Imagen: Magnific
En las ruinas circulares todo es irreal
Jorge Luis Borges
DANIEL FERRRERA
Nevzud se atrevió a mover una coma. Era la séptima a la izquierda del tercer párrafo. La excitación y el miedo entorpecían sus movimientos entre las letras. Aún indeciso, se aferró a la cintura de una «ese» minúscula y pateó el signo líneas abajo. Su asombro fue mayúsculo. Desde ese momento su apariencia e intelecto varió. Comprendió que cualquier cambio en el texto, por mínimo que fuese, repercutía en el argumento y en él. Ahora podía entretenerse en lo que Mr. Klovick continuaba el libro. Lo cierto es que Klovick llevaba siete semanas sin agregar un solo punto, error o polvo de manos. Se limitaba a tomar apuntes en un desgastado cuaderno azul.
Al principio Nevzud permaneció absorto ante el hallazgo, pero lentamente un sentimiento imperceptible se apoderó de él y lo inundó. Deseó revolucionar el lenguaje, excluirlo de su practicidad, de su falsedad. Comenzó por combinar palíndromos con anagramas, a formar sintaxis de pausas y acentos, poemas sin tiempos verbales, imágenes sin sucesión espacial. Le apasionaba observar los cambios en su cuerpo simbólico, su adquisición de atributos discrepantes. —Una noche casi dejó de existir— Cuando se aburría de componer acrósticos transversales, saltaba de página en página visitando a sus compañeros. Algunos se concentraban en ficciones crípticas, otros más gustaban de relatos circulares y muy pocos preferían las infinitas bifurcaciones. Disfrutaban de un ambiente festivo, parricida. ¡Habían olvidado a su autor! Convertidos en diminutos semidioses se regocijaban de sus múltiples mentiras, de la veracidad —mejor aún— de la realidad de sus falsedades.
El siete de junio de 1989 Nevzud intentó reescribir las tragedias perdidas de Aminias. Entusiasmado, Nevzud apresuró su encuentro con la página 121. Ésta gozaba de una piel blanca, repleta de vacío. Pero al llegar no pudo evitar un vértigo como de moscas, un inaudito horror. Aquella virgen le recordó su condición de mortal, su incapacidad de agregar un solo punto, error o polvo de manos. Fue entonces que, cegado por la envidia, empezó a fijarse en Mr. Klovick. Todas las noches lo veía llegar, prepararse un café cargado y tomar apuntes en un desgastado cuaderno azul.
Algunas veces entraba borracho a su cuarto, molesto de haber asistido a la burgués presentación de un libro, de ser testigo del fetiche del artista: «El yo no es más que un mosaico… La ilusión del tiempo y del espacio cada vez es más relativa, y este contexto de desintegración debe corresponder en las formas artísticas.” “¡Bah!” Evidentemente Nevzud no comprendía sus palabras, pero su interés por la creación literaria no tenía límites. Noche tras noche, con gran impaciencia, observó a Klovick devorar libros de Macedonio Fernández, Juan Carlos Onetti, Roberto Arlt. Lo veía colocarlos sobre la cama, deteniéndose en los títulos, apreciando las portadas, los colores, el brillo. Klovick imaginaba que entablaba un diálogo con ellos, que pronto podría unírseles. Deseaba casi con fervor religioso ser escritor. Obligado, a falta de ideas, adoptó los más singulares recursos. Desde el análisis de películas extranjeras hasta el extremo de consumir Buprenorfina, Clormetiazol, Dextropropoxifeno, Temazepam, Metadona, Pentazocina. Por extraño que parezca no faltó noche en la que Mr. Klovick no tomara apuntes en el desgastado cuaderno azul.
<< Quizás mi obstinada inclinación por las lecturas me ha permitido asomarme a los reflejos abominables del tiempo, sus inextricables laberintos, a contemplar en melancólicos genios del Siglo XVIII las insondables fronteras entre realidad y ficción, paradoja fantástica en El Quijote, esperanzada intuición en La vida es sueño, angustiosa y perversa sentencia << Estamos hechos de la misma materia que los sueños” en Shakespeare>>, se reprochaba a sí mismo Mr. klovick.
“El cuaderno azul” pensó Nevzud. Cómo lamentaría el violento impulso por conocer la verdad, desmesurada pasión que vende el alma, arranca los ojos. Recordó que ese día el sol se había ocultado, el cuarto permanecía en perpetua calma, en melancólico silencio. Nevzud salió del libro evitando provocar el menor ruido, caminaba a pasos cortos, lentos, desde abajo podía escuchar la pausada respiración de Mr. Klovick interrumpida a veces por un ronquido. Logró acercarse a la cama, apoyándose en un zapato brincó al pliegue de una manta y con asombrosa habilidad trepó hasta la superficie. El cuaderno se encontraba abierto. Nevzud lo revisó detenidamente, tenía 121 páginas y cada una era la perfecta imagen de la anterior, repitiéndose infinitamente: “Nevzud se atrevió a mover una coma. Era la séptima a la izquierda del tercer párrafo. La excitación y el miedo entorpecían sus movimientos entre las letras”.
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1 Ana Claudia Zúñiga en su Décima historia natural del teatro griego asegura que Aminias le recomendó a su hermano presentarse al Arconte Epónimo con las tragedias: Penélope; Crisotemis; Egisto. Estas incluían un tercer actor y reducían al mínimo el papel del coro. Naturalmente Esquilo rehusó. (Nota del Editor)