FROYLÁN ALFARO
Tras la barra,
habla la raza.
Cada palabra arrastra marcas:
“chaca”,
“naca”,
“maña”,
“casta”.
Nada pasa al azar.
Al llamar,
la banda traza mapas,
alza bardas,
marca caras.
La palabra abraza;
la palabra aparta.
Basta lanzar “chaca”:
la fama tapa la cara,
la casa,
la chamarra,
la chamba.
La máscara salta,
la charla acaba,
la raza manda.
Más cada marca falla:
jamás alcanza al alma.
Hablar da alas;
hablar da trampas.
Hasta callar habla.
Cada garganta carga fantasmas;
cada plaza,
batallas.
La palabra,
arma sagrada,
jamás acaba.
En el Edén,
Mercedes bebe té.
Desde el frente ve gente:
se cree jefe,
nene,
plebe,
hereje.
El membrete prende redes,
repele,
vence,
mete el ser
en el deber.
Se cree referente;
se ve, en vez,
el membrete.
El jefe ve plebe;
el rebelde ve jefe.
En ese breve tren,
el ente cede.
Creer:
el membrete
es el ser.
Ese es el germen
del desdén.
Mercedes teme.
Desde el deber
emerge el desdén;
desde el desdén,
el deber.
¿Precede el ser, el ver, el creer?
El ser se teje
entre mentes.
“Fifí”:
vil misil civil.
Sin dirimir,
dividí.
Inscribí mi vivir;
imprimí mi vivir;
inhibí mi vivir.
Sí:
mi vivir,
sin fin,
gris.
Mi crisis: fingir.
Mi fin: vivir.
Otro mozo,
Rodolfo,
tomó ron.
Con voz, soltó:
“cholo”,
“morro”,
“roto”,
“loco”.
Con “cholo”
colocó otro rostro
como fondo,
como polvo,
como ogro.
Solo dos tonos formó:
nosotros,
los otros.
No somos fondos,
no somos polvo,
no somos ogros.
Somos rostros.
Somos cosmos
con dolor,
con gozo,
con horror.
Somos lo otro
por tono,
por modo,
por color.
Otros somos nosotros;
nosotros,
otros.
Rodolfo lo notó.
Lloró.
Ubu,
gurú zulú:
“Tu club,
tu luz,
tu cruz”.
¿Tu luz?
¿Su luz?
Un tú,
un plus.
Tu plus tú:
ubuntu.