FROYLÁN ALFARO
Hay debates filosóficos que nunca ocurrieron, pero su posibilidad basta para motivar la reflexión. Uno de ellos sería, según creo, el encuentro entre René Descartes y Sigmund Freud: el filósofo de la racionalidad y el explorador de los sótanos de la personalidad. Tendríamos al padre del sujeto moderno sentado frente al descubridor de que el sujeto no es dueño de su propia casa.
Es común decir que la filosofía moderna gira en torno al conocimiento mientras que la filosofía antigua gira en torno al Ser. Descartes es el culpable de ello, pues con él ya los filósofos no ven el fundamento en el Ser, sino que el fundamento es el yo que piensa. Es un cambio de escenario que desplaza el foco ontológico; donde antes estaba el cosmos, ahora está la conciencia.
El cogito ergo sum es un golpe de estado metafísico. Con él nace el sujeto como soberano y el mundo deberá, a partir de ese momento, rendir cuentas ante su tribunal. Pero, imaginemos, querido lector, porque filosofar también es ensayar ficciones, que alguien se acerca a Descartes y le susurra: “por cierto, dentro de esa conciencia transparente que tanto admira hay un región oscura que usted no controla”. Ese alguien se llama Freud.
Donde Descartes veía claridad y distinción, Freud ve deseos disfrazados o recuerdos reprimidos. El yo deja de ser un monarca absoluto para convertirse en algo más parecido a un portavoz nervioso que improvisa discursos mientras ignora lo que se decide en los pasillos del palacio. El inconsciente es, en este sentido, una revolución, pues no niega que pensemos, pero niega que sepamos realmente por qué pensamos lo que pensamos.
La escena es interesante de imaginar. Descartes, erguido, afirmando que no puede dudar de su pensamiento. Freud, recostado, respondiendo que tampoco puede estar seguro de entenderlo. Uno busca un suelo firme, el otro muestra que el suelo está atravesado por túneles. El primero funda la filosofía del sujeto, el segundo inaugura la sospecha sobre él.
El problema cartesiano es famoso: si lo único indudable es la conciencia, ¿cómo demostrar que existe algo fuera de ella? ¿Cómo pasar del yo al mundo? Sartre decía que Descartes se queda en el cogito como conteniendo la respiración, como si temiera que cualquier movimiento lo hiciera caer en el abismo de la duda. Para escapar, apela a Dios, la garantía suprema de que nuestras ideas claras y distintas no nos engañen. En pocas palabras, y con algo de irreverencia, parece que cuando la razón se queda sin escalera, invoca al cielo.
Pero conviene no juzgar con una retrospectiva soberbia. Descartes escribe en una época en la que pensar demasiado alto podía costar la cabeza. La Iglesia vigilaba, los procesos de la Inquisición estaban frescos en la memoria. Y ciertamente, la filosofía también conoce el arte de la supervivencia. Por ello, hasta los pensadores más audaces saben cuando inclinarse levemente para no ser decapitados.
Ahora bien, lo interesante es observar cómo estas tensiones no se cancelan. El sujeto cartesiano abre una puerta que luego otros intentarán cerrar o reformar. Heidegger dirá que allí comienza la época en que el mundo se convierte en imagen para un sujeto. Foucault sugerirá que “el hombre” mismo es una invención reciente. Y Freud, sin proponérselo, contribuye con esa erosión, pues si el yo no es transparente para sí, difícilmente puede convertirse en fundamento último de la realidad.
Lo bello de este diálogo imposible es que nos permite ver que la filosofía no avanza como un desfile de estatuas, los pensadores no se reemplazan, sólo se contradicen, se corrigen, se malinterpretan y en ocasiones se ayudan sin saberlo. ¿A quién descartar entonces? Tal vez a ninguno. Porque si Descartes nos enseñó que pensar nos da existencia, Freud nos recordó que no siempre sabemos quién es ese que piensa. Y en medio de esos dos espejos enfrentados, seguimos buscándonos.