ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
Hubo un tiempo en que confundí el amor con una especie de neblina. Algo espeso, envolvente, emocionalmente atractivo, pero también desorientador. Amar, pensaba entonces, era perder un poco la claridad, aceptar el extravío como prueba de intensidad. Hoy, desde esta segunda parte de la Chespin Season, empiezo a sospechar lo contrario: que la ternura más profunda no nubla, sino que aclara. Que hay una forma de amor que no enceguece, sino que afina la mirada.
Chespin me ayuda a entenderlo. No porque sea particularmente sabio —es distraído, glotón, se pelea con sus compañeros y a veces confunde el camino más corto con el más complicado—, sino porque su ternura nunca está separada de una lucidez básica: sabe cuándo algo hace daño, sabe cuándo alguien necesita defensa, sabe cuándo retirarse antes de lastimar o lastimarse. Su amor no es ingenuo; es atento.
Durante mucho tiempo nos vendieron la idea de que amar es perder el control. Que la pasión auténtica exige ceguera voluntaria, sacrificio continuo, incluso un cierto deterioro personal. Como si el amor verdadero tuviera que doler para ser legítimo. Frente a esa narrativa, la ternura como lucidez amorosa aparece casi como una herejía amable: propone amar sin desorientarse, querer sin deshacerse, vincularse sin renunciar a la propia claridad.
Eulalia Bosch insiste en que educar la sensibilidad no es ablandarla, sino volverla más precisa. Sensible no es quien se desborda, sino quien percibe con cuidado. Trasladado al amor, esto significa algo radicalmente sencillo: atender lo que ocurre en el vínculo sin negarlo ni exagerarlo. Ver sin adornar. Nombrar sin dramatizar. Cuidar sin infantilizar.
Chespin, por ejemplo, puede sentirse herido, pero no necesita convertir esa herida en espectáculo. Se le nota el gesto torcido, la espina erizada, el silencio momentáneo. Y luego, si el otro se acerca con honestidad, afloja. No porque olvide, sino porque entiende que el vínculo no se sostiene a base de castigos emocionales, sino de ajustes mutuos.
Aquí la lucidez no es frialdad. Es una forma cálida de conciencia. Saber qué se siente, pero también por qué. Reconocer el deseo sin entregarle el volante. Permitir el afecto sin abdicar del criterio. Amar sin dejar de pensar, pensar sin dejar de sentir.
Simone Weil escribió que el amor auténtico implica una atención extrema al otro, una atención que no busca apropiarse ni deformar. Amar, para ella, es consentir que el otro exista fuera de nuestras fantasías. Esa idea, llevada al terreno cotidiano, tiene consecuencias incómodas: implica aceptar que el otro no nos pertenece, que no va a colmar todas nuestras expectativas, que no está obligado a reparar nuestras carencias más antiguas.
Chespin lo aprende a golpes suaves. Se ilusiona, se frustra, se enoja, pero algo en él entiende que morder no siempre es la mejor respuesta. Que hay batallas que no construyen equipo. Que hay silencios que no son abandono, sino respeto.
La lucidez amorosa también tiene que ver con saber retirarse a tiempo. No todo vínculo se salva con más esfuerzo. No toda relación mejora con insistencia. A veces, el acto más tierno es reconocer que algo ya no crece, que el afecto se ha vuelto asimétrico, que seguir ahí implicaría una renuncia demasiado grande a uno mismo.
Aquí aparece la culpa. Esa sensación pegajosa que acompaña a la decisión de preferirse. La cultura nos ha entrenado para desconfiar de cualquier gesto de autocuidado que no pase por el sacrificio. Si me voy, soy egoísta. Si pongo límites, soy frío. Si elijo no quedarme, fallo como amante.
La ternura como lucidez amorosa desmonta ese chantaje emocional con paciencia. No grita. No moraliza. Simplemente muestra que amar no exige desaparecer. Que quedarse por miedo no es lealtad. Que el amor sin claridad se convierte rápido en dependencia.
María Zambrano pensaba la lucidez no como una razón dura, sino como una forma de despertar. Una claridad que no violenta, que no impone, que ilumina sin encandilar. Amar lúcidamente sería, entonces, amar despierto. No anestesiado por la promesa, no cegado por la costumbre, no sometido al terror de perder.
Chespin ama así. Con torpeza, sí, pero con los ojos abiertos. Se equivoca, claro. Confunde señales. Idealiza un poco. Se le pasa la mano con el afecto. Pero aprende. Ajusta. Se detiene. Observa. No insiste cuando la ternura empieza a doler más de lo que cuida.
También hay humor en esta lucidez. Porque verse amar con claridad implica reconocerse ridículo a ratos. Pensar: ¿en serio creí que esto era sostenible? ¿De verdad pensé que no iba a doler? Reírse de la propia ingenuidad es, curiosamente, un gesto de amor propio bastante sofisticado.
La ternura lúcida no elimina el sufrimiento, pero lo vuelve legible. No lo dramatiza ni lo niega. Lo comprende. Y al comprenderlo, reduce su poder destructivo. El dolor deja de ser una condena y se vuelve información.
En esta parte de la Chespin Season, amar no es una hazaña épica, sino una práctica cotidiana de atención. Mirar cómo me siento cuando estoy con alguien. Escuchar mi cuerpo cuando se tensa. Reconocer la alegría sin sospecha. Detectar la incomodidad antes de que se vuelva resentimiento.
Bosch diría que esta es una forma de alfabetización emocional: aprender a leer lo que pasa en uno y en el otro sin necesidad de traducirlo a drama. Weil hablaría de respeto radical. Zambrano, de una razón que acompaña al sentir sin sofocarlo.
Yo, más modestamente, lo llamo ternura con los ojos abiertos.
No es un amor menos intenso. Es un amor menos violento. No es un amor tibio. Es un amor respirable. No es un amor perfecto. Es un amor que no exige que me pierda.
Chespin, con las mejillas llenas y el corazón alerta, sigue aprendiendo a amar así: defendiendo cuando hace falta, soltando cuando es necesario, quedándose solo cuando quedarse no implique traicionarse.
Tal vez esa sea la forma más honesta de ternura que conozco hasta ahora: la que no me promete eternidad, pero sí claridad. La que no me asegura ausencia de dolor, pero sí dignidad. La que no me pide ceguera, sino presencia.
Y en tiempos donde amar suele confundirse con soportar, la lucidez amorosa se vuelve un gesto casi radical: amar sin perderse. Amar sin apagarse. Amar sin dejar de ser.
Este ciclo de columnas se elaboró sin fines de lucro y con propósitos exclusivamente orientados al ejercicio del derecho a la libre expresión y la reflexión. El uso referido a un personaje perteneciente a una obra protegida tiene un carácter estrictamente analógico y descriptivo, sin reproducir ni explotar elementos sustanciales de la obra original. En todo momento se respetaron los Derechos de Autor y la Propiedad Intelectual conforme a la legislación aplicable en México y Japón. Esta referencia se hace bajo los límites permitidos por la ley, sin afectar la explotación normal de la obra ni generar confusión sobre la titularidad de los derechos.
Bibliografía
Bosch, Eulalia. Educar para la sensibilidad. Paidós, 2008.
Weil, Simone. La gravedad y la gracia. Trotta, 2007.
Zambrano, María. Claros del bosque. Cátedra, 2011.