que Taylor propone.
Podríamos, todavía decir, que está bien, la categoría no es útil a la ciencia moderna, no cumple un propósito en el lenguaje cotidiano, pero que la categoría “pez” sí tenía sentido en el pasado. Por ejemplo, a los balleneros, pues para quien se dedicaba a cazar ballenas, podría parecer natural agruparlas con otros animales marinos que se mueven de manera similar. Desde esta perspectiva, quizá era razonable tratarlas como peces. Sin embargo, estaremos olvidando que el ballenero no necesitaba clasificar a todos los “peces” del océano. Su interés era más concreto: comprender cómo localizar, capturar y procesar ballenas. Saber que un salmón también es un pez no le aportaba ninguna información útil para su trabajo. Por lo que en este uso histórico de “pez” la categoría es demasiado amplia para el propósito que debería cumplir.
Entonces, siempre aparece el mismo resultado, la categoría “pez” no parece servir a ningún interés claro. Y cuando una clasificación no cumple ningún propósito convincente, lo más razonable es abandonarla.
De ahí, querido lector, la provocación filosófica: los peces no existen. Pero no porque el océano esté vacío de animales que naden con branquias y aletas. Estos animales siguen ahí. Lo que no existe, al menos como categoría rigurosa, es el grupo que creemos que forman.