JUAN GERARDO AGUILAR
La convalecencia es el huachicol del sobrepiense… Change my mind. Así podría titular un meme que ilustraría, sin bronca, los tres últimos años de mi vida, en los que me he visto obligado a recuperarme de sendos hechos que estuvieron a punto de mandarme al otro barrio. Sin embargo, seguimos aquí, de este lado del terreno, como flor del asfalto que se aferra al cemento y sobrevive bien con agua puerca, bien con un perro que la mea generosamente de cuando en cuando.
La convalecencia, si uno la piensa tantito —sólo tantito, porque si te pasas corres el riesgo de hacer un podcast mental con tus múltiples personalidades—, es una especie de tiempo suspendido. Un purgatorio con vendajes; sin demonios, pero con heridas y sopas tibias. Y, como todo purgatorio, no deja de tener cierto encanto.
Thomas Mann lo sabía bien cuando metió a Hans Castorp en aquel sanatorio alpino donde el aire puro servía de excusa para no volver jamás a la vida real. Ahí, entre termómetros, montañas y metáforas, el buen Hans descubrió lo mismo que descubrimos todos cuando el cuerpo nos pone un estatequieto: que el tiempo es una invención perversa, un chiclé que se estira hasta el infinito mientras esperas que algo —lo que sea— vuelva a funcionar.
Yo no tuve una montaña mágica, pero sí un departamento en el que el eco me contestaba los pensamientos. Y aunque no había nieve, el polvo y el pelo de gato acumulado en las esquinas daba una atmósfera bastante deprimente. Ahí pasé mis meses de convalecencia, rodeado no de médicos ilustrados, sino de notificaciones en el celular y terapias a distancia. Sin pianos, pero con playlists de Spotify que sonaban a curación. Y, claro, con esa sensación de que la vida de allá afuera —esa en la que todo el mundo sigue pensado que nunca va a morirse— ya no me pertenecía.
Es en ese limbo, entre el dolor y la recuperación, donde uno empieza a entender varias cosas: que el cuerpo es un maestro cruel, pero honesto, que las personas se dividen entre quienes te escriben “¿cómo sigues?” y quienes realmente esperan tu respuesta, que Netflix y Prime no curan, pero acompañan. Y que el alma, sobre todo el alma, también necesita de apapachos y fisioterapia.
Supongo que Mann se hubiera burlado si me hubiera visto con mis analgésicos en vez de champaña, tratando de hallar sentido en cada movimiento brusco. Porque la convalecencia, aunque parezca un descanso, también es una guerra silenciosa: contra el miedo, contra la inercia, contra la propia mente que insiste en recordar todo aquello que eras cuando no te dolía nada.
Y cuando finalmente te levantas —todavía medio torcido, con cierto dolor y la dignidad hecha pomada—, algo en ti cambia para siempre. No es iluminación, tampoco hay que exagerar. Es más bien una especie de cinismo funcional. Es decir, empiezas a aceptar que nada está garantizado, ni el amor ni el dinero, ni la salud, ni siquiera la estabilidad del Internet. Aprendes a desconfiar de la palabra “recuperado”, porque la vida, como el SAT, siempre tiene una auditoría pendiente para ti.
Pero hay algo más: una especie de sabiduría humilde, como la del perro sabio que ya no corre detrás de los coches porque al fin entendió que todos van al mismo sitio. Y desde ahí, desde esa especie de serenidad maltrecha, te das cuenta de que sobrevivir no es ningún mérito heroico, sino que es, en el mejor de los casos, una forma elegante de posponer el colapso.
Ser un sobreviviente moderno es eso: seguir pagando el plan de datos, el crédito para pagar la cirugía y la terapia, mientras tratas de entender por qué y para qué el Universo tiene un plan. Es volver a la cotidianidad diciendo “ya estoy mejor”, aunque por dentro sigas viendo todo en cámara lenta. Es tomarte un café con alguien y notar que de repente hablas más despacio, que ya no te da miedo el silencio entre frases, porque sabes que también el dolor tiene algo de belleza y a veces hace que todo valga la pena.
Y claro, en el fondo también está el ego. Ese pequeño placer de decir “yo estuve ahí”, como quien enseña una cicatriz después de una pelea o como yo, que me tatúe una línea por cada vida que llevo gastada. Porque el sobreviviente no sólo se cura: también aprende a capitalizar, aprovecha su historia y la convalecencia se convierte en contenido, porque la moraleja, como sucede con algunos chistes, a veces se cuenta sola.
Pero el verdadero milagro ocurre cuando un día te despiertas y notas que la vida volvió a tener olor. Que el cuerpo y el corazón, ese par de ingratos, ya no duelen tanto. Que ya puedes reírte, incluso, de lo que te rompió. Y, aunque sabes que no estás del todo bien —porque nadie lo está—, de pronto eso te parece suficiente.
Mann, con toda su solemnidad alemana, veía en la enfermedad una metáfora del espíritu europeo: yo, más humilde, la veo como la evidencia de que no somos más que una colección de sistemas que colapsan de vez en cuando. Y que el alma, si acaso existe, es el software que intenta reiniciarlos.
La diferencia es que Hans Castorp se quedó allá arriba, entre montañas, sin saber muy bien si estaba curado o simplemente había aprendido a vivir con la fiebre. Pero acá, nosotros, los convalecientes modernos, no tenemos tanto lujo. Nos dan de alta y al día siguiente ya debemos impuestos, mensajes y promesas, porque nuestra montaña mágica tiene reloj checador.
Sí, puede que la convalecencia sea el huachicol del sobrepiense. Una manera medio clandestina y violenta de volver a conectar con lo esencial, de sentir el paso del tiempo sin calendario. Y, aunque duela admitirlo, también es una forma de reconocer que a veces necesitamos colapsar para recordar que estamos vivos.
Por eso, El Chacal Ilustrado le rinde tributo a sus días de sofá, a las noches de autocompasión acompañadas de ketorolaco, corridos tumbados, recuerdos y pensamientos. Porque la salud, como la felicidad y el amor, sólo termina de entenderse bien cuando se va. Y porque, al final, sobrevivir no es un acto heroico, sino una costumbre que se renueva con cada respiro.
X: @JuanGerardoAg11
FB: Juan Gerardo Aguilar
IG: juan.gerardo.aguilar

PIE DE IMAGEN: Película La montaña mágica (1982).
Buena convalecencia. 👌🏻