FROYLÁN ALFARO
Un partido de fútbol empieza mucho antes de que la pelota toque el césped.
Empieza en la memoria. En el gol que alguien vio cuando era niño, en la derrota que todavía se cuenta como una desgracia familiar, en el nombre de un jugador que los años han convertido en leyenda. Empieza también en las conjeturas: quién debería jugar, qué formación conviene, qué resultado parece escrito de antemano.
Cuando el árbitro hace sonar el silbato, veintidós personas entran en un territorio delimitado por líneas blancas, con dos porterías, una pelota y noventa minutos. Esa sencillez es engañosa. Dentro de aquel rectángulo caben el heroísmo, la injusticia, la fortuna, el miedo y algunas formas menores de la tragedia.
En este sentido, un partido es también un relato, aunque nadie lo haya escrito. Sus personajes llegan con un pasado. El delantero carga los goles que ha marcado y los que ha fallado. El portero lleva consigo el recuerdo de una atajada prodigiosa o de un error que los demás no han querido perdonarle. Entre otros, también está el suplente, que espera en la banca una posibilidad que quizá no exista.
Ninguno sabe todavía qué papel le corresponde. El héroe puede ser el jugador más famoso, pero también el más improbable. A veces el partido elige a alguien que toca la pelota dos o tres veces y, en un instante que no podrá repetir, marca el gol decisivo. Desde entonces, su vida queda ligada a esa jugada. Los años borrarán otros partidos, otros equipos, quizá incluso su rostro, pero conservarán aquel disparo.
El fútbol tiene esa facultad de reducir una existencia a unos cuantos segundos. Pero también fabrica culpables. Un penal fallado puede perseguir al jugador durante décadas. Un portero puede salvar a su equipo durante todo el encuentro y ser recordado por la única pelota que terminó en el fondo de su red.
Aun así, el partido no se limita a repartir héroes y villanos. También distribuye versiones de la realidad. Para unos, hubo falta. Para otros, una caída voluntaria. Una misma jugada puede ser justicia o engaño, según el color de la camiseta. La cámara repite la escena desde distintos ángulos, la detiene, la acerca, la convierte en una sucesión de imágenes casi inmóviles. Podría pensarse que tantas perspectivas nos conducen a la verdad, pero con frecuencia ocurre lo contrario, pues cada repetición multiplica las interpretaciones.
Además, el tiempo también se comporta de una manera extraña. El reloj avanza con regularidad, pero nadie lo vive del mismo modo. Para el equipo que pierde, los minutos se precipitan. Cada saque de banda parece una demora intolerable, cada jugador caído es una conspiración. Para el que va ganando los últimos minutos parecen contener una duración más larga que la indicada por el marcador.
Por eso algunos encuentros duran noventa minutos y otros persisten durante toda una vida. Se recuerdan no sólo por el resultado, sino también por el lugar en que fueron vistos. Alguien evoca un gol y, junto con él, recuerda una casa que ya no existe, una voz que ya no escucha, la mano de un padre, la risa de un amigo. Quizá por eso millones de personas pueden sentir que un mismo gol les pertenece.
La pelota entra en la portería y, casi al mismo tiempo, gritan quienes están en el estadio, quienes miran una pantalla en otro continente y quienes escuchan la transmisión por radio. Durante unos segundos, desconocidos que nunca se encontrarán comparten una emoción idéntica. Se abrazan en las calles, golpean una mesa, despiertan a un niño.
No es una unión perfecta ni duradera. El fútbol también divide, exagera rivalidades y puede convertir una preferencia inocente en una forma de enemistad. Pero pocas cosas consiguen ordenar simultáneamente la atención de tanta gente.
Durante noventa minutos, el mundo se concentra en una pelota. Todo depende entonces de su trayectoria. Un rebote cambia el destino de un equipo. Un disparo que golpea el poste abre una historia posible que nunca llegará a existir. Cada jugada contiene futuros que se cancelan unos a otros.
Cuando el árbitro señala el final, aquel universo se disuelve. Los jugadores abandonan el campo, los espectadores regresan a sus asuntos y la realidad recupera su desorden. La derrota vuelve a ser apenas una derrota; el triunfo, una alegría provisional.
Sin embargo, queda la narración. El gol será contado una y otra vez, cada vez con pequeñas variaciones. La atajada crecerá en la memoria. El error será explicado hasta que parezca inevitable. Con el tiempo, nadie recordará exactamente el partido que ocurrió, sino el partido que aprendimos a contar. Es justo ahí donde está el misterio del fútbol: durante noventa minutos, una pelota recorre el césped; después, durante años, recorre la memoria.