Hay veranos que no terminan nunca. Permanecen suspendidos como una respiración contenida, como una pregunta que no encuentra respuesta. Así ocurre con El verano de la serpiente, de Cecilia Eudave, una novela que no se lee de corrido: se habita, se rodea, se escucha como si cada fragmento fuera una voz que nos llama desde un lugar apenas reconocible.
En el auditorio del Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez, las palabras comenzaron a desplegarse como si también ellas tuvieran memoria. No hubo una sola historia, sino varias que se insinuaban, que se tocaban sin terminar de decirse. La estructura, cercana al cuento, no fragmenta: teje. Cada relato es una hebra que, al tensarse con las otras, revela una figura más profunda, más inquietante, como si el sentido no estuviera en lo que se cuenta, sino en lo que se demora en aparecer.
Es el verano de 1977, dice la autora, pero podría ser cualquier verano en el que algo se quiebra sin hacer ruido. Una familia se desplaza por ese tiempo como quien atraviesa un espejo empañado: ve, pero no del todo. Intuye. Sospecha. Y en esa sospecha, los secretos comienzan a respirar.
Eudave no construye una historia para ser resuelta, sino una atmósfera para ser atravesada. La alegoría y lo real no se oponen: conviven, se contaminan. Dos niñas miran el mundo por primera vez con la conciencia de que algo no encaja, de que crecer implica también perder una forma de entender lo que nos rodea. Cruzar el umbral de la infancia no es un acto luminoso, sino una herida silenciosa.
Queridas lectoras y estimados lectores, en este número de El Mechero les dejamos el texto de presentación con el que Gonzalo Lizardo acompañó a la autora, quien dejó entrever que toda ficción guarda restos de vida, pero no se agota en ella. Quizá ahí radica la potencia de esta novela: en su capacidad de convertir lo íntimo en una forma de extrañeza y aquí hay algunas palabras que lo confirman en la voz de nuestro querido amigo.
Porque hay veranos que no terminan. Y hay historias que, como las serpientes, mudan de piel para seguir habitándonos. Porque hay historias que nos recuerdan que juntos ¡incendiamos la cultura!
Karen Salazar Mar
Directora de El Mechero