JUAN GERARDO AGUILAR
Confieso que durante varios días estuve siguiendo con mucho interés el caso del llamado Francotirador de Puebla. Resultó ser un farmacéutico español, ya sesentón, que fue detenido luego de varias semanas de haber sembrado el pavor colectivo mientras disparaba al azar contra automovilistas en la Vía Atlixcáyotl, una de las más transitadas, y terminó convirtiéndose en uno de esos personajes que se apoderan de buena parte de la conversación pública.
Bastaron unas cuantas horas para que las redes sociales, sobre todo X, hicieran lo que mejor saben hacer. De pronto aparecieron detectives y criminólogos de ocasión, además de expertos en balística que, hace apenas unas semanas, analizaban jugadas de futbol. Por supuesto que surgió toda clase de teorías capaces de explicar lo que ni siquiera la investigación ha terminado de esclarecer.
No estamos frente a un fenómeno nuevo. No, lo nuevo son las plataformas, es decir, lo que cambió fue la velocidad con la que fluye la información, pero el impulso sigue siendo exactamente el mismo desde hace mucho: el morbo.
Hace unos días vi de nuevo Perdita Durango, de Álex de la Iglesia, una delirante adaptación libre, coescrita por Barry Gifford, acerca del caso de los Narcosatánicos de Matamoros que reveló, por ahí de finales de los años ochenta del siglo pasado, un cruce que entonces parecía improbable entre la santería, el crimen y el narcotráfico, y que hoy constituye una amalgama casi inseparable.

En aquel entonces, recuerdo haber leído de contrabando la revista Alarma! en una peluquería que estaba cerca de la casa de mi abuela. Yo era apenas un morrito, pero ya le encontraba gusto a la evolución del caso: las fotografías explícitas, las hipótesis, las confesiones y ese tono escandaloso con el que los medios de la época buscaban aumentar las ventas.
Incluso ahora no sabría bien explicar por qué encontraba tan fascinantes casos como ese. Supongo que ante la falta de alternativas para divertirnos en aquel tiempo, la calle se volvió maestra de muchos de nosotros y la clandestinidad de esas lecturas se convirtió en un punto de convergencia para los escuincles aburridos.
Lo curioso es que la mayoría de la raza leía aquellas páginas alegando que era «por enterarse», según eso, cuando en realidad era por puro morbo, porque, aunque muchos lo negaran, el morbo, desde entonces y desde siempre, ha encontrado un pretexto políticamente correcto para entrar a nuestra vida diaria.
Con los años terminé trabajando como reportero en un periódico local. Cubrí cultura, sociales y locales, pero también hubo ocasiones en las que me tocó entrarle a la policíaca. Ahí conocí a personajes entrañables como don Arturo “don Arthur” Guerrero Lomas, un editor veterano que lograba convertir las notas rojas en pequeñas piezas literarias.
Todavía recuerdo algunos de sus encabezados: «Moderno Nerón prende fuego al cerro y se sienta a contemplar su obra.» ¿Quiobo? Vaya despliegue de alta costura retórica que toma a un pirómano de rancho y, mediante una antonomasia, lo eleva a la categoría de emperador desquiciado para convertir un delito ambiental en una tragedia apoteósica.
Además, echa mano de una ironía descomunal llamando «obra» a la quemazón, logrando que el incendiario de Tierra Adentro pase de ser un simple vándalo a una especie de «artista incomprendido». Todo esto rematado con una yuxtaposición cómica entre el caos de las llamas y el tipo ese, cómodamente sentado, admirando el desmadre que provocó.
Sus encabezados tenían mucho de poesía involuntaria, y que aún hoy sigue resguardada en la hemeroteca de los periódicos locales. Y es que don Arthur no enchulaba el crimen, sino que intentaba narrarlo. Había en él un gran esfuerzo por encontrar una imagen que explicara el horror sin limitarse a exhibirlo solamente.
