Fotografía: Eriko Stark
ALBERTO AVENDAÑO
Uriel Martínez siempre me cayó muy bien. Me gustaba su sentido del humor tan ácido, su falta de hipocresía y que fuera una persona sin pelos en la lengua.
Admiraba mucho que siempre dijera lo que pensaba. Recuerdo una ocasión en que me lo encontré caminando por el centro de Zacatecas, donde frecuentemente coincidíamos. Llevaba su característica bolsa de Educal llena de libros que acababa de comprar, además de su bufanda y su gorra.
Se acercó y me dijo:
—¿Cómo estás, Alberto?
—Muy bien, Uriel. ¿Y tú, cómo andas?
Entonces me preguntó:
—Oye, ¿ya leíste el último libro de tal poeta?
—Sí —le respondí—. Me pareció terrible.
Y me dijo:
—Exactamente. Es un libro pésimo, como tu poesía.
Me dio muchísima risa. Nunca me agüita que me digan cosas, y me parecía increíble que Uriel no tuviera ningún filtro para decirte las cosas de frente. Siempre mantuvo esa actitud que no era precisamente positiva, pero sí auténtica; una forma de ser que se salía por completo del molde de la amabilidad forzada.
Uriel era una persona increíble, a la que extraño mucho. Disfrutaba platicar con él, intercambiar opiniones sobre literatura y comentar nuestras últimas lecturas. Me gustaba encontrármelo afuera de la Cineteca y quedarme conversando un buen rato, o coincidir con él en las ferias del libro.
Se extraña mucho a Uriel Martínez.