ENRIQUE GARRIDO
Gran número de mis días camino de mi casa a la parada de autobús, luego de la parada en Toluca a mi trabajo y viceversa. Para algunos es monotonía, pero, para caminantes de antaño, nunca es el mismo recorrido. La sutileza de las modificaciones es digna de ojos atentos como los de Heráclito, a veces es la sonrisa de un voceador, otras la cola juguetona de un perrito vagando, la carrera de unos niños por llegar a su escuela.
¿Recuerdan cuando recomendaban 10 mil pasos diarios? Bueno, ese número no es arbitrario y se debe a una campaña publicitaria para los juegos olímpicos de Tokio en 1960 por parte de la empresa Yamasa Clock, la cual creó un podómetro llamado “Manpo-kei”, que significa literalmente “medidor de 10 mil pasos”. Para 2007 se confirmó lo que ya sabíamos, de entrada, los 10 mil pasos al día no son necesarios, aunque, las caminatas tienen un gran potencial en la salud. Un estudio realizado por el profesor Hiroshi Nose y la profesora asociada Shizue Masuki en la Universidad Shinshu de Matsumoto, en Japón, desarrolló la Sampo, una caminata que consiste en alternar un ritmo rápido y lento, la cual ayuda a la longevidad y a reducir el estrés.
Además de sus bondades, es prácticamente gratis y da la sensación de libertad. Esto último resulta curioso, ya que la cinta corredora fue creada en el siglo XIX por el ingeniero Sir William Cubitt para apaciguar la “ociosidad de los prisioneros”, pues en las cárceles necesitaban que los reos se movieran de una u otra manera. Se trataba de un andar, pero estático; se caminaba, pero no se avanzaba, en el encierro sólo permite movimiento, como un hámster que no ve más allá de su rueda. Me gusta hacer hincapié en este aspecto, en el que caminar no sólo implica el movimiento físico, sino también puede derivar en una experiencia estética.
Por eso me encanta traer a colación la figura del flâneur. Su origen se encuentra en la literatura francesa por allá de 1840. Traducirlo es complejo, y los términos que más se aproximan refieren a alguien que pasea, holgazanea o hace tiempo, aunque me parece más a un “paseante”. Al andar se construye un paisaje, como diría Antonio Machado, “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Así, el flâneur utiliza las caminatas como una herramienta para comprender mejor la vida urbana, la modernidad, la individualidad y el capitalismo.
Charles Baudelaire lo definía así: “Para el flâneur perfecto, para el espectador apasionado, es una alegría inmensa instalarse en el corazón de la multitud, en medio del reflujo y el fluir del movimiento, en medio del fugitivo y el infinito. Estar fuera de casa y, sin embargo, sentirse en todas partes como en casa; ver el mundo, estar en el centro del mundo y, sin embargo, permanecer oculto al mundo, naturalezas imparciales que la lengua sólo puede definir con torpeza. El espectador es un príncipe que en todas partes se regocija en su incógnito. El amante de la vida hace del mundo entero su familia.”
Siempre me he imaginado que al caminar también se lee. Para un obsesivo como yo, que quisiera poder tener un libro en cada paso, pensar al paisaje como una historia, con personajes, tiempo, motivaciones, implica gran atención al detalle, pero con la gratificación de disfrutar de la ciudad. Al final del día, un cuento, novela o poema también es una guía, se transitan por mundos imaginados con letras, como las ciudades también son imaginadas por arquitectos. Y quién sabe, tal vez algún día ustedes o yo seamos protagonistas de una historia que quizá un flâneur creó sólo al vernos por un instante, donde al cruzar miradas nos leyó en toda nuestra finitud.
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