Imagen: Magnific
EL FORTINO
Vino mi padre, hoy por la mañana, como a las 10, a verme, después de casi un año sin vernos.
Yo no sé cómo supo dónde vivo, aquí, en esta pequeña casa, en Durango, a donde decidí mudarme luego de lo que pasó en el rancho, de nuestro pleito.
Sí, un pleito de borrachos, entre mi tío, mi hermano, él y yo, por cosas estúpidas, pero que terminó en golpes y balazos. Una camioneta casi destruida, pero, lo peor, rotura de lazos familiares y de orgullos.
Por eso decidí irme de San Miguel, porque me conozco, y soy demasiado orgulloso, siempre lo he sido. ¿De quién fue la culpa? ¡Quién sabe! Al final, todo terminó en mi despedida, a pesar de las súplicas de mi madre, me vine a Durango a buscar trabajo y aquí me instalé, de eso hace ya más de diez meses.
Por eso no me esperaba que viniera, todavía más alto que yo, con su sombrero blanco, pantalón azul, y camisa de disculpas.
Olía al frescor del agua, a esa hierva que crece en las orillas de los ríos.
No nos dijimos mucho. Lo invité a pasar y le invité una cerveza, tenía cinco en el refrigerador.
Le pregunté por el rancho, por su caballo, que ya tiene rienda, me dijo, que ya colea, que se lo encargó a Betito. Que se le han muerto muchas borregas, siete le quedan, eso me dijo. Que ya creció el río, que volvió a sembrar al tercio, frijol y maíz, y esperanza.
Yo pude decirle poco. ¿Para qué amargarlo con lo mío? ¿Para qué decirle que apenas me alcanzaba para salir la semana, que otra vez me quedé sin novia; que me diagnosticaron una enfermedad clínica grave? ¿Para qué?
Le conté de mi trabajo, en la secretaría del Boulevard Francisco Villa, le dije que, tal vez por decir algo, que sí venía después lo invitaría a comer, ahí en el centro, a un lugar donde venden ceviche y pescado, porque son sus favoritos.
Y nos terminamos las cervezas, él se terminó la última.
No me dejó llevarlo a la central, pero le dije qué camión lo llevaba, el de la ruta San Marcos, el naranja, que te deja en diez minutos.
Nos dimos un abrazo, sin recordar nada de lo sucedido.
Como a las siete de la tarde, antes de entrar al trabajo, porque es un trabajo de velador, de esos de 24 por 24, de mala paga, me habló mi hermano.
Que habían encontrado a mi padre en la presa, ahogado. Que se metió a desatorar unas redes, que apenas me hablaba, pero que eso había sucedido ayer; que apenas hoy lo encontraron, por la mañana. Que si puedo regresarme al rancho, que ya lo están preparando en la funeraria.
Yo no le dije mucho a mi hermano. Ya voy en camino, de vuelta a casa, con escasos dos mil trescientos pesos, que de algo servirán, de algo.