JUAN GERARDO AGUILAR
Existe un tipo de impostura que está bastante bien ensayada en los pasillos y entresijos de la gestión cultural. Se trata de esa idea mezquina de que el trabajo artístico puede pagarse con aplausos, diplomas, constancias con membrete y medallas de madera como cualquier competencia de running.
A todo prestador de servicios le pagan la hora, el flete o la asesoría sin rechistar; sin embargo, al escritor, al ponente, al músico o al fotógrafo, la burocracia le exige una suerte de humildad extrema aderezada con ese gran chantaje moral que es el “amor al arte”. Como si la vocación tuviera la obligación de sustituir al salario y el entusiasmo pudiera hacer las veces de transferencia bancaria.
Por lo menos en mi pueblo, ese rincón de la provincia donde solo hay dos calles de ida y una de regreso, la forma importa más que el fondo, porque cobrar por la palabra escrita o por presentar un libro, hasta hace poco, sonaba a exigencia intolerable, a soberbia incalificable. Había algo casi pecaminoso en decir: “Sí, con mucho gusto participo, pero ¿cuánto me van a pagar?”. De pronto uno deja de ser un escritor dispuesto a compartir su trabajo y se convierte en el ojete ese que vino a hablar de dinero.
Pareciera, a veces, que pedir un pago no suena a profesionalismo, sino a una falta de respeto al “espíritu del arte”, que decir con claridad que el tiempo, la preparación, la renta y, si uno quiere también, las caguamas, no se pagan con aplausos equivale a aceptar un viaje permanente al ostracismo.
Porque el artista, según esta curiosa lógica, debe estar agradecido por la oportunidad de trabajar gratis. Y si además sale en la fotografía oficial, mejor todavía: ya tiene con qué presumirle a sus acreedores que fue muy importante aquella tarde.
A este chacal le consta. Alguna vez, hace años, cuando decidí plantar cara y negarme a participar de gorra en una feria del libro, la respuesta fue inmediata y predecible: la congeladora. De repente dejas de figurar en las listas, te borran de las mesas de discusión y terminas convertido en ese personaje incómodo al que es mejor no invitar porque es medio mamón y pide honorarios.
No hay amargura en el recuento, no. Si acaso, memoria nada más. Quiero pensar que esa actitud mía al final sirvió de algo, que el portazo propio ayudó a que actualmente, cuando menos, los colegas que se sientan en esas mesas reciben un estímulo económico, aunque este caiga seis meses después, luego de un auténtico calvario de documentos, facturas rebotadas por el SAT y decenas de firmas. No es exactamente la velocidad de un cajero automático, pero al menos ya existe la pequeña anomalía de que alguien haya entendido que el trabajo cultural también cuesta.
Porque el peregrinaje administrativo para cobrar unos pesos en una dependencia de cultura en México es un verdadero sainete macabro. Las dependencias suelen tratar al creador no como un proveedor de bienes culturales, sino como un limosnero impertinente. Exigen toda una tramitología para justificar lo que desquitaste en el foro, haciéndote sentir que el depósito no es la retribución a tu trabajo, sino una concesión de caridad oficial.
Hay que entregar documentos, formatos, facturas, identificaciones, comprobantes y, si se pudiera, una prueba de que uno sigue respirando o ya de una vez el acta de defunción. Todo para demostrar que sí hiciste aquello por lo que, desde el principio, habían acordado pagarte.
Las pocas veces que me tocó estar del otro lado, en la trinchera de la organización del Encuentro de Narrativa de la Región Centro Occidente, la regla fue tajante desde el día uno: a todas las y los participantes se les paga, sin excepción. Al local y al foráneo, al consagrado y al emergente. El trabajo no se aplaude, se liquida.
Si el presupuesto no alcanzaba para garantizar los honorarios de los creadores, sencillamente no había condiciones para llevar a cabo el encuentro, porque la dignidad de cada mesa y el tiempo invertido por escritores, talleristas y conferencistas no era negociable.
Y quizá eso parezca una obviedad, pero en la gestión cultural mexicana las obviedades suelen convertirse en actos revolucionarios: pagarle a quien trabaja, respetar sus tiempos y entender que una actividad cultural no solo se sostiene con buena voluntad.
Toda esta dinámica me recuerda a Un artista del hambre, ese cuento demoledor de Kafka, en el que un tipo hacía del ayuno su espectáculo principal, exhibiéndose en una jaula para deleite del público. El verdadero drama del personaje kafkiano no era su capacidad de sacrificio, sino la trágica confesión final antes de morir enterrado en la paja: ayunaba simplemente porque nunca había encontrado un alimento que le gustara.
Muchas creadoras y creadores en nuestro entorno se han convertido en los artistas del hambre de las instituciones. El gremio ha normalizado tanto la precarización que confunde la explotación con la resiliencia, por no decir con el desmantelamiento. Se someten al ayuno con tal de arañar un par de minutos de atención en el escenario. Aceptan que les paguen con visibilidad, con una constancia o con la promesa de que “para la próxima sí habrá presupuesto”. Y lo más cabrón es que terminamos aprendiendo a agradecerlo.
Ahí está la verdadera trampa del amor al arte: no solamente consigue que la raza trabaje gratis, sino también que se sientan mal por reclamar que les paguen. Les hace creer que cobrar traiciona la pureza de la vocación, como si escribir, tocar, fotografiar, investigar, dar un taller o preparar una conferencia fueran actividades que debieran mantenerse a salvo del sucio y maldito dinero.
Y la institución, como en el relato de Kafka, sabe perfectamente que cuando un artista del hambre colapsa por desnutrición o dignidad, siempre habrá una “joven promesa” en la trinchera, alguien novato, desesperado por figurar, dispuesto a regalar ingenuamente su trabajo a cambio de ver su nombre impreso en un cartel diseñado por la IA.
Ahí reside el fondo del problema. La máquina de moler carne institucional funciona porque siempre hay quien acepta el diploma y la medalla de madera como pago. Exigir honorarios no es una extravagancia ni una pose de divo; es la trinchera mínima de la dignidad profesional. Y quizá habría que dejar de llamar amor al arte a esa vieja costumbre de pedirle al artista que demuestre cuánto ama lo que hace aceptando que su trabajo no tiene un costo monetario.
Porque el amor al arte debería ser la razón por la que uno hace las cosas, no la excusa por la que otros deciden no pagarlas. Y es que uno llega a esa edad en la que ya no quiere diplomas ni medallas de madera ni fotografías. Uno quiere que, cuando alguien lo invite a trabajar, quede claro desde el principio cuánto va a recibir y qué es exactamente lo que va a entregar. No porque el arte haya perdido su dignidad al mezclarse con el dinero, sino porque la dignidad también necesita comer y beber.
Y si eso convierte al artista en un cabrón incómodo, ni modo, es lo que hay. Después de todo, quizá la verdadera chapuza nunca fue cobrar por amor al arte. La verdadera chapuza fue convencernos de que amar lo que hacemos debía incluir trabajar gratis, como si eso fuera también parte de la vida recia.
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