ENRIQUE GARRIDO
Mi celular murió como muere todo en esta vida: abruptamente. Nada de protocolos, sólo dejó de jalar. Se cansó de servir, de producir y se apagó. No hubo tiempo de despedidas ni respaldos, se llevó recuerdos, contraseñas y secretos, chats y fotos, conversaciones y contactos de ocasión. Debo admitir que lo envidié un poco, no tuvo que avisar, no metió el oficio.
Podría apelar a una deidad tecnológica, al espíritu de Alan Turing o de Stephen Wozniak, o de la genial Jude Milhon (programadora, escritora, rebelde, defensora de los ciberderechos y autora del término cyberpunk), pero es algo que iba a pasar. Llevaba entre 5 o 6 años con mi teléfono, así que ya había cumplido su ciclo, o bueno, al menos eso me dijeron mis amigos y amigas para reconfortarme. Nada es para siempre, y como nosotros mismos, los celulares vienen con la muerte a cuestas, la famosa obsolescencia programada. Según algunos, funcionó más de lo esperado, lo que lo convierte en uno “bueno”. Sin embargo, ahora su destino será formar parte del millón de toneladas de basura tecnológica que genera México al año. No es broma, nuestro país es la tercera nación que más basura electrónica produce en América, con un promedio de entre 7 y 10 kilos de desechos por mexicano en cada vuelta al sol, de acuerdo con estimaciones de la United Nations University (UNU), International Telecommunication Union (ITU) & International Solid Waste Association (ISWA), Bonn/Geneva/Vienna.
Eso sin contar con las secuelas sociales y laborales. Quedarse sin celular antes era una curiosidad, hoy es un caos. La dependencia tecnológica es cada vez más grande. Ya no sólo se trata de perderse reels o tiktocks, sino de una verdadera incapacidad de seguir el ritmo de vida. Chats laborales, mensajes urgentes, transferencias, llamadas, audios, música (muy importante), fotos, screenshots, memes y un largo etcétera. Además de que nos perdemos de noticias y tendencias.
Mi celular murió este 2025, el mismo año en que el filósofo Byung-Chul Han recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Byung, en la ceremonia, y fiel a su discurso, criticó la dependencia que tenemos a la tecnología afirmando que “nos hemos convertido en una herramienta del smartphone. Nos usa a nosotros y no al revés”. Y no es para menos. Mis días de desconexión los resumo en una palabra: incertidumbre. Sentía que el mundo pasaba y no lo veía, que todas las tragedias se juntarían en un día y no podría hacer nada. Un sentimiento de vulnerabilidad se instalaba en mi nuca, me sentía ajeno, excluido, exiliado.
Ahora entiendo el lujo de la desconexión, pues no es sólo silenciar un teléfono, es renunciar a la hiperconexión, a las notificaciones, a escrolear, a la dopamina que generan. Porque sí, por ratos me sentía como un yonqui en proceso de desintoxicación, un William Burroughs o Hunter S. Thompson de la era tecnológica.
Al final tuve que sangrar mis escuetos ahorros y comprar otro. Aunque hubo algo que atesoro. Camino a mi trabajo, abordaron el autobús una madre y su hijo, quien tenía una condición psicomotriz bastante notable. A él lo sentaron a mi lado. Durante el trayecto, pude notar como sonreía al ver el libro que traía entre manos, Los seres agónicos de Manuel Gregorio González, sobre todo con los grabados y fotografía de personajes como Drácula o el Capitán Nemo. Le devolví la sonrisa y, al bajar, se despidió de mí con un movimiento de mano, iba rumbo a un hospital de especialidades público donde de seguro lo harían esperar para atenderlo, y a la espera del abasto en medicinas. En esa sonrisa dimensioné la desgracia. Me sentí afortunado, no sólo por lo evidente, sino porque me hubiera perdido esa sonrisa honesta y humana si hubiera estado absorto en una pantalla.
Comparto la idea, es mi preocupación constante el uso del CEL, lo tengo conciente y eso me genera estres, porque parece inherente a la vida diaria, me encuentro en disyuntivas diarias, el uso, uso medido, restringido, que hago ????? Que alguien me ayude….😭