FROYLÁN ALFARO
Durante mucho tiempo, los seres humanos creímos que habíamos nacido en el centro del universo. No se trataba solamente de una afirmación astronómica. Era también una manera de comprender nuestro lugar en la realidad. El cielo giraba sobre nuestras cabezas, la Tierra permanecía inmóvil y el cosmos parecía construido alrededor de nosotros. La imagen resultante era que el universo tenía un orden y nosotros ocupábamos una posición privilegiada dentro de él.
Después, la Tierra comenzó a moverse.
No ocurrió, desde luego, que el planeta estuviera quieto hasta que Copérnico decidió ponerlo en marcha. Lo que cambió fue nuestra manera de verlo. La Tierra siempre había girado alrededor del Sol, pero durante siglos carecimos de los conceptos, los instrumentos y los modelos adecuados para comprender ese movimiento. Cuando la nueva astronomía comenzó a consolidarse, no cambió el universo; cambió nuestro mundo.
Esta diferenciar entre ambos conceptos. El universo puede entenderse como todo aquello que existe con independencia de nosotros. El mundo, en cambio, es el universo tal como logramos organizarlo, describirlo e interpretarlo. Vivimos entre montañas, cuerpos, estrellas y organismos, pero también entre categorías, teorías, mapas, mediciones y palabras. La ciencia transforma nuestra visión del mundo porque modifica los marcos mediante los cuales la realidad se vuelve inteligible.
La astronomía moderna nos expulsó del centro del cosmos. La teoría de la evolución nos mostró que nuestra especie no apareció separada del resto de los seres vivos, sino que forma parte de una historia natural mucho más extensa. La relatividad cuestionó la existencia de un espacio y un tiempo idénticos para todos los observadores. La física cuántica debilitó la imagen de una naturaleza compuesta por objetos perfectamente definidos, cuyas propiedades existirían siempre de la misma manera, aunque nadie las midiera.
Después de cada transformación, sentimos la tentación de pensar que ahora sí hemos alcanzado la imagen definitiva. Imaginamos que las teorías anteriores fueron simples errores y que las actuales representan finalmente la realidad tal como es. Sin embargo, la historia de la ciencia recomienda una actitud más cautelosa.
Las teorías del pasado no fueron necesariamente absurdas. Muchas funcionaron durante siglos porque permitían describir y predecir una gran cantidad de fenómenos. La física de Newton, por ejemplo, continúa siendo extraordinariamente útil para calcular el movimiento de automóviles, edificios, proyectiles y planetas en numerosos contextos. Que haya sido superada por la relatividad no significa que se haya vuelto completamente falsa. Significa que descubrimos sus límites.
Es decir, un mapa de carreteras no muestra lo mismo que un mapa climático. Uno señala caminos, ciudades y distancias; el otro representa temperaturas, vientos y precipitaciones. Ninguno contiene por sí solo toda la realidad de un territorio. Aun así, ambos pueden ser correctos y útiles dentro de sus propósitos. El error aparece cuando exigimos a uno de ellos que responda preguntas para las cuales no fue construido.
Las teorías científicas también seleccionan ciertos aspectos de la realidad. Identifican regularidades, establecen relaciones y permiten intervenir en los fenómenos. No son copias pasivas de la naturaleza. Son construcciones rigurosas mediante las cuales intentamos comprenderla. Esto no significa que cualquier teoría sea aceptable o que la ciencia sea únicamente una invención humana, pues aunque los mapas están construidos por nosotros, el territorio impone resistencia.
Los experimentos que fracasan, las observaciones inesperadas y los fenómenos que no encajan en una teoría muestran que el mundo no se limita a obedecer nuestros deseos. La ciencia avanza precisamente porque acepta la posibilidad de estar equivocada. Su fortaleza no consiste en poseer verdades eternas e intocables, sino en desarrollar métodos para detectar errores, comparar explicaciones y revisar sus propias afirmaciones.
La incertidumbre científica no equivale a ignorancia absoluta. Que nuestras teorías puedan cambiar no significa que todas las opiniones tengan el mismo valor. Entre una explicación respaldada por observaciones, modelos y experimentos, y una creencia sostenida únicamente por intuición, existe una diferencia. La ciencia no nos ofrece certeza total, pero sí grados de confianza racionalmente justificados.
Cada cambio en nuestra visión del mundo también modifica la imagen que tenemos de nosotros mismos. Cuando cambia el cosmos, cambia el ser humano que lo contempla. Ya no somos habitantes inmóviles del centro del universo, sino pasajeros de un planeta que gira alrededor de una estrella ordinaria. Somos organismos vinculados con toda la vida terrestre y observadores situados dentro de un universo cuya estructura apenas comenzamos a comprender.
Esto puede parecer una pérdida. Hemos renunciado a la seguridad de ocupar un lugar privilegiado. Sin embargo, también puede interpretarse como una forma de libertad, es decir, nuestras imágenes del mundo no son prisiones definitivas. Podemos revisarlas, ampliarlas y, cuando sea necesario, abandonarlas. Consideremos, querido lector, que la Tierra comenzó a moverse cuando aprendimos a mirar de otra manera y desde entonces, también nosotros seguimos moviéndonos.