SARA ANDRADE
Cuando, en los agradecimientos hechos ante la celebración de un logro, la gente menciona a sus padres, no suelo pensar en otra cosa más que es natural. Es el correcto orden de las gracias. Tiene sentido. Es lógico. Los hijos agraden a los padres, si ese es el caso, por haberles dado techo, comida y palabras de aliento en la persecución de su propósito. Tú nunca piensas que un agradecimiento a los padres está mal colocado. Es honesto y es filial. Es cultural, incluso. Así como la gente agradece a Dios, agradece a su madre, ambos dadores de tu vida. Si tienes una buena relación con ella, es posible entonces que tu madre sea la persona que mejor te conoce y la que mejor conoces tú. Está en tus listas de contacto desde que tienes memoria, en los trámites de gobierno siempre te preguntan por ella, cuando alguien quiere preguntar por tu bienestar, no vas solo: ¿cómo está tu mamá? Es lo normal, es lo que se espera. Es tu madre después de todo. Es tu padre, al fin y al cabo. Y si no son ellos, quizá es tu abuela, quizá es tu profesor del quinto de primaria, quizá es tu amigo de la infancia, que compartió contigo una vida. A estas personas los llaman héroes, los llaman la mayor de las inspiraciones.
Sin embargo, no tenemos la pared llena de afiches y fotografías con la cara de nuestros abuelitos. No tenemos un perfil de Twitter con la foto de perfil de nuestro tío que nos pagó la carrera y ayudó a lograr nuestras metas. Cuando compramos una playera, lo último que pensamos es llevarla con la cara de la maestra de español en la secundaria que creyó en nosotros. No, a quien ponemos en la pared es a Ariana Grande. A quien staneamos en redes sociales es a Twice. Cuando salimos a la calle, la playera anuncia que sabemos, por lo menos, cinco canciones de Los Ramones. Porque la verdad del asunto es que a quien adoramos, como cultura, es a las celebridades, a músicos, actores o artistas, que son la cara del entretenimiento que nos mantiene sanos. No es de extrañar tampoco. Ya se ha dicho mucho sobre las relaciones parasociales, sobre el bálsamo del arte, sobre el alivio de la catarsis y sobre el sentimiento de libertad que genera el no verte en tu realidad inmediata. Cuando nadie está a tu lado, todo indica, ellos están ahí. En la pantalla, en el reproductor de música, en las palabras que lees. Se genera una chispa impresionante, que sólo sucede en la conexión entre dos personas. Prendarte de un desconocido, parece, es casi natural. Pero no lo es.
¿Lo conoces, te conoce? ¿Vendrá a ti cuando necesites ayuda? ¿Sostendrá tu mano cuando estés preocupado? ¿Tendrá las mismas opiniones que tú? La respuesta es obvia. Taylor Swift no tomará un avión desde Nueva York para acompañarte a tu graduación. Timothee Chalamet no sabe que te dan miedo las arañas ni usará una chancla para matar a la que apareció en tu baño. Tú lo sabes y yo también. Todos sabemos que no es posible. Sin embargo, el sentimiento es real. La admiración y la infatuación. Así como el sentimiento de traición y de rencor cuando, por alguna razón arbitraria, la celebridad actúa diferente a nuestras expectativas. En una sociedad en la que el consumismo reemplaza la religión, es obvio que sus santos y clérigos son aquellos que consumimos. Es por eso que la “traición” se siente como una afronta personal, como si realmente los siete miembros de BTS nos hubieran herido de muerte.
Así que tienes que matarlos primero. O más bien: tienes que matar esa parte de ti misma que depende de ellos. No son tus padres, ni tus amigos. No forman parte de tu comunidad, los que taparon el sol con su mano para que no te cegaras. No les debes ni lealtad ni fidelidad. No debes seguir sus consejos, no debes alzarlos en un pedestal, ni considerar su opinión como incontrovertible y verdadera. Solamente son personas, como tú y como yo, y que, además, no te conocen. Así que una vez que has matado a tus héroes, entiérralos en el cerro, olvida donde y sigue andando este camino que sólo es tuyo, que no debe ser manchado por la influencia de alguien que no leerá nunca el agradecimiento honesto de tu meta lograda.