SARA ANDRADE
Me revitalizo entre la gente, como helecho regado luego de una semana de sol inclemente. Me sorprendo. Y luego, me sorprendo que me sorprendo. ¿No es el punto de todos nosotros el estar hechos bola?
Era muy millennial eso de ser “misántropo”, eso de tener “ansiedad social” y preferir quedarte en casa con un libro y una taza de café. Yo estuve ahí cuando esos clichés se crearon por lo que para mí no son clichés sino mi vida propia, repetida ad nauseam, a tal grado que ha perdido toda su intención original. En aquel entonces, recuerdo, había algo de revolucionario en elegir la soledad o en por fin pronunciar lo que siempre nos había atormentado en alma y espíritu, antes de que ese therapyspeak fuera utilizado como arma contra los demás.
Pero incluso en esos días, lo que decíamos sobre aislarnos y perdernos y no volver a ver el rostro de otra persona era de dientes para afuera. Lo decíamos en reuniones con amigos o en los blogs que compartíamos con docenas de personas, como una especie de tropo compartido, un tropo generacional, decir, oh, pobre de mi alma atormentada, no soporto esta sociedad hipócrita, quiero irme a vivir a las montañas, para luego cerrar el documento y salir al centro con mis amigos y emborracharme de algo más que de cerveza.
Entonces desde que salgo de casa me aprovecho de la inocencia de mis pares. No saben que yo los observo con ojos de depredador entre las ramas, alimentándome de sus mínimos movimientos, catalogándolos secretamente, deleitándome de cuando rozan con mi brazo, con el bajo de mi espalda y, por un momento sagrado, somos todos una misma masa. Cuando hablo con los demás sus palabras me llenan de una emoción rara y voyeur. Es la misma que experimento cuando me asomo por las ventanas de otras cosas. Es tocar con los dedos la vida de otro, de saber, con una certeza indeleble, que realmente no soy la única en mi soliloquio, sino que formo parte de un coro. No soy una campana en la cúpula de una iglesia, sino que formo parte de una campanilla de viento, que suena delicadamente cada vez que el viento me mece entre los demás.
En los últimos dos años, generándose inequívocamente desde la pandemia, he leído y visto sobre esta soledad autoimpuesta que se siente más pegajosa y mezquina que la solíamos pretender tener en 2011. Ahora, la soledad es estructural, está fabricada para nosotros: subidón de precios, inseguridad, paranoia y enfermedad. No te preocupes, quédate en casa. En redes sociales, se fomenta la discusión agresiva. Ya no hay nada de la cordialidad del tablero del chat, sino que ahora es un campo de pelea en los comentarios de un video generado por inteligencia artificial. Esta soledad que sentimos no es real. No puede ser real. Somos tanto y ¿por qué estamos más solos que nunca?
Así que salgo a la calle y en el camión, en el súper o en la iglesia y abro los ojos y los oídos y, si hay la oportunidad, abro los brazos también. Me siento plena cuando otra vida toca la mía y no voy a permitir que una máquina propagandística del otro lado del mundo me haga crear que estoy mal en disfrutar de mi condición de persona.