ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
La ciudad sabe distinguir perfectamente qué desorden le resulta tolerable y cuál le resulta insoportable. No es una cuestión de daños, sino de significado.
Durante el Mundial, el espacio público se volvió territorio de desborde: gritos convertidos en empujones, empujones en peleas, basura como paisaje, mobiliario intervenido sin permiso. Nada de eso fue particularmente discreto ni respetuoso. Y, aun así, la narrativa lo absorbió sin resistencia: la euforia, la pasión, la catarsis colectiva. Una especie de absolución anticipada. Como si la ciudad, en esos días, aceptara ser usada.
Pero basta que otras manos toquen esos mismos muros para que cambie el juicio.
Cuando las mujeres escriben nombres que el país no ha sabido sostener en vida, la discusión se desplaza con rapidez sospechosa: ya no se habla de los asesinatos, sino de la pintura. El problema deja de ser la violencia estructural y pasa a ser el trazo visible. Se exige contención, limpieza, “formas correctas”, como si la muerte pudiera denunciarse con cortesía.
Las madres buscadoras incomodan de otra manera: no pintan, excavan. No alteran la superficie, la abren. Y esa apertura —literal y simbólica— también resulta excesiva para muchos. Se les pide prudencia frente a la desaparición, paciencia frente a la ausencia. Como si el tiempo ya no fuera, precisamente, lo que les arrebataron.
El magisterio ocupa calles y se vuelve inmediatamente responsable de la molestia urbana. No importa tanto la precariedad que los llevó ahí, sino el atasco que generan. La incomodidad se mide en minutos de retraso, no en años de abandono.
La comunidad LGBT+ irrumpe con cuerpos, con consignas, con presencia, y se le reprocha el tono, el volumen, la exageración. Siempre hay algo “demasiado” en su forma de existir públicamente. Como si la violencia que enfrentan tuviera que responderse con discreción.
Lo curioso —o lo revelador— es que ninguna de estas reacciones aparece con la misma intensidad cuando el desorden está asociado a una celebración que no cuestiona nada. Ahí la ruptura se vuelve paisaje. Incluso identidad.
La diferencia no está en lo que se hace con la ciudad, sino en lo que se dice a través de ella.
Hay intervenciones que no incomodan porque no exigen respuesta. Se consumen como espectáculo, se olvidan al día siguiente. Y hay otras que se vuelven insoportables precisamente porque no se pueden ignorar. Porque señalan, porque nombran, porque interrumpen la ficción de normalidad.
El problema nunca ha sido la pared. Ni la calle. Ni siquiera el desorden.
El problema es cuando ese desorden deja de ser evasión y se convierte en evidencia.
Porque entonces ya no basta con mirar. Hay que asumir. Y eso, al parecer, sigue siendo mucho más difícil de tolerar que cualquier vidrio roto.