Actualmente sería poco menos que imposible hacer algo semejante. La inmediatez de las redes sociales parece haber vuelto innecesario el lenguaje. ¿Para qué escribir un encabezado memorable si basta con subir el video? ¿Para qué contextualizar una tragedia si el algoritmo ya sabe que una imagen sangrienta genera muchos más clics que cualquier otra explicación?
Por supuesto que no estoy diciendo que antes fuera todo mejor. No soy fan de la nostalgia de los tiempos antiguos. A lo que me refiero es a que antes el morbo todavía necesitaba intermediarios. Hoy, en cambio, se sirve directo, sin decir siquiera “ahí les va esta…”
Jesús Palacios escribe en Los ricos también matan que en la figura de Don Juan se concentra el arquetipo del aristócrata calavera y sinvergüenza, un hombre cuya riqueza, poder y capacidad de seducción terminan asociando el erotismo con la impunidad.
A partir de ahí, Palacios establece una genealogía en la que el mal rara vez aparece con aspecto monstruoso. Por el contrario: suele llegar con elegancia, perfumado, educado y perfectamente integrado a la sociedad. Incluso cuando la historia desemboca en personajes y acciones tan atroces como las de Gilles de Rais, la fascinación permanece intacta.
Quizá por eso nos cuesta tanto dejar de mirar, porque el morbo no consiste únicamente en contemplar lo violento. También implica tratar de entender lo que rompe por completo nuestras reglas y creencias. Queremos saber qué pensaba, cómo vivía, qué desayunaba, quién era, dónde trabajaba… Como si reunir suficientes datos librara de convertirnos en alguien así.
Thomas de Quincey entendió esa contradicción cuando escribió Del asesinato considerado como una de las bellas artes, una sátira brillante en la que perfila una sociedad capaz de discutir los homicidios como si fueran cuadros expuestos en un museo. No pretende celebrar el asesinato; al contrario, se burla, precisamente, de esa facilidad humana para convertir el horror en espectáculo y de nuestra extraña tendencia a admirar (a veces en secreto) aquello que públicamente condenamos.

Dos siglos después seguimos haciendo exactamente lo mismo: nos indignamos en los comentarios mientras reproducimos el video por tercera vez. Decimos «qué barbaridad» sin despegar los ojos de la pantalla. Compartimos la nota para advertir a los demás, aunque en el fondo también haya una pequeña satisfacción secreta por ser nosotros, quienes somos el primero en llevar la noticia.
El morbo posee esa doble naturaleza que también tiene el amor. Nos repele y nos atrae al mismo tiempo. Funciona como cuando pasas junto a un accidente automovilístico. La parte racional te dice que sigas de largo; pero otra parte, mucho más antigua y menos racional, te dice que voltees y mires.
Tampoco creo que eso nos convierta en malas personas. Nos convierte, simplemente, en seres humanos. Quizá la diferencia radique en lo que hacemos después de mirar, porque una cosa es intentar comprender el mal y otra muy distinta convertirlo en entretenimiento; una cosa es analizar un caso para entender en qué fallamos como sociedad y otra muy distinta elevar al criminal a la categoría de celebridad involuntaria.
Vivimos una época donde los asesinos se han convertido en parte de la cultura pop y son objeto de series, podcast, hilos de X, canales de YouTube y perfiles completos antes de que las víctimas alcancen siquiera un nombre en la memoria colectiva. Ahí sí habría que preguntarnos qué clase de apetito estamos alimentando.
Al final, el morbo también se parece al fuego: bien administrado ilumina, pero fuera de control consume todo a su paso. A lo mejor por eso nunca llegará a los museos como una de las bellas artes, aunque todos lo practiquemos en lo oscurito.
Basta ver la manera en que nos asomamos al horror, muchas veces entre los dedos de la mano, fingiendo que no queremos mirar, mientras procuramos no perdernos de absolutamente nada. Porque si algo he aprendido es que el problema nunca ha sido mirar el abismo, sino descubrir que una parte de nosotros también disfruta hacerlo.
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