ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Ser Chespin no es un acto de dulzura distraída, sino una decisión consciente de amarme con ternura incluso cuando mis caídas me pesan como piedras. En esta temporada aprendo que el amor propio no siempre es suave ni glorioso: a veces llega en forma de heridas sanadas, de pasos lentos, de respiraciones que se aferran al pulso lento del corazón. Entender esto cambia la ternura: deja de ser caricia para convertirse en compasión firme.
Me aferro a una frase de Maya Angelou que me resuena en el pecho como un mantra realista: “We may encounter many defeats, but we must not be defeated. In fact, it may be necessary to encounter the defeats, so you can know who you are, what you can rise from, how you can still come out of it.” Esa derrota tras derrota no es castigo: es escuela. Permitir que me venza no sería lo peor; lo peor sería nunca saber de qué soy capaz de levantarme. Ser Chespin significa aceptar que tengo espinas, sí, y que mis derrotas forman parte del terreno donde florece mi ternura interior.
En mis días más frágiles, cuando mis emociones se enredan y mi mente me pide correr al refugio del cinismo, me recuerdo a mí mismo esas palabras de Angelou. Me digo: “Chespin, estas derrotas no definen tu valor, sino tu resistencia”. Esa afirmación no es autopompa; es humildad honesta. Es reconocer que el cuidado hacia mí mismo no siempre será delicado, que a veces tendré que reconstruirme con manos temblorosas, pero que cada reconstrucción lleva el germen de una ternura más madura y genuina.
Amarme desde esa perspectiva significa no solo perdonarme por mis caídas, sino agradecer que existan. Porque caer me ha enseñado quién soy y quién puedo llegar a ser. Me ha enseñado que la ternura no es un privilegio reservado a quienes nunca flaquean, sino un derecho de aquellos que luchan y vuelven a levantarse con el corazón abierto.
Parte de esta práctica de amor propio chespinesco es permitirme ser tierno con mis errores. No solo digo “me duele”, sino que abrazo ese dolor como parte integral de mi historia. No oculto mis fracasos en la sombra; los reconozco, los miro con curiosidad, con cuidado, con ese mismo tipo de ternura que usaría para consolar a un amigo. Este acto no es petulancia: es un pacto conmigo mismo para no abandonarme en los momentos en que me siento débil.
Mi ternura por mí mismo también se manifiesta en mis opciones diarias: en decirme “no” cuando necesito descanso emocional; en pedir tiempo para mí; en cerrar la puerta cuando mi mundo interno reclama un respiro. Esa ternura autorreferencial me da espacio para sanar sin apresurarme, para recomponer mis pedazos con manos suaves, para permitirme soñar sin presión.
Y sí, reconocerse como Chespin que se ama a sí mismo implica también reírse de la propia vulnerabilidad. En esos momentos en que miro mis sentimientos con ternura y los absurdo de ellos, me sonrío: “Sí, esto es parte de mí. Sí, me equivoco. Pero también me levanto.” Esa risa ligera es una muestra de amor propio: un guiño al proceso, una aceptación de que el camino no será perfecto, pero sí real.
En este viaje, la ternura propia no es una simple respuesta al mundo, sino una forma de resistencia. Ser amable conmigo mismo significa desafiar la cultura que glorifica la dureza, la productividad emocional y la perfección. Significa decir, con ternura y firmeza: “no necesito ser implacable para valer, no necesito competir para ser digno, no necesito aplastarme para existir con valor”. Esa elección es profundamente política, aunque no lo grite: cambia la forma en que me relaciono con mis heridas y con los demás.
Y si hoy decido reafirmar mi ternura hacia mí mismo, es porque he aprendido que amar a uno mismo no es un acto de vanidad sino de valentía. Es un acto de fidelidad: a mis emociones, a mis espinas, a mi esencia. Ser Chespin no es esconder mis púas, sino cultivarlas junto a mis hojas suaves, celebrar mi vulnerabilidad con ternura y mantener mi corazón intacto en su deseo de amar y ser amado, sin renunciar a mí.
Este ciclo de columnas se elaboró sin fines de lucro y con propósitos exclusivamente orientados al ejercicio del derecho a la libre expresión y la reflexión. El uso referido a un personaje perteneciente a una obra protegida tiene un carácter estrictamente analógico y descriptivo, sin reproducir ni explotar elementos sustanciales de la obra original. En todo momento se respetaron los Derechos de Autor y la Propiedad Intelectual conforme a la legislación aplicable en México y Japón. Esta referencia se hace bajo los límites permitidos por la ley, sin afectar la explotación normal de la obra ni generar confusión sobre la titularidad de los derechos.