FROYLÁN ALFARO
Imagina, querido lector, que entras a una cafetería y miras el reloj en la pared. Marca las 7:00 p.m. Pides un café, platicas un rato, y cuando vuelves a mirar, ya son las 8:15. Nada extraño, el tiempo ha pasado. O al menos eso creemos. Pero ¿y si el “pasar” del tiempo fuera una especie de ilusión?
Esto es, en esencia, lo que propone J. M. E. McTaggart en su ensayo The Unreality of Time. Ahí argumenta que el tiempo, tal como lo concebimos comúnmente, no existe.
Para entenderlo, piensa en tu vida como una serie de eventos: tu nacimiento, tu primer día de escuela, el momento exacto en el que lees este texto. Todos estos eventos parecen compartir la característica de estar en el tiempo. Pero McTaggart dirá que hay dos formas distintas de ordenar esos eventos, y que ahí es en donde está todo el problema.
La primera forma es lo que él llama la serie A. Aquí, los eventos se clasifican como pasados, presentes o futuros. Por ejemplo, tu infancia es pasada, este momento es presente, y tu próxima comida es futura. Esta forma de pensar el tiempo es bastante intuitiva, pues sentimos que el presente avanza, que el futuro se convierte en presente y luego en pasado.
La segunda forma es la serie B. En lugar de hablar de pasado, presente y futuro, aquí los eventos se ordenan según relaciones como “antes que” o “después que”. Tu nacimiento es antes que tu graduación; el momento de leer esta columna es, probablemente, después de tu desayuno. En esta estructura no hay un flujo del tiempo como en la serie A, aquí sólo hay relaciones fijas entre eventos.
Hasta aquí, nada parece problemático. De hecho, podríamos pensar que ambas descripciones son compatibles, pero que una es más vivencial (serie A) y otra más estructural y matemática (serie B). Pero McTaggart sostiene que la serie B, por sí sola, no basta para explicar el tiempo porque no es capaz de capturar el cambio, ya que sólo habla de relaciones entre eventos. Y el tiempo, tal como lo entendemos, implica un cambio, pues no basta con decir que un evento es antes o después de otro; necesitamos que algo pase. Por ejemplo, que una reunión que era futura se vuelva presente y luego pasada. Ese “volverse” parece importante en el caso del tiempo, pero tal cosa sólo existe en la serie A.
Entonces, si el tiempo requiere cambio, y el cambio requiere la serie A, parece que necesitamos la serie A para que el tiempo sea real. Hasta aquí, McTaggart parece estar defendiendo la realidad del tiempo.
Sin embargo, la serie A es contradictoria.
Piénsalo así. Un mismo evento, por ejemplo, tu lectura de este texto, es primero futuro, luego presente y después pasado. Eso implica que ese mismo evento tiene propiedades incompatibles: ser futuro, ser presente y ser pasado. Para evitar la contradicción, podríamos decir que no las tiene al mismo tiempo, sino en distintos momentos.
Pero al hacer eso estaríamos usando el tiempo para explicar el tiempo, pues estamos diciendo que el evento “leer esta columna” es futuro en un momento, presente en otro, y pasado en otro más. Pero esos “momentos” también tendrían que ordenarse en una serie A, lo que nos lleva a una regresión infinita. Es como tratar de explicar una palabra usando esa misma palabra una y otra vez.
McTaggart concluye, a partir de lo anterior, que la serie A es inconsistente. Pero como la serie B no puede sostener el tiempo por sí sola porque no explica el cambio, entonces el tiempo, como tal, no puede ser real.
Ahora bien, ¿qué hacemos con esta conclusión? Porque, seamos honestos, negar la realidad del tiempo suena complicado, pues nuestra vida está atravesada por el tiempo, ya que envejecemos, recordamos, anticipamos, etc.
Sin embargo, tal vez McTaggart no está diciendo que el tiempo no exista de ninguna manera, sino que no tiene la estructura que creemos que tiene. Es decir, podría ser una forma en que organizamos la experiencia, no algo que exista “allá afuera” de manera independiente.
Piensa, por ejemplo, en una película. Cuando la ves, todo parece moverse, los personajes caminan, hablan, envejecen. Pero en realidad, lo que hay es una serie de imágenes fijas proyectadas rápidamente. El movimiento no está en las imágenes mismas, sino en cómo las percibimos. Aunque ciertamente esto también tiene sus problemas.
Desde luego, no todos están dispuestos a aceptar la conclusión de McTaggart. Filósofos y físicos han buscado, una y otra vez, formas de rescatar el tiempo sin caer en la trampa de su argumento, quizá valga la pena explorarlos en otra ocasión. Pero por ahora conviene quedarse con la duda. Porque, si lo piensas bien, querido lector, incluso mientras avanzabas por estas líneas, algo parecía transcurrir: hubo un inicio, un desarrollo y ahora un cierre. Y, sin embargo, si McTaggart tiene razón, ese transcurrir no es tan sólido como creemos. Así que la pregunta queda abierta, pues entre el momento en que comenzaste a leer y este instante en que terminas, ¿qué fue exactamente lo que ocurrió?