ISVI RUBÉN ESPARZA GARCÍA
Parecía que en un principio estábamos solos, pero en realidad crecíamos exponencialmente en todos los flancos, no lo supimos hasta muchos años después, pero estábamos organizando a la maquinaria para que alcanzara su máximo potencial y lo hicimos ocupando la energía vital en las secciones más críticas. Tardamos un poco en poder contar con los primeros caballeros, traerlos al frente a defender estas paredes; alrededor de 15 meses nos costó tener 4 de ellos peleando esta guerra, pronto se volvieron 20.
Las batallas en principio no eran nada difíciles, operaciones tácticas de contención, papilla pura para estos guerreros que apagaron los indicios de conatos de incendios que menguaron antes de siquiera llegar a ser importantes, preparación para lo que se vendría más adelante. Al paso del tiempo y el día a día los conflictos se agravaron en forma paulatina, algunos fueron resueltos en escasos minutos, otros sembraron la semilla que debilitaría poco a poco su formación desde dentro.
Los primeros cinco años que estuvieron al frente transcurrieron en forma más o menos normal, la fortaleza parecía completa. Los jóvenes combatientes custodiaban las murallas con brío y disciplina natural, no conocían todavía el peso del asedio ni las grietas que se abren sin estruendo, pero dentro de aquellos muros se escuchaban tormentas que no siempre venían del exterior. El aire vibraba algunas noches, como si dos bandos invisibles disputaran el mando. Y aunque los centinelas permanecían firmes, algo comenzaba a erosionarles.
Fue natural y necesario conceder las primeras bajas, sustituir a un soldado después de haber luchado incesantemente durante años parecía lo justo, darle retribución económica por su fiel servicio fue lo mejor, quizá al ver esto, otros decidieron salir del frente y pedir su retiro. Escalonadamente fueron sustituidos, pero no todos corrieron con la misma suerte, tres de ellos tuvieron que salir en forma urgente al choque de afiladas espadas y dos más terminaron con manchas oscuras que, poco a poco, avanzaron en silencio perforando su alma hasta acabar con ellos. Resistieron seis años más.
Con el tiempo el campo se dividió en territorios opuestos. La fortaleza quedó suspendida entre dos dominios que ya no compartían bandera, los soldados restantes reajustaron su formación y dieron paso a refuerzos más grandes, más sólidos y mejor preparados en apariencia, pero a pesar de que las filas crecieron en número y experiencia en el combate, ningún ejército está a salvo cuando te atacan por varios flancos a la vez y, donde tu agresor parece también aprender de tus debilidades y las usa en tu contra.
La batalla psicológica se vuelve más importante que la que se lucha cuerpo a cuerpo, la tensión se incrementa cuando las palabras no dichas gritan desde lo profundo, cuando el resentimiento guardado va secando el corazón, cuando los años de abandono pesan y las lágrimas se secan, heridas más profundas que las hechas en combate quedan al interior del alma. Fisuras invisibles esperando resquebrajar el edificio al más mínimo intento. La estructura aprendió a reorganizarse, a sostenerse, a equilibrarse. Sigue en pie, quizá no por mucho tiempo.
Pasaron las estaciones y la fortaleza dejó de contar promesas. Donde se anunciaban fieles combatientes ahora solo quedan vestigios, sedimentos acumulados en el vasto campo de batalla, soldados que han escuchado de sus antecesores las dificultades a las que hoy, los pocos sobrevivientes se siguen enfrentando, disminuidos, sabedores de su historia, conocen lo escabroso del terreno, sobreviven con la seguridad implacable que llegará día de su muerte. Ya no esperan más refuerzos.