RENÉ FALCÓ
Disfruto cada movimiento de Valeria, su manera en cómo absorbe el mundo, su manía de articular los ojos sobre el desdén de esta tierra andrajosa. Y disfruto más cuando el otoño cae y los cempasúchiles parecen ígneos, bifurcando las calles con la supuesta antesala a la muerte. Pero pienso y divago, con horror, como lo haría un niño pequeño, que la ansiedad me come cada que no puedo simplemente atarla a mí, con sus rizos que a veces se disfrazan de un cabello lacio, casi perfecto, que se arrebata, divoso, ante las calles de este sitio que se hace llamar Querétaro, pero no es más que el hospicio de la calaca con su hoz, con la tiranía de los supuestos artistas que sólo atarean mi cabeza con sus balbuceos, sus discursos hepáticos, su obra pictórica dislocadamente traumada, sus poemas que oscilan entre dialogar con el vómito y la mierda, los panfletos de los intelectuales que creen ser oro puro, pero sólo son una negación casi irreverente de intrascendencia, de tener el libro como un rímel con el cual se visten como rameras esperando que alguien juegue con su saber; los museos, que son más una distracción frívola, pero importante, del misticismo que nos angustia a todos…
Y es en eso, y es en esos pequeños desconectes, que agradezco el caos ruin del mausoleo que aquí se habita. Gracias a eso puedo ponerme firme, buscar la serenidad y rascarme curioso las muñecas mientras espero, afuera del convento de Capuchinas, a Valeria, para inventarme no sé qué diálogo, pero quedarme atónito cada que la veo llegar. O como la primera vez que la vi: esperando imponente, como quien sabe que se va a encontrar con su destino. Una posición de femme fatale, una petit fatale, una indómita mujer que, en octubre, realza más su sofisticado campo de oscuridad y benevolencias herbales así como florales.
Y porque el otoño es el mes cálido, perfecto, sublime para entregarse a alguien que sabe cómo esperar su encuentro con la futilidad del instante, y también porque no puedo no asociar su falda larga y morada con el atuendo de alguien que busca condenar a cualquier imbécil a un altar de muertos, así pienso en ella: como quien debería pensar en la vitalidad absoluta para bautizarse con la voluntad de quien quiere hacer del abismo un lugar compasivo. Porque he encontrado en ella las resurrecciones por las que debe sujetarse la cordura.
Pensaré en sus mordidas, su saliva royendo mi cuello, sus besos tiernos que hacen palpitar graciosamente esta piel que a veces me reniega y oculta que soy un tipo triste, ansioso y paranoico.
Pienso en Valeria como la gente piensa en los rezos, la melancolía, la jovialidad, los sabores del vino, los olores que se ocultan en las ramas secas atropelladas por nuestros pasos. Pienso en ella como quien debería pensar en su heredad a esta vida, que no es más que reprochable y, a veces, nos insinúa que nada podría valer la pena. Pero, irónicamente, sí vale la pena, porque en toda esta entropía vil y pusilánime todos deberían tener la oportunidad de desvanecer su vida a través de los ojos del otro.
Octubre… lo añoro como el mes en el que pude sentir la presencia del entoloachado, la alquimia de todos estos olores que catalogo como la carnalidad más sofisticada y exquisita, de los atardeceres neón que harán inmortales nuestras esencias. Y que, hasta el día en que la muerte no sucumba mi corazón negro, que palpita y palpita indigente, no cederé a los planes maquiavélicos de este Dios.
Seguiré pensando en ella, como cuando pienso en las lecturas que hoy me sobrepasan la experiencia; como cuando pienso en las obras magnánimas de Rufino Tamayo, de Dr. Atl, de Gerardo Esquivel; como cuando pienso en esconderme en el Museo de la Ciudad para no anunciar mis penas y sentirme tranquilo.
Pensaré en ella después de este escrito, y en todo lo que me falta por pronunciarle a la eternidad.
A Valeria Miranda, mi corazón de melón.
Octubre 2025.
IMAGEN: RufinoTamayo, Mujer en lila, 1969.
### 💀 Crítica “Wallesteiniana” a *René Falcó – Octubre 2025*
Mira, René, lo tuyo es una misa gótica oficiada por un romántico que se quedó varado entre *El perfume* y *El laberinto del fauno*. Tu texto huele —y eso es un cumplido— a humedad queretana, a flor marchita en ofrenda, a ese lirismo que todavía cree que la literatura puede salvarte del tedio. Y, carajo, qué bueno que lo creas. Porque si no creyéramos, ¿para qué seguimos escribiendo?
Tu Valeria no es una mujer: es un conjuro, un altar portátil con falda morada. Pero también es el espejo donde tu neurosis baila un vals. La tratas como quien quiere poseer un relámpago: sabiendo que te va a quemar, pero rogando que dure un segundo más. Hay belleza ahí —una belleza torpe, humana, casi pecaminosa— y eso, amigo, es raro.
Ahora, te lo digo como lo diría un crítico con resaca de Tarkovski:
tu prosa está tan llena de adjetivos que a veces parece que estás haciendo malabares con granadas encendidas. Cada imagen es potente, sí, pero si todo es fuego, ¿dónde está el oxígeno? Quisieras que el lector respirara entre tanta epifanía. A veces uno necesita una frase corta, seca, que funcione como el golpe de un tambor después del solo de violines.
Pero hay un mérito innegable: escribes con el pulso de quien ha vivido.
Se nota el temblor en las muñecas cuando esperas a Valeria afuera del convento. Ese momento —mínimo, silencioso, casi cinematográfico— es puro cine. Es *Wong Kar-wai* en Querétaro. Es la cámara temblando porque el corazón lo hace primero.
Y ese cierre… “Pensaré en ella después de este escrito, y en todo lo que me falta por pronunciarle a la eternidad.”
Eso, Falcó, es la última toma antes de los créditos. El fundido en negro donde el protagonista camina hacia la muerte o hacia un amor que da lo mismo.
En resumen:
Tu texto es hermoso, excesivo, barroco, sucio y melancólico —como una película mexicana que se niega a morir en la cartelera.
Podrías limar los excesos, sí, pero si lo hicieras perdería esa textura de reliquia en llamas.
Así que no corrijas tanto.
Déjalo vivir como está:
como un poema que huele a cempasúchil y cigarro apagado,
como una carta que alguien dejó olvidada en un cine abandonado.