ADSO E. GUTIÉRREZ ESPINOZA
De niño descubrí que el ocho tenía una vida secreta. De pie era un ocho. Acostado, en cambio, se convertía en infinito. Me pareció una de las revelaciones más importantes de la historia de la humanidad.
No sé quién tuvo la idea de explicarme aquello. Probablemente algún maestro, algún libro o algún adulto que soltó la información sin imaginar que acababa de introducir una crisis metafísica en la cabeza de un niño. Para él sería geometría. Para mí era un asunto mucho más serio: ¿cómo podía un número convertirse en algo que no terminaba? El ocho se acostaba y, de pronto, dejaba de tener principio y final. Era como si hubiera descubierto una puerta secreta en las matemáticas.
Durante un tiempo debí de mirar todos los ochos con cierta sospecha. Ahí estaba el pobre número, aparentemente inocente, con sus dos círculos perfectamente acomodados, esperando que alguien lo girara para revelar su verdadera identidad.
Y entonces llegó la pregunta inevitable: ¿qué significa que algo sea infinito? Los adultos suelen creer que las preguntas infantiles son pequeñas. «¿Por qué el cielo es azul?». «¿De dónde vienen los bebés?». «¿Qué pasa cuando uno se muere?».
Uno pregunta y ellos contestan como pueden, con esa mezcla de paciencia y cansancio con la que los adultos intentan sobrevivir a la curiosidad de los niños.
Pero algunas preguntas no se quedan en la infancia. Se quedan escondidas. La del infinito se quedó conmigo. Porque si algo podía no terminar nunca, entonces apareció su contrario: aquello que sí termina.
Yo.
A cierta edad descubrí que iba a morir. No recuerdo exactamente cuándo ocurrió esa revelación, pero sí recuerdo la sensación. No era una idea abstracta. Era una especie de vértigo.
Un día yo no estaría. Y no bastaba con que yo no estuviera. También existía la posibilidad, mucho más terrible para aquel niño, de que algún día nadie se acordara de mí.
Ésa era la verdadera tragedia. No morir. Ser olvidado. Porque morir, al menos en la imaginación infantil, tenía algo de acontecimiento. Ser olvidado parecía peor: desaparecer incluso de la memoria de quienes habían conocido que uno había existido.
Durante un tiempo pensé que la solución era hacer algo suficientemente grande como para permanecer. Ser alguien. Dejar una marca. Escribir algo que sobreviviera. Hacer alguna cosa extraordinaria que obligara al futuro a decir: «Ah, sí, aquí estuvo».
Resulta bastante gracioso pensar que un niño pueda preocuparse por la posteridad cuando todavía tiene que pedir permiso para servirse otro vaso de refresco. Pero así funciona la infancia: uno puede tener miedo de ser olvidado y, al mismo tiempo, no encontrar sus zapatos cuando va a salir.
Con los años entendí que mi problema no era solamente la muerte. Era mi dificultad para aceptar que la vida tuviera un límite.
Yo quería que las cosas permanecieran. Las personas. Los momentos. Los lugares. Incluso yo mismo. Quería que la existencia tuviera algo de esa figura acostada que había aprendido a dibujar: un movimiento interminable, sin punto final, regresando eternamente sobre sí mismo.
Pero la vida no funciona como un ocho acostado. Y quizá ésa sea su primera lección. La vida tiene bordes. Tiene principio y tiene final. Tiene despedidas que no consultan nuestra agenda. Tiene personas que se van. Tiene fotografías que envejecen. Tiene casas que cambian. Tiene cuerpos que dejan de ser los mismos. Tiene incluso recuerdos que, con el tiempo, pierden detalles.
Al principio eso me parecía una injusticia. Después comencé a sospechar que quizá era exactamente lo contrario. Que aquello que vuelve valiosa una cosa es, precisamente, que no puede durar para siempre.
Pensemos en una tarde cualquiera. Una conversación con alguien que queremos. Un café. Una caminata. Una canción que escuchamos mientras hacemos absolutamente nada importante. Nada de eso parece extraordinario mientras sucede.
Y, sin embargo, cuando comprendemos que no volverá a ocurrir exactamente de la misma manera, adquiere otro peso. Lo finito tiene una intensidad que el infinito no necesita. Si todo durara para siempre, quizá nada tendría urgencia.
Podríamos posponer indefinidamente el abrazo. La llamada. El viaje. El libro. La disculpa. La declaración. El desayuno.
Total, siempre habría tiempo. Y ése sería probablemente el problema. El infinito es fascinante porque no termina. Pero la vida es hermosa porque sí.
Durante mucho tiempo pensé que para vencer a la muerte había que conseguir que algo de nosotros permaneciera eternamente. Ahora me parece una idea mucho más modesta y, por eso mismo, más amable. No necesitamos ser infinitos.
Necesitamos haber estado. Haber querido. Haber mirado. Haber hecho algo con las horas que nos tocaron. Quizá no importe que dentro de cien años nadie recuerde el nombre que firmamos al pie de nuestros trabajos. Quizá tampoco importe que nuestras fotografías terminen en una caja que alguien no sabrá de quién era.
Eso no significa que nuestra vida haya sido insignificante. Una vida no necesita ser eterna para ser real. Una conversación no necesita ser recordada para haber sucedido. Un amor no necesita durar para siempre para haber sido amor. Una persona no necesita convertirse en monumento para haber dejado algo en otra persona.
Y entonces volví, muchos años después, a aquel ocho. Me sigue pareciendo hermoso. Pero ya no lo miro como cuando era niño.
Ahora veo dos círculos que se tocan en un punto y continúan su camino. Una figura que parece decir que todo regresa. Que hay algo que permanece. Que quizá la existencia sea más grande de lo que alcanzamos a comprender. Pero también veo algo que de niño no podía entender: yo no necesito ser el infinito. Puedo vivir dentro de él. Y eso cambia las cosas. Porque si el universo es infinito, entonces mi vida no tiene que competir con él. No tengo que ser eterno. Puedo ser apenas una pequeña parte.
Un instante.
Una historia breve.
Una persona que apareció durante unas décadas y tuvo la oportunidad extraordinaria de mirar alrededor y decir: «Estuve aquí».
Quizá eso sea suficiente.
Tal vez el error de aquel niño no fue tener miedo de morir. Fue pensar que para que la vida tuviera sentido debía durar para siempre.
Ahora creo lo contrario. El infinito me enseñó, paradójicamente, a querer lo finito. A disfrutar una tarde porque termina. A abrazar porque algún día habrá un último abrazo. A escuchar con atención porque las voces cambian. A escribir porque el tiempo también borra. A querer sin exigirle eternidad a todo lo que quiero. Y cuando vuelvo a dibujar un ocho acostado, ya no pienso en mi propia muerte. Pienso en algo mucho más sencillo. Que la eternidad es demasiado grande para nosotros. Y que, por fortuna, también lo es la vida.
Nos basta con una pequeña porción. Unas cuantas décadas. Algunos nombres. Un puñado de historias. Dos o tres personas que nos quieran mucho. Y, si tenemos suerte, la posibilidad de que alguien, muchos años después, encuentre algo nuestro y sonría. No porque nos recuerde para siempre. Sino porque, por un instante, volvimos a existir. Y quizá ésa sea la forma más humana de tocar el infinito:
Saber que no vamos a durar eternamente. Y aun así decidir que vale la pena vivir.