SARA ANDRADE
Luego del estreno de Backrooms, un fenómeno especial está tomando lugar en las redes sociales. Algo que era nicho, un espacio pequeño en Internet, creado y disfrutado por un puñado de raritos, ha sido expuesta a la luz intransigente del público en general. Cuando esto sucede, cuando un objeto cultural de la periferia toma importancia entre los normies, dos cosas se llevan a cabo: primero, la incomprensión y el rechazo, y luego, la mala interpretación y la asimilación.
Al principio, la discusión alrededor de los backrooms era sobre lo increíblemente complicado y absurdo que era el concepto. ¿Un piso de oficinas abandonadas que provoca miedo? Por dios, las nuevas generaciones están perdidas. Sin embargo, conforme el algoritmo de TikTok comenzó a inundar las pantallas con esos eternos pasillos de alfombra húmeda y luces fluorescentes zumbantes, algo hizo clic en la psique colectiva y el escepticismo inicial mutó en un reconocimiento incómodo; como si el miedo de los muchachos no fuera tan tonto y absurdo como primero suponíamos; como si, de hecho, estuviéramos ante el mismo terror de siempre.
El rechazo comenzó a volverse una mala interpretación (que es la única, por supuesto, que puede generar algo nuevo) y poco a poco, la idea gringa de los backrooms comenzó a tropicalizarse. Dejamos de imaginar sótanos de tablaroca y empezamos a mirar nuestro propio entorno. En México, el horror liminal no viste de oficina corporativa, sino que se transforma en los pasillos interminables de Parisina, con ese olor a telas rancias, rollos acumulados que bloquean la luz y la extraña certeza de que podrías perderte entre hilos de coser y nunca regresar hacia la tibia mano de tu madre. Se manifiesta en el eco sepulcral de una iglesia completamente sola a las tres de la tarde, donde el silencio es tan denso que pesa, o en los corredores escolares durante las vacaciones, despojados del ruido infantil, convertidos en laberintos de concreto que parecen no pertenecer a este plano. Incluso la geografía local ha reclamado sus propios niveles del juego. En Zacatecas, por ejemplo, Plaza Futura se erige como el monumento definitivo a esta liminalidad a la mexicana. Un espacio que prometía modernidad y comercio, pero que el tiempo y el abandono lo malformaron en un cadáver de locales vacíos, cortinas de metal oxidadas y una quietud de cripta. Es nuestro propio nivel subterráneo, un espacio atrapado entre lo que debió ser y lo que acabó pudriéndose.
Al final del día, esta obsesión contemporánea no es más que una actualización de software de un sistema operativo que ya conocemos bien. Todo es gótico. Las catedrales medievales con gárgolas amenazantes y los pasillos infinitos iluminados por luces de neón parpadeantes son la misma historia contada con diferentes texturas. Cambiamos los castillos en ruinas por centros comerciales abandonados, y los fantasmas victorianos por entidades sin rostro que acechan en las esquinas de un render mal cargado. Porque el núcleo del terror humano sigue intacto: todo se reduce al miedo de lo incierto, a la angustia ante lo desconocido y, sobre todo, a la melancolía gótica de lo que nunca llegó a concretarse. Los backrooms, al igual que los viejos relatos de terror, son los restos arqueológicos de un futuro que nos prometieron y que jamás llegó; espacios vacíos que nos recuerdan que, detrás de la fachada de nuestra normalidad, siempre hay un abismo esperando a que demos un paso en falso.