JUAN GERARDO AGUILAR
Solemos tenerle un chingo de miedo a muchas cosas. Puede ser a la enfermedad, a la muerte, al olvido o a que se nos venga abajo una mentira. Sin embargo, en plena era de la chorcha digital hemos descubierto un miedo todavía más paralizante e inmediato: el miedo a no tener una opinión sobre algo.
Es como si una especie de horror vacui social nos prohibiera cerrar el hocico. Y es que basta con que un tema se haga trending para que surja esa urgencia incontrolable de fijar una postura y valga madre el asunto.
El algoritmo exige un juicio como tributo y muchos serviles de la conversación pública se apresuran a pagarlo. No importa que unos segundos antes ignoraran la existencia del tema. Pareciera, pues, que lo verdaderamente imperdonable en estos tiempos no es ser ignorante, sino quedarse al margen del chisme.
Visto desde cierta perspectiva, se trata de una neurosis fascinante, que consiste en opinar sobre absolutamente todo, aun y cuando nadie haya requerido una opinión o cuando se carece del más elemental conocimiento sobre el tema en cuestión.
La tentación del saberlo todo no es un invento reciente. Tampoco es ocurrencia del internet ni de las redes sociales. Si bien el internet facilita su diseminación, fue Gustave Flaubert quien dedicó los últimos años de su vida a confeccionar la parodia definitiva de este mal en su novela inacabada Bouvard y Pécuchet (1881).
En esta, dos burócratas parisienses heredan una pequeña fortuna y deciden retirarse al campo con la pretensión de dominar secuencialmente el saber humano. Durante dicho proceso, van de la agronomía a la química, de la medicina a la arqueología, y de la teología a la literatura…
Luego de hojear un par de manuales, ya se sienten autoridades y voces calificadas en cada disciplina, aplican sus dislates con entusiasmo y, tras cosechar un fracaso monumental tras otro, pasan a la siguiente ciencia sin inmutarse.
El cine también retrató esta figura en una escena de Annie Hall (1977), de Woody Allen, en la que el protagonista, Alvy Singer, se ve martirizado por un sujeto que habla a grito abierto sobre cine y medios de comunicación para impresionar a su acompañante, mientras esperan en la fila de un cine, y citando torpemente al teórico Marshall McLuhan. En la fantasía del filme, Alvy saca al mismísimo McLuhan de detrás de un cartel para que desdiga las habladurías del pedante ese.
Pero bueno, para dar fe de esta tendencia opinilogista ni siquiera hace falta recurrir a la ficción. Basta con revisar la coyuntura reciente y observar dos muestras.
La primera: las elecciones en Brasil y el triunfo de Lula da Silva. En menos de lo que se esnifa una raya, las redes amanecieron abarrotadas de internacionalistas y politólogos. Personas que hasta hace unos días conocían a Brasil solo por la Samba y el carnaval, de pronto se transformaron en expertos de la sociología política sudamericana.
Vimos cómo los analistas de ocasión nos explicaban desde la comodidad de su teléfono el comportamiento del electorado. Todos tenían la clave geopolítica de América Latina en la punta de la lengua.
Quienes horas antes compartían esnupis, piolines y memes, dictaban ahora cátedra sobre las tensiones electorales en Brasil. Nadie fue para decir para sus adentros: «igual y no tengo nada útil que decir». Eso, eso precisamente, hubiera sido una muestra de contención saludable.
Pero el show nunca descansa. Apenas digerido lo del asunto de la elección carioca, el escenario cambió de escenografía con la controversia del I Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat y la sospecha del uso de inteligencia artificial en la obra ganadora del peruano David Silva Rojas.
En cuestión de horas, novatos y expertos se vistieron con la túnica de filólogos, semióticos y teóricos de la cibernética. Abundaron los dictámenes tajantes a favor y (los más) en contra del autor, de las escritoras que integraron el jurado y de la propia editorial.
De pronto, todo mundo supo del software Pangram y se autodescubrió como especialista en modelos de lenguaje generativo y en estocástica de la prosa. Nadie leyó bien a bien la novela, desde luego, pero todos emitieron un veredicto inapelable sobre si el texto procedía de la mente humana o del silicio.
Mi intención no es escarbar ni en la elección brasileña ni en lo de Almadía. El propósito es, en todo caso, mirarnos al espejo y diseccionar la caricatura en la que podemos llegar a convertirnos cuando pretendemos actuar como árbitros universales.
¿En qué momento se volvió obligatorio tener una postura firme sobre cada contingencia? ¿Quién nos convenció de que cerrar el hocico equivale a cancelar nuestra existencia? La realidad es que nos aterra quedarnos fuera. Sentimos que no emitir un juicio categórico sobre el escándalo en boga nos resta relevancia.
Asuntos que implican alto grado de complejidad, que pueden tomar años de estudio y contextualización, suelen ser rumiados y escupidos en frases lapidarias formuladas entre reel y reel o en el trayecto al trabajo en el transporte público.
Hay una paradoja recurrente en esta mecánica: a menor conocimiento sobre una materia, mayor suele ser la vehemencia del juicio emitido. Se le conoce como efecto Dunning-Kruger y hoy opera con una cotidianidad que pasma. El estudioso duda, contextualiza y señala los vacíos del saber; el todólogo de ocasión, en cambio, dicta sentencia sin chistar.
Pero también resulta divertido vivir en un mundo donde todos pretenden ser jueces y nadie o casi nadie acepta ser observador. Hemos arrinconado la pacífica facultad de la abstención intelectual. Nos cuesta trabajo pronunciar cinco de las palabras más sensatas y chingonas que tenemos en nuestro vocabulario: «No tengo ni perra idea».
Decirlas se percibe como una confesión de debilidad. Por eso preferimos articular un lugar común antes que admitir que no sabemos una madre sobre el tema o que, simplemente, no forma parte de nuestro campo de atención.
Pensemos en la tregua que experimentaría el espacio público si cerráramos el hocico cuando hablar augura un cague monumental. Si ante la geopolítica compleja admitiéramos con honestidad que no sabemos o no nos interesa, o si ante la duda literaria aceptáramos que a veces nos gusta opinar a lo pendejo, el ahorro de energía colectiva sería considerable.
Opinar sobre lo que no sabemos es una inercia frecuente: todos, todas, sin excepción, hemos caído en la tentación de creernos especialistas en alguna conversación casual. Sin embargo, no vendría nada mal guardar silencio cuando no se nos ha requerido una postura y aceptar los límites del propio conocimiento con sobriedad.
Puede que valga la pena reivindicar el derecho a cerrar el hocico. Pero, pensándolo bien, y siendo como somos, no va a faltar quien pida el uso de la voz para echarse un choro o dictar una conferencia sobre cómo los demás deberían permanecer en silencio.
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