JIMENA CERÓN
Hoy, como muchas otras veces, usaré esta columna para homenajear a quienes me configuran como persona, y en esta ocasión les quiero relatar sociológicamente la manera en que José Canuto habita en mí…
La memoria me lleva a descubrirlo en diferentes momentos, en diferentes espacios, como si aún los habitara, pero a través de mí porque es, incluso ante situaciones, emociones, personas y lugares en los que nunca estuvimos juntos o en los que él jamás estuvo conmigo. La idea aforística de que las personas mueren, pero no se van, se vuelve aquí una constatación sociológica.
La muerte no anula una relación, sólo la reconfigura. Lo que desaparece, por el contrario, es la rutina compartida, su presencia física en mi vida diaria: la voz que ya no responde, la silla que queda vacía sin un periódico esperando, la taza que ahora todos sus nietos queremos usar. Pero permanece la huella simbólica que dejó en nuestra forma de mirar la vida. Y esa huella, aunque intangible, opera como un dispositivo social: orienta, acompaña, condiciona e incluso protege. Si José Canuto aparece en lugares donde nunca estuvo, es porque –como diría Halbwachs– “la memoria se ancla en los espacios que hoy habito, no sólo en los que compartimos”, porque la memoria se construye desde los marcos sociales del presente.
Heredamos de nuestros muertos una receta, un apellido o un oficio. Yo heredé también maneras de resistir, un entendimiento del mundo que aprendí observando cómo enfrentaba lo cotidiano: la forma en que caminaba por la calle, cómo se defendía, cómo cuidaba, cómo amaba e, incluso, cómo se equivocaba. Pero con José Canuto ocurre algo distinto: no conservo en mi memoria un error suyo, algo que pudiera señalar como equivocado o carente. No desde el juicio, sino desde la certeza de haber visto cómo actuaba él ante las situaciones complejas. Tampoco serviría que alguien más me contara “su” memoria, porque entonces ya no sería mía. La memoria –lo dice Halbwachs– siempre se reconstruye en nosotros mismos y desde nosotros mismos, nunca desde la narrativa ajena. Así que, con la certeza de ser un gran faro, recurro a él cuando me invade la duda.
La muerte tiene un efecto extraño: solidifica lo que antes era ambiguo. Mientras alguien vive, la relación está en movimiento, cambia, se tensa, se reconcilia. Cuando muere, la relación se cristaliza en una versión final que no elegimos del todo, pero que terminamos por negociar internamente. Lo que queda, entonces, es un archivo afectivo desde el cual seguimos construyéndonos. En mi caso, permanece intacta, siempre dulce, siempre amable, siempre buena, llena de conocimiento y entendimiento, porque a quién le debo mi interés discursivo y narrativo si no es a las horas de periódico a su lado. Leernos, explicarnos, entendernos,
Al final, su influencia no reside en la nostalgia, sino en la continuidad: en cómo logro traducir sus ausencias en decisiones, en cómo sus historias se vuelven también mis herramientas para habitar el mundo. Morirán ellos (murió él), pero no lo aprendido con ellos. No lo que nos configuró. No lo que se quedó en nosotros, incluso cuando ya no teníamos a quién devolvérselo. Lo hacen de manera silenciosa, discreta, casi pedagógica. Una suerte de sociología afectiva que opera sin que la notemos del todo.
Y quizá ésa sea la forma más profunda de seguir presentes.
Adiós.

Fotografía: Cortesía