SARA ANDRADE
Supongo que la ansiedad hipermoderna debe ser el del paso del tiempo porque la guerra que se fragua en Medio Oriente está hecha, en parte, por la premisa de que si aplicamos el “cheat code” correcto en la geopolítica del siglo XXI podremos vencer la advertencia bíblica de que nunca conoceremos la fecha del apocalipsis. Los soldados americanos han sido instruidos de esta manera respecto a los ataques de Irán: no es contra el Islam, no es contra los migrantes ni contra las personas trans, sino es contra el tiempo. Acelerar el fin, provocar la acumulación no de capital sino de símbolos, para que estos puedan atraer a Jesús, en algún lado del Universo, y traiga consigo el cielo de los evangélicos: conciertos de Hillsong, ensalada de chícharos con mayonesa y la destrucción de la melanina. Todos rubios y ojiazules, mientras los infieles, nosotros los que no queremos arrojarnos cabeza primero hacia la ruina biológica, ardemos perpetuamente en el fuego del infierno.
La idea del “cheat code” viene de los videojuegos, en el que una secuencia de comandos activa una ventaja, como vidas infinitas o un poder inaccesible en el momento, como el famoso código Konami, que se obtiene presionando los botones del control de la consola de Nintendo: dos arriba, dos abajo, dos veces izquierda, derecha, y luego B y A. Es como una llave, es como un saludo secreto. Una vez que lo conoces, que lo tienes entre las manos, las puertas comienzan a abrirse. Pero la vida, como todos sabemos, no es una narrativa cerrada, que pueda ser interpretada o entendida como un libro. No hay manera de que dando clic a un ratón metafórico encontremos la secuencia de eventos que nos libere de la ansiedad. Pienso que quizá por eso nos gusta tanto la idea del videojuego: la posibilidad de que puedas vivir infinitamente, recordando las lecciones de las primeras vidas, aprendiendo de tus errores, haciéndote cada vez más fuerte, nunca manchado por la ignominia de la enfermedad, del daño, de la muerte. Un montón de pixeles cuyo único propósito es andar por el camino correcto, ese que lleva al final feliz, al final perfecto. Si la Biblia es el cheat code y la vida a la derecha del Padre es el GE (good ending) entonces deberíamos apresurar el Apocalipsis, porque resulta que la vida y las reglas que Jesús nos dejó para este mundo sin razón no son suficientes.
Entonces encontramos consuelo en el bucle. Regresamos todo el tiempo. La Nostalgia se convierte en un arma con la cual nos defendemos del Caos. Todo es una referencia de todo, vivimos siempre en los ochenta, en los cincuenta, en la época victoriana, en los tiempos de la Revolución Francesa, antes, siempre antes, en la infancia, donde todo era tan nuevo y bueno y colorido como una Game Boy. Colapsamos a la historia en un punto, que nos cabe en la palma de la mano, y tiramos la posibilidad del futuro por la borda, ufanos y dementes, insistiendo en que la respuesta debe encontrarse en un presente perpetuo, incapaces de aceptar que el progreso, que el Buen Final, aparezca cuando ya no estemos aquí para disfrutarla. El egoísmo de la cultura occidental se reduce en la negativa de aceptar que, quizá, el progreso toma tiempo, que la recuperación del medio ambiente requiere esfuerzo, que la recomposición de nuestra sociedad necesita generaciones: no queremos ser aquellos que se levantan de las tumbas, llenos de tierra y gusanos, queremos ser los héroes de la narrativa, queremos ser Mario salvando a Peach, queremos creer que, al comando de una oración perfecta, el Universo se abrirá como un manual.
Qué situación tan paradójica. Matarnos en búsqueda de lo impronunciable, destruyendo, a su paso, lo único que tiene sentido.