ENRIQUE GARRIDO
No he sido rico en capital, pero sí en experiencias. Gracias a mi contexto, a veces difícil, otras no tanto, he podido adquirir una perspectiva que considero privilegiada, no por la facilidad, sino por lo real. Jamás me alcanzó para una burbuja, para un aislamiento. Recuerdo que en una de las tantas etapas complicadas de la vida tuve que vender comida en la calle, afuera de una escuela, para ser específico. Ahí conocí a las familias que compraban para no cocinar y también a las que no les alcanzaba para el lonche de sus hijos, a quienes no perdían el sentido del humor, pese a los embates del sistema de salud, a los otros comerciantes; al “teporocho”, a quien le regalaba una torta porque no había desayunado y me juraba que bebía porque “no conocía sus penas”; entre muchas otras personas.
Sin embargo, tengo muy presente una ocasión en la que llegó un candidato a… sepa la madre qué puesto. Como era de esperarse, se detenía con cada persona en el pueblo, les ponía una gorra y una pulsera con su nombre y el de su partido político y se colocaba al lado para la foto con una sonrisa, tan falsa como sus propuestas. Al verlo acercarse con toda la comitiva de flashes, algo empezó a incomodarme. Finalmente llegó conmigo y me dijo: “Hola, ¿me prestas tu mano para colocarte una pulsera?”. Para ser franco, siempre me ha dado pereza iniciar una confrontación con alguien que no conozco, no porque me considere más inteligente, al contrario, sino porque es difícil encontrar a alguien que quiera dialogar y no sólo imponer su punto de vista como verdad absoluta. Pero esa vez, no sé de dónde salió, le respondí enérgico: “No, porque esto no es un chiste”. Él me miró consternado, yo me miré consternado. Hubo fotos, pero jamás las busqué. Lo que sí se quedó fue la pregunta: ¿por qué me molestó tanto esa interacción?
Nunca había comprendido del todo los alcances políticos y éticos del cine hasta que vi Sangre de cóndor (Yawar Mallku) de Jorge Sanjinés. No era sólo una película. Era una denuncia hablada en quechua sobre la esterilización forzada de mujeres indígenas por parte del grupo de “ayuda médica gringa” Los Cuerpos de Paz. Una herida abierta proyectada en pantalla. Ahí el arte no utilizaba el dolor como espectáculo, sino como memoria, como defensa de una lengua y como dignificación de un pueblo. Sin embargo, el éxito internacional de obras de este tipo también abre una puerta incómoda. Comenzaron a aparecer producciones que sólo buscaban exhibir a las comunidades. La pobreza empezó a venderse como paisaje exótico, la miseria como mercancía cultural.
En los años setenta, los directores colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo nombraron el problema con una palabra contundente: pornomiseria. Y lo retrataron en Agarrando Pueblo, un falso documental donde unos realizadores son contratados por la televisión alemana para filmar la pobreza latinoamericana. Los personajes recorren calles buscando imágenes cada vez más crudas, más impactantes, más vendibles. No importan las personas, importa la toma. No importa el contexto, importa el efecto. La cámara deja de ser testigo y se convierte en depredadora. Esa crítica dirigida al circuito de festivales hoy resulta inquietantemente actual.
Ahora no hace falta una televisora extranjera. Basta abrir YouTube y ver a “creadores de contenido” que entran a “los barrios más peligrosos” como quien visita un safari humano. Otros que regalan dinero frente a la cámara, no tanto para aliviar una necesidad como para capitalizar la lágrima. La ayuda convertida en estrategia de marketing. La dignidad editada para maximizar vistas, pues el baño de pueblo es rentable. Mucho del contenido en plataformas termina siendo estigmatizante ya que se disfraza de apoyo, se presenta como gesto solidario, pero rara vez cuestiona las estructuras sociales y económicas que sostienen esa precariedad. A veces incluso se beneficia de ellas.
Ha pasado mucho tiempo desde aquel incidente en la calle, pero las narrativas no cambian. Todavía es común ver a youtubers que exponen a personas, que criminalizan sectores enteros, sin preguntarse por el origen de la miseria, sólo la desnudan. El arte y el periodismo, cuando son honestos, incomodan para comprender mejor a la sociedad, complejizarla, no simplificarla. No para culpar a quienes viven en los márgenes, ni mirarlos con lástima, ni consumir su historia más rápido, sino para humanizarlos. Porque si un sistema permite que haya gente en esas condiciones, la pregunta no debería ser quién puede vivir así, sino qué estamos dispuestos a cambiar.
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