JOSÉ MÉNDEZ
Silencio, el canario se resigna al pararrayos,
se escucha su pulso, su garra a la tierra es sangre de cuervos,
palabras azotadas en los mares desiertos.
El miedo atraviesa las vértebras, el tuétano se siembra como un origen, como un aleteo improvisado.
Silencio, en la caña habita la paloma,
llega el olor a bronce, a barro mojado,
la lágrima el viento que arrastra un eco
la lágrima el grito que no rebota al sueño,
la lágrima el sudor que no cae en las manos
la lágrima desdicha que ensordece la ceguera.
Silencio, la amargura es vino de espadas, la sal; dulce y olvido.
La(s) libertad(es) se deletrea con las uñas.
Silencio, el paisaje es ruina y plegaria,
la montaña un relicario,
la rodilla un templo
el profeta solidifica una orca,
nace otra arma de fuego.
Silencio, siento venir la voz y la tiniebla,
la gloria y el pudor,
el otoño y sus viajes sin sendero.
Siento venir el eclipse y sus presagios,
contar la peste con los dientes,
morder las cifras con los dedos.
Silencio, la lengua moja el mar y sus disturbios,
la carne y sus órbitas humanas.
Silencio, los gritos se alejan bebedero de libertad,
la jaula anochece: colmena de luz.
Silencio, hay aquí un astro,
un cráneo la flor eterna.
Silencio, matar al zafiro, la perla, sacrificar el silencio.
Silencio, matar al árbol, el pecho, un canto de guerra.
Silencio, matar al llanto, la gloria, el fuego en la memoria.
Silencio, matar a un dios, su silencio, decir tres veces fuego.
Maestro, usted crea figuras poéticas