Hay momentos en la vida en que, si tenemos suerte, de pronto hay epifanías. De pronto hay un destello rápido en nuestro cerebro entre los recuerdos y la verdad se hace presente. Pueden pasar años para que encontremos esa certeza que no sabíamos que buscamos y de pronto un aroma, una visión, una textura nos abre los ojos, en sentido literal y metafórico. Para quienes han experimentado esto saben exactamente a qué me refiero: una ráfaga de electricidad que va del cuerpo a la mente y de regreso.
Yo, como Alberto, tampoco sé el momento exacto en que me llené de sal y mar, la ola decidí llevarla en la piel hace ya varios años, el agua en el nombre que me acompaña cuando escribo, pero —aunque intento hacer memoria— no logro asir el momento exacto de mi contemplación ni siquiera de la primera impresión. Sin embargo, La gran ola de Kanagawa viajó de 1831 al hoy en Ciudad de México, ¡gran suerte tienen los viajeros y capitalinos de tener la fortuna de estar en aquel mar con fondo sepia de hace casi dos siglos!
Ni personal ni artísticamente podemos restarle importancia a este acontecimiento; no obstante, tal vez una de las mejores cosas de este viaje es que no sólo viene la ola sola —¿cuándo hemos visto una ola solitaria?— sino que sirve de umbral —¡y qué tipo!— para dejarnos entrar a una cultura que nos ha acompañado, incluso sin saberlo: luchar por el amor y la justicia, nuestras primeras colecciones de tazos, las mañanas de los sábados comiendo cereal con la televisión encendida viendo un partido inagotable de futbol; pero también está el otro lado, los biombos, el arte de convertir en algo preciado el cuerpo roto, el aprendizaje en la sencillez, las telas que entrecruzan historia y tiempo.
Han tenido que pasar siglos y décadas para conjuntar en un solo espacio la maestría de quienes nos han acompañado, muchos de ellos incluso desde el anonimato, otros desde la cultura pop y unos pocos que alcanzan para diseñarte un tatuaje de ocho centímetros.
Esta vez, queridas lectoras y lectores, les invitamos a subirse a una barca con nosotros, a disfrutar del viaje y dejarse empapar con la gran ola, con los colores, las texturas y los ojos que Alberto Avendaño nos ha prestado para continuar el viaje de Japón a Ciudad de México y de ahí a El Mechero. No lo olviden, ¡juntos incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero