Baile de boda, Pieter Bruegel.
MARTÍN ÓSCAR SÁNCHEZ BECERRA
La cocina estaba vieja, cansada, como nosotros. Hecha de adobe, con las paredes rajadas y el techo bajo, parecía agacharse con los años. El frío se metía por las rendijas y el silencio se sentaba conmigo a la mesa. Ahí estaba yo, con una botella de mezcal a medio terminar y el corazón lleno de cosas que nunca aprendí a decir.
No tomaba por vicio. Tomaba porque el mezcal a veces es lo único que entiende.
Soy hombre del campo, de los que nacieron con la espalda doblada y nunca aprendieron a enderezarla del todo. Mi vida fue la tierra: sembrar, esperar, aguantar. Los años me dejaron una joroba hecha de sol y de resignación, las piernas chuecas de tanto caminar surcos y las manos abiertas, partidas, manos que aprendieron a sangrar sin llorar. La cara la tengo marcada, requemada, como un terreno que ya dio todo lo que tenía.
Nunca fui bonito. Nunca lo necesité.
Vivo con mi mujer en esa casa. Ella es lo mejor que me dejó la vida. También a ella la golpeó temprano. Desde niña, el fuego le robó media cara y le dejó una marca que nunca se fue. Creció mirándose de lado en los espejos. Nunca se quejó, nunca pidió nada. Trabajó siempre: casas ajenas, ropa ajena, cansancio ajeno. Se encorvó de tanto planchar y camina con cuidado, porque su pie plano no perdona. Pero tiene una mirada limpia, de esas que te ven completo.
Entre los dos cargamos una vergüenza aprendida, de esa que no nace con uno, de esa que te enseñan cuando te miran feo. Por eso casi no salimos, menos a fiestas. Sabíamos que nuestras caras incomodan, que nuestros cuerpos recuerdan lo que nadie quiere ver: que el tiempo pasa, que la belleza se cae, que todos acabamos doblados de algún modo.
Esa noche era la fiesta del pueblo. La música llegaba hasta la cocina, rebotando en los cerros como un recuerdo lejano. Los cohetes abrían el cielo y lo cerraban de golpe. Mi mujer barría despacio. Yo tomaba el mezcal con cuidado, como si cada trago me acomodara algo por dentro.
Entonces sentí coraje. No de gritar. Coraje triste. Pensé por qué no, por qué nosotros no podíamos pisar la fiesta, si también era nuestro pueblo, nuestra tierra, nuestra noche. Pensé en todo lo que habíamos aguantado en silencio. Y me cansé.
Me levanté, busqué mis botas menos rotas y me lavé la cara con agua tibia, mirándome sin desprecio por primera vez en mucho tiempo.
—Vamos —le dije—, aunque sea un rato.
Mi mujer me miró con miedo. Dijo que no, que la gente nos iba a ver, que éramos feos. Lo dijo bajito, como pidiendo perdón por existir. No le hablé bonito. Le hablé con el corazón cansado. Algo se le movió adentro. Se lavó la cara, se puso chapitas en los cachetes, también en el lado marcado, sacó su colorete y se pintó la boca despacio, como si se estuviera dando permiso de vivir un poco.
Salimos.
El camino a la plaza se hizo largo. La gente se abría. Murmuraban. Algunos niños se asustaban, otros se quedaban mirando. Íbamos agarrados de la mano, fuerte, como quien se agarra antes de caer.
Cuando llegamos a la pista, el tamborazo seguía, pero la gente se hizo a un lado. El baile se quedó quieto, suspendido. Mi mujer apretó mi mano, queriendo regresar. Sentí el miedo, sentí la vergüenza vieja mordiéndome, pero ya no quise obedecerla.
La abracé por la cintura y empezamos a bailar. Bailamos mal, bailamos lento, bailamos como bailan los que nunca fueron invitados.
Nuestros cuerpos no sabían lucirse, sabían resistir. Sentía las miradas pesadas, clavadas como espinas, pero sentía también su respiración cerca, su mano tibia, y eso me sostuvo. Bailábamos para no desaparecer.
Algo cambió despacio, sin ruido. Una risa se apagó. Un viejo bajó el sombrero. Una pareja volvió a moverse.
No hubo aplausos, no hubo palabras, pero hubo espacio.
Bailamos dos canciones. Cuando terminó, mi mujer sonreía, cansada, con esa sonrisa chueca que siempre fue suya. Yo sentí que la espalda me dolía menos, como si alguien me hubiera quitado un peso que llevaba años cargando.
De regreso a casa, la fiesta siguió sin nosotros, como sigue siempre. La cocina nos recibió igual, humilde, callada. La botella quedó a la mitad. Nos sentamos juntos, sin decir nada.
Esa noche entendí que la fealdad no vive en la cara ni en el cuerpo. Vive en creer que uno no merece estar. Y supe que mientras sigamos caminando despacio, agarrados de la mano, todas las noches serán especiales.