JIMENA CERÓN
Este texto nace en el marco del Día de las Madres como una forma de celebración. No una celebración idealizada ni homogénea, sino situada: la de la madre que soy y del cuerpo que me ha traído hasta aquí. Celebrar, para mí, también implica mirar de frente aquello que suele decirse en voz baja o con burla, y resignificarlo desde la experiencia propia, no desde la mirada ajena.
Pienso mi cuerpo como una cartografía. Un mapa vivo donde quedaron inscritas las transformaciones que implicó maternar. Las estrías, esas líneas que atraviesan la piel, no son marcas que busque ocultar: son rutas. Señalan momentos de expansión, de ajuste, de cambio profundo. Son prueba de un cuerpo que alojó, sostuvo y continuó. No me reducen ni me ofenden; me pertenecen.
Sin embargo, estas marcas rara vez son leídas con neutralidad. El cuerpo materno es uno de los cuerpos más examinados y menos comprendidos socialmente. Se le permite transformarse sólo si logra disimular el proceso. Se le exige producir vida, pero se le castiga por evidenciar el impacto. Las estrías, el cansancio visible, la modificación del cuerpo se convierten rápidamente en señalamiento: prueba de pérdida, de descuido, de algo que “ya no es”.
Este menosprecio no es anecdótico. Es una forma de control social que intenta reducir el cuerpo materno a un cuerpo dañado, fallido, corregible. Se habla de “recuperarse” o de “volver a ser”, como si el cuerpo previo fuera el único legítimo. Como si la piel marcada fuera una versión incorrecta de la feminidad y no la consecuencia inevitable de haber sostenido vida.
La maternidad, tal como se vive, no siempre coincide con la maternidad que se nos enseña a imaginar. Existe un modelo esperado: organizado, amable, silencioso, agradecido. Pero la maternidad que habito es una experiencia concreta, corporal, atravesada por cansancio, decisiones, vínculos y reacomodos. No es menos valiosa por no ajustarse a ese ideal; es más honesta por partir de lo vivido y no de lo prescrito.
Mi cuerpo cambió porque la vida cambió. Cambió la manera de habitar el tiempo, los espacios y las prioridades. Pretender que nada de eso deje huella es desconocer la magnitud de la experiencia de maternar. Yo elijo leer mis marcas como evidencia de trayectoria, no como pérdida. Mi cuerpo no quedó mal: quedó distinto. Y ese “distinto” incomoda porque rompe con la idea de un cuerpo femenino siempre disponible, siempre joven, siempre intacto para la mirada ajena.
Este señalamiento se intensifica cuando la maternidad se vive en solitario. El cuerpo de la madre soltera no sólo es leído corporalmente, sino moralmente. Se juzga su apariencia, su cansancio, su presencia en el espacio público. El cuerpo se convierte en evidencia de una maternidad que no encaja del todo en el molde, y sobre él se proyectan discursos de déficit, falta o insuficiencia. Yo me rehúso a aceptar esa traducción.
Mi cuerpo no es símbolo de carencia. Es la prueba material de haber reorganizado la vida para sostener otra. No me disminuye ni me ofende que esté marcado; lo que incomoda es la insistencia social en leer esas marcas como derrota. Reivindicar este cuerpo es disputar esa narrativa que pretende convencernos de que, después de maternar, valemos menos.
En esta cartografía aparecen también rutas compartidas. Las redes de apoyo entre maternidades funcionan como espacios donde el cuerpo deja de ser juzgado y comienza a ser reconocido. Entre mujeres, las marcas no se explican: se entienden. Se comparten cuidados, saberes y palabras que alivian. Estas redes desmontan el señalamiento y devuelven dignidad a cuerpos que han sido excesivamente observados.
Aquí se construye otra lectura del cuerpo materno: una que no se centra en lo que se perdió, sino en lo que se sostuvo. El cuerpo cansado no es falla, es consecuencia. El cuerpo marcado no es exceso, es memoria. Y compartir estas lecturas colectivamente es una forma de resistencia cotidiana frente a un orden social que insiste en individualizar y desvalorizar la experiencia materna.
Este texto celebra a la madre que soy hoy: con un cuerpo que habla, que no se esconde y que no pide permiso para existir tal como es. Y busca, también, ser un espacio de identificación para otras mujeres que han sentido el peso de estas miradas sobre su piel. Nombrar esto no es una queja; es un acto de dignificación.
Honro este cuerpo materno que cambió. Honro sus marcas y el recorrido que representan. Y celebro que existan fechas que nos permitan decirlo en voz alta. Porque, como escribió Adrienne Rich, la potencia de la maternidad no está en el ideal que se impone desde fuera ni en las expectativas que buscan uniformarnos, sino en la experiencia vivida que cada mujer nombra, defiende y resignifica desde su propio cuerpo, su historia y sus vínculos.
Adiós.

Fotografía: Cortesía