FROYLÁN ALFARO
Hay días en que sentarse a escribir no se parece en nada al acto solemne que imaginamos. No hay revelación, no hay inspiración, ni ese tinte romántico del autor que tiene “algo importante que decir”. Hay, más bien, una sensación parecida a la de abrir el refrigerador sin hambre, es decir, uno sabe que no necesita nada, pero lo abre de todos modos, esperando que algo, lo que sea, se justifique sólo por estar ahí.
En El libro vacío, Josefina Vicens retrata esa angustia, la del escritor que quiere escribir “el gran libro”, pero que sólo logra producir páginas que le parecen inútiles e innecesarias. El problema, por supuesto, es existencial. No se trata de cómo escribir, sino de para qué.
Y, aunque yo no esté escribiendo una novela, sino una columna filosófica, hay días en que la sensación es bastante parecida.
Durante mucho tiempo pensé que escribía “porque la filosofía es necesaria”. Y sigo creyéndolo. Creo que pensar con rigor, aprender a distinguir argumentos de ocurrencias, razones de slogans, es una forma mínima de higiene mental en un mundo saturado de ruido. Creo, honestamente, que todos deberíamos saber un poco de filosofía, del mismo modo que todos deberíamos saber leer, sumar y distinguir una noticia de un rumor.
Pero, hay un problema, pues yo mismo no siempre vivo como si eso fuera verdad. No siempre pienso antes de opinar. No siempre reviso mis propias creencias. No siempre aplico aquello que defiendo en abstracto. Por eso, a veces me pregunto: ¿no estaré escribiendo filosofía como el que predica una dieta que no sigue?
Quizá por eso escribir no siempre me produce satisfacción. A veces, al releer mis textos, no siento orgullo, sino algo más cercano a la náusea, “¿por qué escribí esto? ¿A quién le sirve? ¿Qué tiene realmente de importante?”, son preguntas que raspan. Y, sin embargo, sigo escribiendo.
Tal vez porque escribir se me quedó como hábito. Como esas manías que uno ya no sabe cuándo empezaron, pero que siguen ahí, fieles y un tanto absurdas. Pienso en aquellos tiempos de Los Hijos de Alicia: estudiantes de letras, de filosofía, textos semanales, discusiones, cafés, risas, y la escritura como excusa para encontrarnos. Escribir era un pre-texto, un boleto de entrada a la conversación.
Luego dejé la divulgación científica, y algo quedó suspendido en el aire. Tal vez estas columnas son una forma torpe de seguir teniendo ese pretexto. De seguir teniendo un motivo para sentarme a hablar con alguien, aunque ahora ese “alguien” sea un lector invisible, o, peor aún, yo mismo. Porque sospecho que escribo, sobre todo, para dialogar conmigo. Para decir cosas sin tener que admitir que son mías. Para formular incomodidades con la coartada de que son “reflexiones generales”.
Y aquí me aparece otra inquietud. Yo me dedico, académicamente, a la filosofía de la ciencia. Mis herramientas más firmes están en las matemáticas, la física, las estructuras formales. Entonces, ¿por qué escribo sobre temas sociales o cotidianos? ¿No estoy traicionando mi propio campo? ¿No estoy, acaso, deslizándome hacia esa pseudofilosofía de mercado que promete “diez hábitos para ser más estoico” o “cinco claves para vivir mejor” y demás recetas con aroma a profundidad?
No son dudas menores. Actualmente, la filosofía se ha vuelto, con facilidad alarmante, una marca, un producto empaquetado. Se vende como se vende el café: con etiquetas atractivas y efectos rápidos. Y escribir fuera del rigor técnico se siente, peligrosamente, cerca de ese terreno. Sin embargo, aquí arriesgo una opinión; no toda reflexión cotidiana es pseudofilosofía, del mismo modo que no todo argumento es profundo.
Aún así, quizá escribo estas columnas no para enseñar filosofía, sino para practicarla de manera imperfecta. No como un manual, más bien como un tanteo. Tal vez no escribo porque tenga algo importante que decir, sino porque tengo preguntas que no me dejan en paz, y escribir es la forma menos decorosa, pero más fiel, que he encontrado de convivir con ellas.
Ahora, le devuelvo la pregunta a usted, querido lector, cuando usted hace algo una y otra vez, incluso cuando duda de su sentido, ¿lo hace por costumbre, por miedo, por nostalgia o porque ahí, justo ahí, hay una pregunta que todavía no ha podido responder?