JIMENA CERÓN
Nadie nace lector.
Y, sin embargo, socialmente actuamos como si leer fuera una habilidad resuelta desde la infancia, una destreza mínima que se adquiere temprano y se perfecciona sola con el paso del tiempo. Leer aparece en los discursos institucionales como una soft skill, algo cotidiano, casi automático. Pero basta mirar con atención para notar que no lo es.
Aprender a leer no significa únicamente reconocer letras o pronunciar palabras. Implica desarrollar una serie de habilidades que no siempre avanzan al mismo ritmo: leer en voz alta con seguridad, comprender lo que se lee, interpretar significados, vincular ideas, sostener la atención. Muchas de estas capacidades se trabajan en espacios educativos formales, donde se establecen las bases del encuentro con los textos. Ahí se aprende que leer importa y que hacerlo bien requiere práctica.
Sin embargo, la lectura no se forma sólo en el aula. Se moldea y se redefine en otros espacios sociales donde el libro —o su ausencia— también enseña. En el entorno familiar, por ejemplo, la lectura puede ser una actividad compartida, visible, recomendada; o puede mantenerse como algo distante, silencioso, poco presente. En esos gestos cotidianos se aprende si leer es un acto valioso, placentero o meramente funcional.
Entre amistades, la lectura adquiere otro sentido. Hablar de libros, citarlos, regalarlos o simplemente nombrarlos en una conversación contribuye a que la práctica no se sienta aislada. Cuando leer forma parte del intercambio social, se normaliza como una actividad viva, no como una obligación. Incluso cuando no se comentan libros de manera explícita, las formas de ocio compartidas influyen en cómo se concibe el tiempo libre y qué lugar se le concede a la lectura dentro de él.
En el ámbito laboral, la lectura se vuelve una herramienta constante. Correos, documentos, instrucciones, informes. Ahí suele asumirse que todos leen y comprenden con facilidad, aunque en la práctica no siempre ocurra así. Leer en voz alta puede generar incomodidad; explicar un texto con palabras propias, dificultad; captar matices o intenciones, esfuerzo. Estas situaciones muestran que la comprensión lectora no es una habilidad completamente resuelta, sino una práctica que se pone a prueba una y otra vez.
Así, la lectura no pertenece únicamente al ámbito de lo individual ni al logro personal. Es una práctica atravesada por relaciones sociales, por espacios compartidos y por significados colectivos. Leer no ocurre en el vacío: ocurre en comunidades donde se valida —o no— como actividad deseable, donde se conversa sobre lo leído o se guarda silencio, donde el tiempo para hacerlo es posible o constantemente aplazado.
Cuando una sociedad asume que leer es algo simple, natural o resuelto, también deja de preguntarse por las condiciones que hacen posible esa práctica. Se invisibilizan las dificultades lectoras, se normaliza la lectura superficial y se reduce el acto de leer a una función utilitaria. En ese contexto, la lectura pierde su potencia como herramienta de diálogo, de reflexión compartida y de construcción de sentido colectivo.
Pensar la lectura como una práctica social permite desplazar la idea de que leer bien es sólo una responsabilidad individual. Implica reconocer que el hábito lector se sostiene —o se debilita— en los vínculos cotidianos, en las conversaciones, en los espacios que habilitan el intercambio de ideas.
Leer, entonces, no es únicamente abrir un libro, sino participar de una cultura que concede valor a la palabra, al tiempo detenido y a la posibilidad de imaginar otros mundos posibles.
Adiós.
